POSTUREO

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. (Mt.23, 23-28)

Los fariseos eran líderes religiosos en el judaísmo durante la época de Jesús. Según la Escritura, se esforzaban por seguir escrupulosamente la ley mosaica y las tradiciones judías, y se consideraban a sí mismos como defensores de la fe verdadera. Además, junto con los escribas, tenían una gran influencia en la sociedad judía de la época y eran considerados como expertos en la ley y las enseñanzas religiosas.

Sin embargo, a pesar de su devoción a la ley y sus esfuerzos por mantener la pureza religiosa, fueron duramente criticados por Jesús por su hipocresía y su falta de humildad. Cristo en su predicación nos anima a buscar una relación auténtica con Dios y a seguir sus enseñanzas con humildad y amor, en lugar de simplemente imitar las tradiciones y las enseñanzas religiosas de un modo meramente externo. Las palabras de Cristo a los fariseos, llenas de indignación, están desnudando la falsa religiosidad y la falta de coherencia.

¿Qué tres rasgos caracterizan a los fariseos a la luz del evangelio?

  • Obediencia formal a la ley: los fariseos eran conocidos por su obediencia estricta a la ley de Moisés y las tradiciones judías. Sin embargo, su obediencia se centraba más en las formas externas de la religión que en la verdadera esencia de la fe, como vemos en este pasaje.
  • Hipocresía: a menudo los fariseos eran acusados por Jesús de ser hipócritas, porque enseñaban una cosa y hacían otra.
  • Desprecio por los pecadores: los fariseos se enorgullecían de su propia justicia y despreciaban a aquellos que consideraban pecadores, como cuando se nos cuenta la parábola del fariseo y el publicano que van al templo a rezar [i]. Niegan la auténtica misericordia que viene Cristo a encarnar. De ahí que no admitan que se pueda hacer el bien en día de descanso como es el sábado [ii]; o que estén dispuestos a lapidar a una pobre mujer sorprendida en adulterio.

La palabra fariseo procede del vocablo hebreo pĕrušīm, que quiere decir “separados”, en alusión a su aversión por lo impuro. Por tanto, ya en su nombre mismo hacían gala de ser distintos, diferentes al resto. Esta falsa creencia de ser uno mejor que los demás, de ser superior a ellos, de ser los “puros”, los “auténticos” frente al conjunto de sus semejantes es tal vez uno de sus aspectos más problemáticos de cara a aceptar el mensaje de Cristo, que se basa, precisamente, en todo lo contrario, que es la humildad y la igualdad radical de todos los hombres en tanto que hijos de Dios. De hecho, si revisamos los evangelios, comprobamos cómo los fariseos pasan a ser el gran antagonista de Cristo a lo largo de su vida pública.

Los cuatro evangelistas narran detalladamente cómo fue el proceso de oposición gradual que los fariseos tuvieron hacia Cristo: primero se le acercaban con curiosidad, le preguntaban y le dejaban explicarse; luego, al escuchar esa predicación y los milagros incontestables de Cristo comenzaron a sospechar que estuviera poseído; le envidiaban por lo que hacía y las muchedumbres que le seguían. De hecho, Pilatos se percató de que los sumos sacerdotes, influidos por los fariseos, habían entregado a Cristo por envidia [iii]. Finalmente, tras las muchas reconvenciones de Cristo por su perversión espiritual y su hipocresía rabiaban contra Él y no podían soportar lo que decía, pues Cristo denunciaba abierta y públicamente sus mentiras e hipocresía, hasta que comenzaron a conspirar para matarle, lo que hicieron a la postre, persuadiendo al pueblo para que soltaran a Barrabás y a los romanos para que le crucificasen [iv]. Es muy interesante observar cómo los fariseos fueron los autores intelectuales del asesinato de Cristo, pero no sus ejecutores, que fueron los romanos. Hasta ese punto actuaban con doblez y pretendiendo escurrir el bulto. Pero los evangelios nos dejan claro, como dice Marcos [v] que “los fariseos se confabulaban con los herodianos para ver cómo apresarle”.

El fariseísmo es la máxima perversión de la religión, la más peligrosa sin duda porque mantiene la apariencia de santidad, pero la desmiente con las obras. El mismo San Juan Bautista les llamaba “raza de víboras” [vi], expresión utilizada también por Cristo para resumir su comportamiento. La esencia del fariseísmo es la hipocresía, es decir, predicar lo correcto, lo justo, pero para luego no hacerlo, o, lo que es peor, hacer lo incorrecto, lo injusto. Lo propio del fariseísmo es, por tanto, la mentira, pero la mentira en su grado más peligroso, esto es, disfrazada de verdad y de justicia.

Los fariseos, además, a pesar de que tenían fama por mantener supuestamente la integridad de la ley y de la moral, en realidad fueron vaciando progresivamente los mandamientos de Dios de su esencia y rigor natural, por medio de excepciones, casuísticas e interpretaciones rabínicas que justificaban actuaciones que Cristo luego tuvo que reconducir en sus enseñanzas. Esto se ve muy claramente en su permisividad total con el repudio de la mujer y el adulterio. Hasta tal punto estaba asentada esta mentalidad divorcista y adúltera entre los judíos contemporáneos de Cristo que él mismo les llamaba frecuentemente “generación malvada y adúltera”[vii].

Efectivamente, Cristo sabe que los fariseos dicen lo correcto, pero hacen lo incorrecto. En eso radica su hipocresía. Su apariencia externa era intachable, con largas filacterias y orlas de sus mantos, y su conducta religiosa afectada y no sincera. Cristo los describe perfectamente y les llama hipócritas. Su conducta pública era ejemplar, pero la echaban a perder porque no la hacían en lo secreto o en privado, sino en público, para ser alabados por los hombres. Sus obras de misericordia eran falsas, pues las hacían para darse importancia y ser venerados por el pueblo, no por auténtica y sincera caridad: sus sirvientes tocaban la trompeta delante de ellos para que la gente los viera depositar la limosna. Otra práctica que realizaban era el ayuno, pero, de nuevo, de forma que todos lo notaran Y, cuando rezaban, lo hacían bien a la vista, para que todos pudieran contemplar su falsa piedad. No hacían, pues, obras de autentica misericordia. Y Cristo desnuda toda su falsedad, su vacío y su mero culto a lo externo. Dios mira los corazones, no las apariencias, y por eso avisa al pueblo de no contagiarse de la hipocresía, que es la levadura de los fariseos, y avisa también a los fariseos de que Dios conoce sus corazones y de que en el juicio universal todo lo oculto se sabrá y saldrá a la luz [viii].

Los fariseos recorren todo el evangelio, pues, de principio a fin. No obstante, también es de justicia reconocer que no todos fueron tan duros de corazón. Algunos se dejaron bautizar por Juan Bautista, aunque este les reconviene y critica duramente diciéndoles que deben huir del culto a lo externo y dar frutos de conversión [ix]. Pero hubo también figuras muy importantes en la primitiva Iglesia que vinieron del fariseísmo. Los ejemplos más claros fueron Nicodemo y San Pablo.

A Cristo, pues, le provoca un enorme rechazo la actitud de los fariseos, a los que tacha de hipócritas. Una persona hipócrita es aquella que finge tener sentimientos, ideas o valores que en realidad no siente ni tiene, ya sea para ocultar sus verdaderas intenciones o su personalidad, por afán de agradar a los demás de manera falsa o, simplemente, por vanidad y ánimo de quedar bien. En otras palabras, la hipocresía es mostrar una doble cara o tener una doble moral. Es lo que hoy en día llamamos “postureo”.

Es interesante y revelador recordar que la palabra misma hipócrita proviene del griego ὑποκριτής, término que designaba a los actores de teatro, que en Grecia actuaban con una máscara que ocultaba su rostro al público. Muy revelador, en efecto: el hipócrita actúa y lleva una máscara puesta, desempeña un papel y oculta su personalidad auténtica bajo ella.

Es bueno también que nosotros pensemos y hagamos examen para ver si hay en nuestra vida algo de hipocresía. San Josemaría nos habló muchas veces acerca de la tan necesaria unidad de vida que debe tener todo cristiano. En una famosa homilía que pronunció en la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, rememoraba: “Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”[x].

Y es que a menudo también nosotros podemos experimentar la tentación de ser un poco fariseos. Preguntémonos, por ejemplo:

¿Somos exactamente la misma persona en todos los ámbitos de nuestra vida? Es decir, ¿nos comportamos igual en nuestro trabajo que en casa? ¿No somos a veces más educados, simpáticos y serviciales fuera de casa que dentro? Es típico, por ejemplo, entre los profesores, ver la cara de sorpresa que ponen algunos padres cuando hablas con ellos. No pueden creerse que su hijo haya dicho o hecho cosas que en casa jamás diría o haría. Y, al contrario: a veces los padres nos sorprendemos gratamente cuando nos dice la madre de algún amigo lo bueno y servicial que es nuestro hijo cuando le invitan a su casa (sí, ese mismo hijo que en nuestra casa no hace nada por propia iniciativa…). Pues también a nosotros, los adultos, nos puede pasar lo mismo.

¿De verdad nos comportamos igual cuando estamos con nuestros amigos cristianos con los que compartimos la fe que cuando estamos con otros amigos o compañeros que no lo son?

¿Hay una absoluta concordancia entre nuestro pensar, hablar y actuar? Séneca nos recordaba que “este es el objetivo y el testimonio más importante de la sabiduría: que las obras concuerden con las palabras, que el sabio sea coherente e igual a sí mismo” [xi]

¿Nos creemos alguna vez superiores a los demás en tanto que depositarios de la Verdad? ¿Miramos por encima del hombro, rehuimos o criticamos a personas que están desviadas de la fe y que llevan una conducta externa que lo evidencia?

Seamos sinceros, estoy seguro de que, a la vista de estas preguntas, vemos que también en nuestra vida hay algo de fariseísmo y de postureo. No llegamos, por supuesto, al nivel de los fariseos de este evangelio. Pero es también evidente que no podemos ser perfectos y alguna de estas pequeñas faltas las cometemos. Y tenemos que afinar un poco y luchar contra ese fariseo que anida en nuestro interior y que, de vez en cuando, deja asomar su voz. 

Séneca nos recordaba también en múltiples ocasiones que debemos ser auténticos y no fingir por quedar bien, por vanidad o por darnos importancia a nosotros mismos. Igualmente, tampoco debemos actuar bien para que nos vean y para tratar de demostrar lo que no somos: «Hay muchos que lloran para que los vean y se les secan los ojos en cuanto no tienen espectadores” [xii]

También tienen mucho de postureo el afán que tienen algunas personas de distinguirse del resto de manera ostentosa por su atavío externo o por otros aspectos: pueden ser tentaciones de la soberbia, que busca adueñarse de nosotros y hacernos creer que somos especiales, distintos o superiores al resto de nuestros iguales: “El porte descuidado, el cabello sin cortar, la barba un tanto desaliñada (…) y cualquier otra singularidad que persiga ostentación por camino equivocado, debes evitarlo” [xiii].

Igualmente, puede esconder mucho de postureo el excesivo afán por el cuidado y el culto al cuerpo, algo que, en estos tiempos que corren está a la orden del día. Vivimos en una época en la que prima el cultivo de la exterioridad por encima de todo. Y a veces la belleza física, buscada mediante muchas horas de gimnasio o muchos miles de euros de tratamientos estéticos, puede ser una máscara tras la que se oculta nuestro yo auténtico. Eso por no hablar de la gente que tiene auténtico pavor a envejecer y trata en vano de aparentar que sigue siendo joven tras una máscara impostada. Quevedo, con su mordaz agudeza, se burlaba cruelmente de este tipo de personas:

Este que veis leonado de cabeza,

negro de barba y rojo de mostachos,

de quien se están riendo los muchachos

y la naturaleza;

este que con engaños

quiere hacer recular atrás los años

y volverse al nacer por donde vino

y trampear al tiempo su camino;

este que se perfila

y, por no parecer viejo escudero,

quiere que demos crédito al tintero

y que se lo neguemos a la pila;

este es un puto viejo (…) [xiv]

Nos lo recordaba también Séneca: “Debemos comportarnos no como si tuviéramos que vivir para el cuerpo, sino como quienes no pueden hacerlo sin el cuerpo: el amor excesivo hacia él nos perturba con temores, nos llena de preocupaciones (…) El bien le resulta poco valioso a quien el cuerpo le es demasiado querido” [xv]. Y en otro pasaje nos aconseja que “busquemos principalmente la salud del alma y, en segundo lugar, la del cuerpo” [xvi].

Los fariseos vivían en un permanente engaño, por y para las apariencias, volcados en lo externo y descuidando lo auténtico y lo esencial. Cristo los desenmascara con la dureza de sus palabras. Y es que, como decía Erasmo, “la mona es siempre una mona, por mucho que lleve alhajas de oro” [xvii].

Si no somos auténticos, no atraeremos a los demás porque, antes o después verán somos solo una bella máscara sin nada por dentro, como le pasó a la zorra de la famosa fábula al encontrarse una máscara de actor trágico (¡Qué gran apariencia!, aunque no tiene cerebro[xviii]).

Eso me recuerda a un pasaje de san Josemaría, en el que se expresa con gran claridad y dureza contra lo que denomina el pseudoapóstol: ¡Qué desencanto para los que vieron la luz del pseudoapóstol, y quisieron salir de sus tinieblas acercándose a esa claridad! Han corrido para llegar. Quizá dejaron por el camino jirones de su piel… Algunos, en su ansia de luz, abandonaron también jirones de su alma… Ya están junto al pseudoapóstol: frío y oscuridad. Frío y oscuridad, que acabarán de llenar los corazones rotos de quienes, por un momento, creyeron en el ideal. (…)

Falso apóstol de las paradojas, ésa es tu obra: porque tienes a Cristo en tu lengua y no en tus hechos; porque atraes con una luz, de que careces; porque no tienes calor de caridad, y finges preocuparte de los extraños a la vez que abandonas a los tuyos; porque eres mentiroso y la mentira es hija del diablo… Por eso, trabajas para el demonio, desconciertas a los seguidores del Amo, y, aunque triunfes aquí con frecuencia, ¡ay de ti, el próximo día, cuando venga nuestra amiga la Muerte y veas la ira del Juez a quien nunca has engañado! [xix]

Así pues, seamos auténticos, no tratemos de engañar a los demás ni tampoco a nosotros mismos; no intentemos aparentar lo que no somos ni seamos esclavos de lo externo. Dios ve el interior de nuestro ser y a Él no podemos engañarle. Como nos recordaba Séneca, “si quieres sopesarte a ti mismo, deja aparte tu dinero, tu casa, tus honores; contémplate a ti mismo en tu interior” [xx]. Que no se diga de nosotros la máxima horaciana Ducit te species (“te mueve la apariencia) [xxi]. Sí, hemos de buscar la aprobación y el aplauso de Dios, no el de los hombres.


[i] Vd. Lc. 18:9-14

[ii] vd. Mt, 129-14

[iii] vd. Mc 15, 10

[iv] vd. Mt.27, 20

[v] Mc. 3,6

[vi] Mt, 3, 7

[vii] Mt. 12, 39; 16, 4

[viii] vd. Lc.12, 1-5

[ix] vd. Mt. 3, 7-10

[x] Conv. (Amar al mundo apasionadamente) ,114

[xi] Sen. Luc.20, 2

[xii] Tranq.an. 15, 6

[xiii] Sen. Luc. 5, 2

[xiv] Musa X, poema 811

[xv] Sen. Luc. 14, 2

[xvi] Sen. Luc. 15, 2

[xvii] Adag.1, 7, 11

[xviii]  Fedro, I, 7, 3

[xix] Forja 1019

[xx] Sen.Luc.80, 10

[xxi] Hor. S. II, 2, 2, 35

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