LA NAVE DE LA IGLESIA

LA BARCA DE LA IGLESIA

Al subir Jesús a la barca sus discípulos lo acompañaron. En esto se desató sobre el lago una tormenta tan fuerte que la barca era anegada por las olas. Jesús, sin embargo, estaba dormido. Entonces sus discípulos fueron a despertarlo, diciéndole:

—¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Él les contestó:

—¿Por qué estáis asustados, hombre de poca fe?

Dicho esto, se levantó y dio una orden al viento y al mar, y todo quedó completamente tranquilo. Ellos, admirados, se preguntaban:

—¿Pues quién será éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen? (Mt, 8, 23-27)

El símil de la barca para describir el viaje del hombre por la vida, sometido a múltiples e imprevistos peligros, está representada en todas las culturas antiguas y está cargado de un gran valor simbólico. Los hombres pasamos por un mar lleno de inciertos peligros que superan nuestras fuerzas y que no somos capaces de controlar. El mar simboliza el misterio, el temor, el peligro y la muerte también en muchos casos. Todo este rico simbolismo recorre el pensamiento y la predicación cristiana desde los primeros tiempos. Claro que este símbolo de la nave es más griego que semítico, ya que los judíos no eran un pueblo de marineros. Ya a partir del siglo III, al mezclarse la rica tradición griega con esta escena del evangelio y otras, como la de Pedro andando sobre las aguas, se crea la imagen de la Iglesia como una barca que surca el mundo. Y esta imagen está muy presente en la literatura, en la predicación y en el arte cristiano de todo tiempo.

La navegación, según los relatos míticos, fue una aventura temible, una especie de pecado original cometido por los hombres. En efecto, en la feliz edad de oro tantas veces cantada por los poetas, los hombres no tenían la necesidad ni la tentación de navegar y su vida era plena y dichosa en todos los sentidos. Ovidio, por ejemplo, nos canta las bondades de estos primeros hombres: “La primera edad que se creó fue la de oro, la que cultivaba la lealtad y el bien sin autoridad, por iniciativa propia. No existía el castigo ni el miedo (…) El pino talado todavía no había descendido de sus propias montañas a las límpidas aguas para visitar el mundo extranjero y los hombres no conocían otras costas aparte de las suyas“ [i]. La invención de la navegación fue, pues uno de los hitos que marca la pérdida de ese paraíso de la edad de oro y la consecuente introducción en el mundo del peligro, el temor y la muerte.

El marinero es una persona osada y temeraria que pone en riesgo su vida. Tengamos en cuenta lo frágiles que eran las embarcaciones en aquellos tiempos y lo habituales que eran los naufragios. De ahí que Juvenal los censure en estos términos: “Confía tu vida a los vientos, entrégate a una madera trabajada con la azuela, separado de la muerte por un tablón de cuatro dedos de espesor, o de siete, si es de los más gruesos” [ii].

Toda la literatura antigua está llena de ecos que nos hablan del mar y sus peligros. Por ejemplo, Séneca en el coro de su Medea nos decía: “un infinito arrojo tuvo el hombre que por vez primera se atrevió a surcar la aguas en un frágil madero[iii]. A la vista de esos peligros, llegar a puerto era tan gozoso, que a menudo los marineros, felices de haberlo logrado, adornaban con coronas la proa de sus barcos, como nos narra Virgilio [iv] .

Otro tópico vinculado al mar y sus peligros es el de la censura a los que, movidos por su imprudencia, su avaricia o sus ansias de ganar dinero con el comercio, ponen en peligro su vida arriesgándose a navegar. Hay muchos ecos en la poesía antigua de este lugar común [v] .

Pero también la nave entre los griegos simbolizaba el gobierno. La metáfora del gobernante que lleva la nave del estado aparece ya desde el poeta Alceo en el s. VI a.C. [vi]. Luego Platón daría forma a este símbolo en la República [vii]. Precisamente la palabra timonel se decía en griego κυβερνήτης (kibernétes), de donde sale el prefijo castellano ciber- y la expresión “navegar por la red”. Y el verbo κυβερνάω (“llevar el timón de una nave”) se tradujo al latín como gubernare (gobernar).

Esta peligrosa travesía de la vida, tan erizada de peligros, estaba a menudo representada para el hombre antiguo y también para los primeros cristianos en la figura de Ulises, que en su viaje de regreso al hogar desde Troya hubo de enfrentarse a numerosos riesgos, como las Sirenas, Escila, Caribdis, o la ira de Poseidón…

La Iglesia para los primeros Padres Griegos es la gran nave de la salvación que atraviesa el mar del mundo con sus innumerables peligros y aun así mantiene su confianza en una triunfante seguridad, la que nos da el saber que, en esa barca, como vemos en este evangelio, va Cristo y no va a consentir que se hunda. Es Él quien nos quita el miedo a la navegación y nos garantiza poder llegar al puerto de la vida eterna. San Ambrosio nos hablaba en estos términos: “La Iglesia nos ha sido dada como puerto de salvación y con los brazos abiertos llama a los navegantes que corren peligro al seno de su calma, pues a nuestros ojos aparece como el desembarcadero en el que podemos confiar” [viii].

Lo importante es que, quienes toman la decisión de subir a esa barca, deben dejar atrás su vida pasada y todos los errores y pecados. Solo aquel que permanece fiel dentro de esa en aparente frágil barca alcanzará el deseado puerto, soportando los peligros, sabedor de que Él nos va a salvar, como decía Basilio de Seleucia: “¡Oh, peligro, que nos enseñas dónde se halla el ancla de la salvación!” [ix]. Clemente de Alejandría, calcando a Platón, nos dice “Hermoso es el riesgo de pasarse al bando de Dios” (Καλὸς ὁ κίνδυνος αὐτομολεῖν πρὸς θεόν) [x]. Sí, es platónica, como ya señalamos en su momento, la hermosa expresión “Hermoso es el riesgo”.

Los antiguos navegantes griegos se gritaban unos a otros Euploia!, es decir ¡”Buen viaje!”. Y por eso entre los primeros autores cristianos se conservan ejemplos de hermosas oraciones encaminadas a pedir a Dios que nos acompañe en nuestro viaje a la eternidad. Este es el ejemplo de una antigua plegaria recogido en un misal medieval: Exaudi nos, Domine Deus noster, et Ecclesiam tuam, inter mundi turbines fluctuantem, clementi gubernatione moderare, ut tranquillo cursu portum perpetuae securitatis inveniat (“Escúchanos, Señor, Dios nuestro, y dirige con clemente gobierno a tu Iglesia, que es zarandeada en medio de las olas del mundo, para que, con un tranquilo viaje, alcance el puerto de la salvación eterna”).

Las olas a las que debe hacer frente el cristiano en su barca son muchas, representadas en los peligros del pecado en su más amplio sentido. Pero también la Iglesia tiene enemigos externos, y los seguirá teniendo. No hay barca más zarandeada que la de la Iglesia y de ello dan fe tantos ejemplos y tantas ideologías que han ido desapareciendo con el curso de la historia. Al final, solo permanece, después de más de dos mil años, La Iglesia. Todos los restantes imperios e ideologías, meras construcciones humanas, han ido e irán desapareciendo y siendo sustituidos por otros. De ahí la plegaria que recoge este antiguo epigrama griego anónimo de la Antología Palatina: “El malvado enemigo despierta en nosotros la marea del placer. Azota el mar con tormentas y nuestra pequeña barca del alma a punto está de hundirse por el peso del agua, hundirse en el torbellino de la marea. ¡O Cristo, mi paz, que permites el viento y las olas, guíame a buen puerto y haz que mis enemigos se hundan! [xi]

Si recordamos de nuevo el relato de Ulises atado al mástil de su barco para poder escuchar el canto de las Sirenas, símbolo de los peligros de muerte que acechan al cuerpo y el alma de los hombres en la vida, nos hallaremos ante una reinterpretación cristiana muy sugerente. Y es que en los pequeños barcos antiguos el mástil, vertical, llevaba una antena horizontal del que se colgaba el velamen. Y esta estructura tenía una evidente forma de cruz. Y esta imagen estaba muy presente y era muy familiar, mucho antes del cristianismo. Por ello, ya los primeros autores cristianos recogieron este símbolo sin dificultades. Minucio Félix, uno de los primeros apologistas nos lo dice: “En realidad el signo de la cruz lo vemos de modo natural en un barco cuando navega con sus velas desplegadas” [xii].

A partir de ahí se desarrolla el símbolo del mástil del barco como la cruz de Cristo. Hipólito nos lo describe así: “El mar es el mundo al que la Iglesia se ve lanzado como si fuese el oleaje de una tormenta, pero sin hundirse, pues lleva a bordo al experto timonel, Cristo. En medio porta el trofeo sobre la muerte, pues con él viaja la cruz del Señor. Y la escalera que lleva a lo alto, hasta la antena, simboliza la pasión de Cristo que arrastra a los creyentes al viaje de regreso hacia el cielo” [xiii].

Esta es la euploia del cielo, la certeza de la salvación a bordo del barco de la Iglesia; y esa salvación debe su eficacia el mástil, que es la cruz de Cristo, símbolo de la vida y la resurrección. El símil del mástil de la nave está omnipresente en los textos de los primeros cristianos. Citemos, a modo de ejemplo, este bello pasaje de Venancio Fortunato: “Guía, Cristo, a las almas a través del oleaje con la cruz, el mástil y la antena que lleva las velas, hasta que tu mano fuerte, tras pasar las tormentas de los tiempos, eche para nosotros el ancla en el puerto de la vida eterna” [xiv].

Retomemos ahora el relato de Ulises y las Sirenas. Ulises escuchó ese peligroso canto atado al mástil mientras sus compañeros tenían tapados con cera sus oídos. Fijémonos en la paradoja expresada por Clemente de Alejandría: “Navega junto al canto que trama tu muerte: Solo con quererlo has vencido a la perdición y si te atas al mástil estarás libre de toda corrupción. El Logos de Dios será tu piloto y el Espíritu santo te hará arribar a los puertos del cielo”[xv]. La tentación de las Sirenas representa la libertad mal entendida y la entrega a placeres y peligros destructores. Y la libertad autentica y triunfante es la de Ulises, que se ata al mástil de la cruz de Cristo: solo así, atados a la cruz, somos libres. Maravillosa paradoja ésta.

Esta imagen será objeto de innumerables reelaboraciones a lo largo de los primeros siglos del Cristianismo, también en las artes figurativas. Por último, vamos a referir esta imagen en labios de Máximo de Turín: “La cruz es, por lo tanto, como un mástil en el barco de la Iglesia. En medio del naufragio dulce y mortal de este mundo, este barco es el único que se mantiene indemne. Quienquiera que se deje atar al mástil de la cruz en este barco, ya no deberá temer la tormenta de dulce voz del placer impuro: por ello, Cristo Señor estuvo clavado en la cruz, para salvar a todos los hombres del naufragio de este mundo”[xvi].

En la imagen de la barca de la Iglesia se funden, pues, la tradición griega y la realidad evangélica. En efecto, gran parte de la narración evangélica de la vida de Cristo se desarrolla en torno al lago de Genesaret y los primeros discípulos son pescadores. Cristo emplea fórmulas sacadas de ese ámbito de la pesca, como cuando les dice “venid tras de mí y yo os convertiré en pescadores de hombres[xvii].

La Iglesia se asemeja a esa barca desde cuya cubierta se ha de llevar a cabo la necesaria tarea de evangelización y anuncio de la salvación. Esta consiste en acoger en su barca a los peces dispersos por el mar del mundo. Desde la barca se arroja la red, que tiene por misión la de acoger en la barca a todos los que quieran incorporarse a la fe y navegar en ella. Esa pesca que nos narran los evangelios es una imagen plástica para describirnos esa irrenunciable vocación apostólica de la Iglesia y de cada uno de los bautizados. Y esa pesca milagrosa es eficaz cuando se hace unidos a Cristo: en ausencia de Él, en vano se pasan bogando la noche entera los discípulos [xviii].

Sin embargo, la travesía no es sencilla: la perseverancia en el seno de la barca no siempre es fácil en el agitado mar de este mundo. La barca es estable, pero muchos se apean de ella atraídos por sus debilidades y por las múltiples tentaciones que presenta el mundo de ayer, de hoy y de siempre.

Este evangelio nos llama a no sentir miedo ante las dificultades de la vida. Si estamos unidos a Cristo, nuestra nave, aunque lo pueda parecer, no se hundirá. ¿A qué tenemos miedo los hombres? Al dolor, al esfuerzo, al sacrificio, al compromiso, a la muerte…. También los filósofos epicúreos observaron que el hombre, para ser feliz, debe superar los temores inherentes a su débil naturaleza. Y para ello formularon su famoso Tetrafármaco o “Cuádruple remedio”. Este, recogido en varios testimonios literarios de la Antigüedad (está recogido, por ejemplo, como tal en un papiro hallado en Herculano), tenía una sencilla formulación: Ἂφοβον ὁ θεός, ἀνύποπτον ὁ θάνατος καὶ ταγαθόν μὲν εὒκτητον, τὸ δὲ δεινόν εὐεκκαρτέρητον.

  • La divinidad no es de temer.
  • La muerte no hay que mirarla con recelo
  • El bien es asequible.
  • El mal es fácil de soportar.

Los cristianos podemos adaptar ese tetrafármaco epicúreo.  En efecto, Dios es un padre al que no hemos de temer; la muerte, el mayor de los males en apariencia, nos abre las puertas de la eterna felicidad; el bien es asequible para cualquiera que acoja la fe con humildad, ya que Cristo vino a acoger a todos, ricos y pobres, sabios e ignorantes; y el mal y el dolor son más llevaderos si nos unimos a la cruz de Cristo.

En efecto, el cristiano camina seguro, sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, confiado, no en sus débiles fuerzas, sino en la palabra del Dios siempre fiel, del Dios cuyas promesas son eternas. ¡Qué bien y con qué fuerza lo expresó san Juan Pablo II desde el primer momento de su pontificado!, Todos recordamos cómo nos gritaba una y otra vez su tan famoso “grito de guerra”: ¡No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo!

San Josemaría nos habla también de esta imagen de la barca de la Iglesia: Hijos, hemos subido a la barca de Pedro con Cristo, a esta barca de la Iglesia, que tiene una apariencia frágil y desvencijada, pero que ninguna tormenta puede hacer naufragar. Y en la barca de Pedro, tú y yo hemos de pensar despacio, despacio: Señor, ¿a qué he venido yo a esta barca? (…)

Te amo, Señor, porque me da la gana de amarte: este pobre corazón podría haberlo entregado a una criatura… ¡y no! ¡Lo pongo entero, joven, vibrante, noble, limpio, a tus pies, porque me da la gana! Con el corazón, también le diste a Jesús tu libertad, y tu fin personal ha pasado a ser algo muy secundario. Puedes moverte con libertad dentro de la barca, con la libertad de los hijos de Diosque están en la Verdad, cumpliendo la Voluntad divina. Pero no puedes olvidar que has de permanecer siempre dentro de los límites de la barca. Repito lo que os decía ayer o anteayer: si te sales de la barca, caerás entre las olas del mar, irás a la muerte, perecerás anegado en el océano, y dejarás de estar con Cristo, perdiendo esta compañía que voluntariamente aceptaste, cuando Él te la ofreció [xix].


[i] Met. I, 89 ss.

[ii]  XII 57-59

[iii] 301 ss.

[iv] vd. Georg.I, 303

[v] (por ejemplo, Propercio III,7, Horacio C I,3, etc.).

[vi] fragm.6, 208, 249

[vii] vd. 487b-502c

[viii] De patriarchis 5, 27

[ix] Orat.XXII PG 85, col. 268A

[x] Protr. X, 93,2

[xi] I, 14

[xii] Oct.29, 6.

[xiii] De Antichristo, 59

[xiv] Miscellanea VIII, 6 PL88 col.276C.

[xv] Protr. XII, 118, 4

[xvi] Homilía 49 PL 57 339

[xvii] Mt.4,19

[xviii] vd. Mt. 5, 1-11

[xix] En diálogo con el Señor 1, 2

2 respuestas a «LA NAVE DE LA IGLESIA»

  1. Avatar de Felipe Diez Lucio
    Felipe Diez Lucio

    Que informado estás en letras. Tanbien sabes griego? Me acuerdo de muchas letras, pero otras ya las he olvidado. Que pases una buena tarde.

  2. Avatar de Manuel Jiménez Montesinos
    Manuel Jiménez Montesinos

    hoy no te hago ninguna observación, más que, todo lo que escribes eres muy sugerente y edificante. Gracias.

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