¡LEVÁNTATE Y ANDA!

Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: “¡Animo!, hijo!, tus pecados te son perdonados”. Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: “Este está blasfemando”. Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice entonces al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Él se levantó y se fue a su casa.(Mt. 9, 1-8)

¿Qué vemos en esta escena del evangelio? Si nos metemos en ella, como si fuésemos un personaje más o un espectador de ella, nos llamará la atención, sin duda, la imagen de un pobre hombre discapacitado, postrado en una camilla, sin poder moverse, incapaz de valerse por sí mismo y dependiente en todo momento de la ayuda de los demás. Esta, sin duda, es una situación lastimosa que ninguno de nosotros desearía para sí. No nos dice el evangelio nada acerca de él: si era joven o mayor, si estaba casado, si tenía familia… Como siempre, el texto evangélico es escueto y parco en detalles. Solo nos aporta los datos esenciales, no los accesorios.

Nosotros, cuando vemos a una persona de tales características por las calles de nuestra ciudad, o tal vez en nuestro círculo más cercano, experimentamos una lógica compasión a la vez que impotencia, ya que nos gustaría tener el poder de decirle “¡levántate y anda!”. Y no somos capaces de entender el insondable misterio del dolor. Es cierto, son muchas las personas que se rebelan ante el dolor, injusto e inexplicable a ojos humanos, que tan a menudo llena el mundo. Y nos preguntamos por qué Dios permite el sufrimiento de personas inocentes o por qué, de manera un tanto arbitraria, sufren dolores personas que no lo merecen cuando, a ojos nuestros, tal vez otras personas se lo merecerían más… Sobre estas eternas preguntas que se hace el hombre en todo tiempo y lugar, volveremos en otro momento.

Lo que ahora nos interesa es hablar de los males, de lo que los hombres consideramos males: la enfermedad, la pobreza, el desempleo; el daño al honor en forma de calumnias u ofensas inmerecidas; la pérdida de seres queridos; la frustración de nuestros deseos y proyectos; los fracasos personales, profesionales o afectivos; la violencia, el desprecio o la indiferencia sufridas… Podríamos ampliar la lista cuanto deseemos. ¿Son males todas esas cosas? Sí, por supuesto que lo son. De hecho, este tipo de males nos suponen un obstáculo para alcanzar la vida dichosa, como afirmaba Aristóteles: Sin embargo, es necesario para ser dichoso cierto bienestar exterior. La naturaleza del hombre, tomada en sí misma, no basta para el acto de la contemplación. Es preciso además que el cuerpo se mantenga sano, que tome los alimentos indispensables y que se tengan con él todos los cuidados que de suyo exige. Sin embargo, no se crea que el hombre, para ser dichoso, tenga necesidad de muchas cosas ni de grandes recursos, aunque realmente no pueda ser completamente dichoso sin estos bienes exteriores. (…). Solón quizá definió muy bien al hombre dichoso, diciendo que: “es el que, medianamente provisto de bienes exteriores, sabe ejecutar acciones nobles y vivir con templanza y modestia.” [i]. Asunto enrevesado es este, sin duda, y prometemos volver sobre él en otro momento: a ojos de un griego como Aristóteles es difícil, pues, que goce de una plena dicha una persona del perfil del paralítico de este evangelio.

Pero nosotros debemos tratar de ver el mundo con los ojos de Cristo. Nosotros hemos visto a un pobre hombre discapacitado y postrado, y nos apenamos. Pero Cristo, ¿qué está viendo? Él ve a un hombre atenazado por un mal mucho peor que la parálisis corporal: ve a un hombre en pecado. Sí, el pecado.

¡Qué poco se habla del pecado hoy en día! Parece como si el hombre moderno e ilustrado de nuestro tiempo ya lo hubiera superado. En efecto, la palabra misma ya parece remontarnos a una época antigua y tenebrosa, en la que la Iglesia (dicen no pocos “pensadores”) trataba de tener controladas las conciencias de las personas inculcándoles el concepto de culpa, haciéndoles, en definitiva, sentirse como pecadores. Sin embargo, la realidad del pecado está ahí y es inseparable de nuestra condición de criaturas débiles, frágiles y necesitadas de la misericordia divina. No es este un tratado de teología, por supuesto. En el Catecismo se dedica toda una serie de párrafos a explicar con toda claridad qué es el pecado [ii]. Ahí remitimos al lector interesado en profundizar.

Y lo decimos porque el pecado existe, para desgracia nuestra. Y el pecado es, sin duda, el mayor mal que azota al ser humano, también a ti y a mí. Si no reconocemos nuestra condición de pecadores, desconocemos nuestra verdad más íntima. Escuchemos al evangelista:  Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. [iii].

La palabra misma pecado fue un neologismo semántico. Existía en latín clásico (peccatum) para designar a una mala acción realizada de manera culpable y aparece en innumerables ocasiones. Luego, el Cristianismo la reutilizó para hacer referencia a la ofensa cometida a la ley de Dios por parte del hombre. Cicerón lo explica con mucho acierto en un pasaje: “Pecar es como saltarse las líneas; una vez que lo has hecho, la falta está cometida. (…) Ciertamente, a nadie le está permitido pecar” [iv]. En efecto, nadie puede erigirse por encima de la ley moral universal. Y Séneca nos recuerda que todos pecamos, todos sin excepción: “Todos pecamos, unos grave, otros levemente; unos con deliberación, otros impulsados fuertemente o arrastrados por la maldad ajena; (…) no solo hemos obrado mal, sino que lo seguiremos haciendo hasta el fin de nuestra vida” [v]

San Josemaría hacía hincapié numerosas veces en esta idea. Y nos recordaba que el pecado es el único mal: “No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado” [vi]. Seamos radicales y vayamos al fondo de los problemas. Nosotros, en tanto que criaturas, ¿cuál es el mayor bien al que podemos aspirar? ¿la riqueza, la gloria, el premio Nobel, el Balón de oro de la FIFA? La respuesta la tenemos muy clara, por suerte: la gloria eterna al lado de Dios. El problema es que muy a menudo nos olvidamos de cuál es la meta y el fin de nuestra existencia y nos conformamos con fines intermedios y éxitos pasajeros en esta vida. Y ello es porque no somos capaces siquiera de imaginar la enormidad del amor de Dios y el premio tan grande que nos tiene reservado. Algún privilegiado, como san Pablo, tuvo el inmenso don de poderlo ver por anticipado y no fue capaz de expresarlo con palabras humanas: “y sé que este hombre (si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe) fue arrebatado al paraíso y escuchó palabras inefables que no puede el hombre pronunciar” [vii]. En otro famoso pasaje nos recuerda también san Pablo la grandeza del premio que nos tiene Dios reservado: “Ni ojo vio ni oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” [viii].

Sí, la gloria eterna es el más alto bien que pueda ser deseado o alcanzado por el ser humano. ¿Y qué es lo único que nos puede apartar de ella? el pecado. Sí, el pecado. Si no alcanzamos la gloria eterna, nuestra vida habrá sido un suspiro en la nada, un bregar sin rumbo, un tiempo desperdiciado. Comparemos la brevedad de nuestra vida con la inmensidad de toda una eternidad de gozo. Sí, el pecado es el mayor, el único mal: podemos estar paralíticos, ciegos, pobres, desterrados, enfermos… e ir al cielo. Incluso el mayor de los males a ojos humanos, la muerte, que supone la ruptura total e inapelable con los bienes de este mundo, se convierte en un bien si nos abre la puerta al abrazo eterno y definitivo con Dios para siempre.

El pecado es tan grave porque es un renegar consciente de nuestro propio ser y de la esencia misma de quienes somos. Decía san Josemaría: “Debemos hacernos cargo, aun en lo humano, de que la magnitud de la ofensa se mide por la condición del ofendido, por su valor personal, por su dignidad social, por sus cualidades. Y el hombre ofende a Dios: la criatura reniega de su Creador” [ix].

El Papa Pío XII afirmó que “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado” [x]. Y lo reafirmó san Juan Pablo II al decirnos que “Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo” [xi] . De ahí que san Josemaría pudiera hablar de quienes “cometen el gran pecado de olvidar el pecado” [xii] , poniendo así de manifiesto que ese olvido en lugar de afirmar al hombre, lo destruye.

El pecado tiene un efecto devastador en el hombre. Ello se evidencia en la esclavitud del pecador y la oposición consigo mismo: quien peca se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios. El pecador se hace daño a sí mismo como hombre y como hijo de Dios, y, si reitera las acciones pecaminosas, lo hace en detrimento de su libertad, que queda disminuida, sometida a los malos hábitos. Todo pecado comporta, además, una ruptura con la Iglesia, con los hombres y con la misma naturaleza.

Por no hablar de las consecuencias que tiene sobre la sociedad. A pesar de que el pecado es personal y no social, si que existen inmensas estructuras de pecado, sobre las que hablaba tantas veces san Juan Pablo II y sobre las que tanto énfasis hace el actual papa León XIV. Estas estructuras de pecado las vemos ejerciendo su poder a nivel global en la economía, los medios de comunicación… Por ejemplo, el terrible pecado del aborto, que impide la venida al mundo de millones de niños y niñas inocentes, viene sustentado por una inmensa estructura que engloba a la ONU, a muchos gobiernos, a infinidad de medios de comunicación que difunden este crimen como un “derecho” y como un símbolo de libertad, progreso y modernidad; a muchas empresas que se lucran a su costa, etc.

Si analizamos los grandes males que azotan a la humanidad en nuestro tiempo (guerras, prostitución, hambre, corrupción, tráfico de drogas, contrabando de armas, etc.) vemos indefectiblemente la huella del pecado de muchos hombres detrás de ellas.

Pero no debemos caer en el pesimismo. Sí, somos pecadores, casi siempre en cositas pequeñas (por suerte), que suelen ser fruto más de nuestra fragilidad que de una maldad deliberada. Pero la misericordia de Dios es más fuerte que todo ello. Decía san Josemaría: “Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados” [xiii]. Dios desea perdonar nuestras culpas con tal de que, arrepentidos, solicitemos su remisión. Tengamos la certeza de que no existe pecado que Dios no pueda perdonar. “Dios no se cansa nunca de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” nos recordaba el papa Francisco [xiv].

Quizás también nosotros estemos más pendientes de las cosas del cuerpo que de las del alma, de tener el cuerpo en forma que el alma sana. Tal vez nos preocupa más una enfermedad que un pecado y a lo mejor acudimos más prontamente al médico que a la confesión. Quizás le tenemos más miedo a una enfermedad mortal que a un pecado mortal, cuando de la primera depende mi vida terrenal y del segundo mi vida eterna.

Para Dios es más fácil curar el cuerpo; sin embargo, vemos en este evangelio cómo le da mucha más importancia a curar el alma. Jesús le da mucha más importancia a perdonar los pecados que a los problemas del cuerpo, por graves que sean, como lo es la parálisis que afecta a ese pobre personaje de esta escena. Lo importante del hombre, ocurre en su corazón, no en su cuerpo. Y puede ser que algunos estemos tan acostumbrados al milagro de la sanación del alma en la confesión, que ya no la valoramos suficientemente, porque nos hemos acostumbrado a ella. El pecado es horrible. Si viésemos las consecuencias que provoca en el alma, no volveríamos a pecar. Diríamos, como Santo Domingo Savio: “Prefiero morir antes que pecar”. Y si pecamos, valoremos el don perfecto que Dios nos ha dado a través de Cristo, el perdón, y acudamos a la confesión regularmente.

Vistas así las cosas, debemos reconocer que el pecado es, pues, la mayor necedad que puede cometer el hombre. Es cierto, el hombre que actúa mal ignora su verdad más íntima y condena su felicidad en esta vida y en la vida eterna.  Esta idea forma parte de esa genial intuición socrática que con tanta claridad expuso en su discurso de apología, transmitido por Platón, aunque Platón nos habla de esto mismo también en otros pasajes[xv]. Sócrates ponía en primacía los bienes del alma sobre los del cuerpo. El filósofo, a partir de Sócrates se autoentenderá como un “médico del alma”, idea esta luego repetida hasta la saciedad. El alma se alimenta de la verdad y se cuida realizando buenas obras. Las malas acciones afean el alma, que es la esencia del ser humano. Y el hombre que actúa mal se está condenando doblemente, ya que no puede ser feliz y luego, además, cuando le llegue el momento de la muerte, su alma va a ser juzgada y premiada o castigada según haya sido su vida. Por todo ello, el que obra mal es un pobre ignorante, desconocedor de su verdad más íntima, ya que arruina su ser, se condena a la infelicidad y encima, va a ser castigado una vez muerto. Esta es, muy resumida, la enseñanza socrática. Esta es una maravillosa intuición de este filósofo, que hizo de él un precursor de muchas de las verdades del Cristianismo. Así lo expone en la Apología, cuando argumenta ante Meleto, uno de los tres jueces, que él no corrompe a los jóvenes y que, si lo ha hecho, no es consciente de ello y, por tanto, no es culpable de otra cosa que de su ignorancia. Es esta una argumentación un tanto arriesgada, sin duda, sobre la que volveremos en otra entrada de este blog:

– ¿Me traes aquí en la idea de que corrompo a los jóvenes y los hago peores voluntaria o involuntariamente?

-Voluntariamente, sin duda.

 – ¿Qué sucede entonces, Meleto? ¿Eres tú hasta tal punto más sabio que yo, siendo yo de esta edad y tú tan joven, que tú conoces que los malos hacen siempre algún mal a los más próximos a ellos, y los buenos un bien?; en cambio yo, por lo visto, he llegado a tal grado de ignorancia, que desconozco, incluso, que si llego a hacer malvado a alguien de los que están a mi lado corro peligro de recibir daño de él y este mal tan grande lo hago voluntariamente, según tú dices.  Esto no te lo creo yo, Meleto, y pienso que ningún otro hombre. En efecto, o no los corrompo, o si los corrompo, lo hago involuntariamente, de manera que tú en uno u otro caso mientes. [xvi].

Sí, el pecado es la mayor tontería que puede cometer el hombre, la mayor necedad (y recordemos que necio en latín vienen de la palabra nescius, “ignorante”). Ya nos lo recordaba Marco Aurelio: “El que peca, peca contra sí mismo; el que comete una injusticia, contra sí la comete y a sí mismo se daña” [xvii]. Y, un poco más a delante nos recuerda que existen los pecados de omisión: “Muchas veces comete injusticia el que nada hace, no solo el que hace algo[xviii]. Pero este tema nos daría materia para otra entrada de este blog.


[i] Nic. 1179a (cita Heródoto I, 30)

[ii] Vd. CEC 1846-1876

[iii] I Jn, 8-10

[iv] Parad. 3, 20

[v] Clem. I, 6, 3

[vi] Cam.386

[vii] 2 Cor. 12, 3-4

[viii] 1 Cor 2,9

[ix]  ECP 95

[x] Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos de América en Boston, 26 de octubre de 1946: Discursos y radiomensajes, VIII, 1946, 288

[xi] Reconciliatio et paenitentia, n. 18

[xii] Carta 9-I-1959, n. 19

[xiii] ECP 128

[xiv] Evangelii gaudium, 3

[xv] Vgr. Gorgias 509e, 468c; Prot. 345d ss.; vd también Jenofonte, Mem.III, 9, 4

[xvi] Plat. Apol. 25a

[xvii] IX, 4

[xviii] IX, 5

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