HAY COSAS QUE NO ESTÁN DE MODA

(Las moscas no se acercan a una olla hirviendo)

Pero yo os digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.  Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. (Mt.5, 28- 30)

Palabras fuertes y rotundas estas, sin duda. Nos las transmite el evangelio de Mateo en el Sermón de la montaña, al inicio de la vida pública de Cristo. Tras haber recibido el bautismo de manos de Juan, de verse sometido a las tentaciones del desierto, Cristo inicia su vida pública eligiendo a sus primeros discípulos mientras estos echaban las redes. Luego ya, inicia su predicación. Y el extenso Sermón de la montaña es todo un programa en el que se reúne un inagotable compendio de la doctrina cristiana, sobre el que deberíamos estar toda nuestra vida profundizando. De él queremos fijarnos ahora tan solo en el pasaje que hemos escogido.

Recuerdo un ácido artículo que leí en una ocasión, escrito por un sacerdote. Se llamaba Catálogo de pecados descatalogados. Y me pareció ácido no tanto porque fuera falso lo que en él se afirmaba, sino por el pesimismo que irradiaba todo su discurso. Y es que es bien cierto que en un amplio sector de la sociedad hay muchas actitudes que están ya tan sumamente normalizadas que han perdido toda consideración moral. Es más, hoy en día se ha invertido tanto la situación que parece que los que defienden el plan de Dios para con los hombres en materia sexual son los que deben hacer examen de conciencia y enmendarse por atreverse a llamar pecados a determinadas conductas. Cristo volvería a ser crucificado en los medios y en las redes sociales si viniera a decirnos hoy lo que estamos leyendo en este pasaje evangélico.

Antes que nada, deberíamos leer despacio este pasaje. Una vez leído, preguntémonos quién lo dice. Lo decimos porque, cuando abrimos el evangelio, nos encontramos con una persona que habla con suma autoridad, alguien que no deja resquicios de duda por lo claro que se expresa, que no se anda con rodeos ni con medias tintas. Y ese alguien, ¿quién es? Ante esta pregunta, solo cabe una disyuntiva: o era un pobre loco, un demente iluminado y narcisista, con un trastorno megalómano de la personalidad y de la conducta que le hacía creerse Hijo de Dios…; o bien es que realmente era y es, en efecto, el Hijo de Dios. En este caso, todo lo que diga nos afecta de modo muy directo a ti y a mí, no lo olvides. Hay mucho en juego dependiendo de la opción escogida: nada menos que la vida eterna. Hermoso es el riesgo, como decía Platón, ¿recuerdas?

Es bueno que tengamos en cuenta un hecho incuestionable: la impureza nos aparta de Dios. Cristo mismo, en las Bienaventuranzas nos recuerda: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt. V, 8)

La moral sexual que nos plantea Cristo no es algo que esté de moda en estos tiempos, de ello no cabe duda. Yo mismo, en mi trabajo como profesor en una escuela pública, si expusiera los principios de la moral sexual cristiana, sería mirado como un marciano venido de no se sabe qué lejano universo. Nadie me entendería; y, dependiendo de los temas que tocara, me arriesgaría posiblemente a ser denunciado. Tam saeva et infesta virtutibus tempora (Tiempos tan hostiles y enemigos de las virtudes [i]), nos podría rememorar Tácito, a quien le tocó vivir bajo un tirano como Domiciano.

Los principios de la moral sexual son muy rígidos a la vez que muy sencillos: el acto sexual es algo bueno y querido por Dios, pero dentro de tres límites muy precisos: solo entre varón y mujer, que estén unidos en matrimonio y sin cegar las fuentes de la vida. Ya hemos entrado en aguas turbulentas.

Cristo condena muy claramente el adulterio. La palabra misma adulterio es un compuesto latino formado a partir del verbo alterare (“convertir en otra cosa”, derivado a su vez del pronombre indefinido alter, “otro”). De ahí que, cuando hablamos de “adulterar” algo nos referimos a que alteramos su auténtica naturaleza y la falseamos. Se puede adulterar alguna comida, bebida, medicamento, alguna ley… infinidad de cosas; pero también se puede adulterar el amor. Y, si lo hacemos, estamos traicionando y alterando su esencia y su valor. Lo estamos convirtiendo, etimológicamente “en otra cosa” al faltar a nuestro compromiso de fidelidad y exclusividad que le es inherente.  

El concepto de adulterio del que nos habla aquí el evangelio se refiere, en sentido amplio, a la realización de actos sexuales fuera del matrimonio. Especialmente se dirige al hombre que incumple su deber de fidelidad y exclusividad a su esposa. Y lo hace en un mundo en el que socialmente existía una doble moral en esta materia (como ha sucedido y sigue sucediendo hasta nuestros días en muchos ambientes y culturas. Yo mismo he oído muchas veces calificar a un tío de “machote, donjuán, o ligón” por hacer lo mismo que, si lo hiciera una mujer, sería un p…), según la cual al hombre se le permitían algunas “debilidades” que a la mujer jamás. Esto también queda abolido por Jesucristo: el hombre debe vivir en fidelidad y castidad hacia su mujer de igual manera que ella hacia él. La infidelidad y el adulterio son igualmente condenables moralmente, los cometa un hombre o una mujer. Lo decimos porque sigue habiendo gente que, con suma ignorancia, califica al cristianismo de patriarcal y machista. Más bien hay que afirmar que patriarcal y machista era la sociedad que Cristo intentó transformar con sus enseñanzas.

Hay que subrayar, una y mil veces si es necesario, la milenaria injusticia de que ha sido y sigue siendo objeto la mujer en este aspecto. No hace falta aquí poner ejemplos de códigos legales, algunos aún vigentes en repúblicas islámicas, en los que se castiga con mucho más rigor el adulterio cuando lo comete una mujer que cuando se trata de un hombre. Y ello a pesar de que el sentido común nos dicta principios como el del jurista latino Ulpiano (que tampoco era cristiano):  «Parece ser muy injusto que el hombre exija de su mujer una castidad que él mismo no demuestra» (Periniquum enim videtur esse pudicitiam vir ab uxore exigat quam ipse non exhibeat [ii]).

La moral en materia sexual es, como dijimos, bastante severa. Esto lo explica de manera magistral Juan Luis Lorda en un libro que todos deberíamos releer a menudo: Moral, el arte de vivir. A él remitimos al lector. Tan solo recordemos que este autor habla de la moral como “el libro del fabricante, el manual de instrucciones de la naturaleza humana”. Por lo tanto, los principios de la vida moral no son otra cosa que el conjunto de pautas a seguir para llevar una vida plena y conforme al plan de Dios para con nosotros. Al igual que cuando instalamos una lavadora o una lámpara hemos de mirar el libro de instrucciones para que funcione bien, las leyes morales nos dicen cómo debemos vivir para no romper esa necesaria armonía interior imprescindible para nuestro bien y nuestra felicidad. Ya sabemos que esto la habladuría popular no termina de entenderlo al afirmar que” todas las cosas agradables de esta vida o son pecado o engordan”. Tampoco parecen entenderlo tantas personas que ven a Dios no como un padre amoroso que quiere el bien para sus hijos, sino como a una especie de tirano caprichoso, mandón y tiquismiquis que solo pretende amargarnos la vida; tampoco lo entienden los filósofos como Nietzsche, que criticaba al cristianismo como ejemplo de moral de esclavos y negación de la vida.

Y la moral en materia sexual es tan rígida porque está protegiendo cosas muy importantes, como son la estabilidad de la familia y, por ende, la de la sociedad. Una sociedad sana, fuerte y próspera se funda sobre familias bien configuradas. Y de ello la historia es maestra, como bien sabemos. Valerio Máximo es un autor latino de época de Tiberio y no era cristiano, por supuesto. Lo decimos porque los principios de la moral natural son reconocibles para cualquier persona que tenga sentido común y un poco de honestidad intelectual. Nos dice: “Solo aquellas familias, aquella ciudad y aquel reino donde no haya entrado la pasión por las mujeres y por el dinero, podrán perdurar fácilmente durante mucho tiempo”[iii]. En efecto, el desenfreno en sentido amplio, la desmesura (eso que los latinos englobaban bajo el concepto de luxuria) arruina nuestra persona, nuestra familia y, como consecuencia, también la sociedad, cuando se generaliza y se convierte en moneda común. Por eso la moral sexual es tan rígida, ya que, como dijimos, es mucho lo que está en juego.

Nosotros, en nuestro siglo XXI, nos creemos la mar de modernos, avanzados y progresistas. Pero no hemos descubierto nada de nuevo en materia moral. Todos los pecados están ya más que inventados. En el terreno que nos ocupa, basta echar un vistazo a los autores latinos de los siglos I-II d.C., tal es el caso de Marcial, Petronio, Séneca o Juvenal. Podremos ver en ellos todo un catálogo interminable de conductas sexuales opuestas al plan de Dios para contigo y conmigo. No es necesario, creemos, entrar en detalles.

¿Y cuál es el contexto en el que nos hallamos actualmente, después de las conquistas de la revolución sexual de finales de los años sesenta del pasado siglo? Pues muy sencillo: no nos hallamos en una era de cambios, sino en un cambio de era. El paradigma en el que crecieron las personas anteriores a esta revolución es decididamente otro. Y ello es así porque se le ha perdido el respeto debido a la moral sexual. Hemos reducido el sexo, algo tan importante, en lo que no es; lo hemos sacado por entero de su contexto natural y lo hemos reducido únicamente a su esfera placentera. Por tanto, en muchos ambientes y de manera cada vez más normalizada el sexo es algo divertido, que aporta un placer y que se puede practicar siempre y cuando se desee, bajo dos únicas restricciones: que sea entre personas adultas y que sea un acto consentido y libre, exento de coacción y violencia. Todo lo demás es indiferente.

Y a eso se ha llegado desnaturalizando el sexo y desvinculándolo de su realidad natural más esencial.

  • Primero se desvinculó de la procreación al extenderse, no sin arduas polémicas, la anticoncepción en los años sesenta y setenta. A día de hoy, de hecho, en las sesiones de educación sexual que se imparten a los niños y adolescentes se les habla solo del “sexo seguro” y del embarazo no deseado como algo a evitar, como lo son también las enfermedades de transmisión sexual. En efecto, en estos tiempos se tiene mucho sexo, pero se evita el embarazo a toda costa, ya que se trata casi siempre de unas relaciones sexuales exentas de compromiso.
  • Luego se desvinculó del matrimonio, al extenderse y normalizarse las relaciones prematrimoniales. Hoy en día ya cada vez menos gente se casa. ¿Para qué van a hacerlo, si viven como si lo estuvieran? Si hablas de que es bueno llegar virgen al matrimonio se pueden reír de ti, y, si lo dices en un aula, pueden denunciarte por tratar de adoctrinar a tus alumnos.
  • Luego ya se pudo desvincular del afecto y del amor, al extenderse y generalizarse la pornografía (que, recordemos, es una forma más de prostitución. Si por prostitución entendemos “sexo por dinero”, es evidente de qué estamos hablando). Recordemos que, en griego, de donde viene este término, πορνεία (porneia) significaba exactamente “prostitución”.
  • Actualmente existen cada vez más fenómenos sociales en los que se concreta la moda de las relaciones sexuales ajenas al amor y el compromiso: relaciones abiertas, amigos con derecho a roce, follamigos, amigovios, poliamor, etc. Internet está lleno de páginas de contactos y foros donde se habla de estos experimentos y en estas páginas suele haber sesudos psicólogos que aconsejan y venden las bondades de estas prácticas.
  • Ya entrados en el s. XXI se desvinculó del sexo de la otra persona, de modo que, para la moral reinante, no existe diferencia alguna entre la práctica homosexual o heterosexual. Todo es lo mismo. No estamos aquí faltando al debido respeto a las personas que tienen inclinaciones homosexuales, por supuesto. Tan solo estamos afirmando algo obvio: no es lo mismo una relación homosexual que una heterosexual. Los conceptos, al igual que las palabras que los enuncian, son distintos.

Y ahora, en un incansable afán de experimentar cosas nuevas, tratamos de llegar más lejos, en un alocado camino a ninguna parte. Gracias a los gurús de la ideología de género, que, por cierto, no se ponen de acuerdo, uno puede elegir entre 33 o 37 posibilidades de géneros (aunque, si rastreas un poco por la red, te puedes encontrar con muchos más, hasta más de cien diferentes). La verdad es que es llamativo que una teoría que no tiene la más mínima base científica pueda ser tan aceptada en nuestro moderno siglo XXI. Esto es como el terraplanismo, solo que aplicado a la sexualidad. Ahora ya no hay límite alguno a la imaginación y a la creatividad en materia sexual: puedes ser lo que te dé a ti la gana. ¡El hombre moderno y progresista ha conseguido superar incluso su propia biología! Ya nada, absolutamente nada hay externo a nosotros que nos determine, somos los dueños únicos y absolutos de nuestra naturaleza. De ahí que te puedas autoentender como hombre en cuerpo de mujer, como mujer en un cuerpo de hombre, o también puedes fluir y ser un día una cosa y luego otra… Pero, por mucho que lo intentemos negar, la biología nos limita y determina, querámoslo o no y no podemos aspirar a cosas imposibles. Ya lo decía Marco Aurelio: “Perseguir lo imposible es cosa de locos, pero es imposible que los necios dejen de hacer algunas necedades”[iv]

Y todo este conjunto de principios viene avalado por las más altas instancias, desde la ONU a los programas electorales de muchos de los partidos y gobiernos del mundo; pero también es inculcada y promovida desde otros muchos ámbitos (la moda, la publicidad, la música, las novelas, el cine, la televisión, las series, las redes sociales…). Todo este bombardeo configura la atmósfera que respiramos actualmente y a su influjo es difícil sustraerse, no cabe duda.

En otro momento trataremos de explicar por qué el sexo y el amor no son lo mismo. Ahora vamos a intentar ser positivos y defender la moral planteada por Cristo en este pasaje evangélico. A la vista de los hechos, uno podría pensar que es imposible vivir en castidad en estos tiempos que corren. Pero no es así, y ello lo testimonia el ejemplo de miles y miles de cristianos que, con su vida y su ejemplo, avalan lo contrario. San Josemaría veía, en tono profético, cómo Una ola sucia y podrida —roja y verde— se empeña en sumergir la tierra. Y Él quiere que de nuestras almas salga otra oleada —blanca y poderosa, como la diestra del Señor—, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el orbe: a eso vienen —y a más— los hijos de Dios [v]

Por tanto, con la ayuda de Dios, es posible salir airoso en nuestra lucha por llevar una vida limpia. En el camino habrá caídas, por supuesto, pero Él está siempre ahí para levantarnos. Pues sabemos que, cuando caemos en estas faltas y pecados, luego nos queda un regusto de amargura y arrepentimiento en el alma, como recordaba san Josemaría [vi]. Y es el que el sexo promete mucho, pero luego no es para tanto: ese es uno de los engaños de los que se sirve el maligno para convencernos.  En efecto, tras la caída suele venir el arrepentimiento. Esto nos lo ejemplificaba Aulo Gelio en un divertido pasaje de sus Noches Áticas [vii] , al narrarnos el episodio entre Demóstenes y la prostituta corintia Lais, la mujer más deseada de su tiempo, que cobraba un auténtico dineral por sus servicios. Peregrinaban hasta su puerta desde toda Grecia (Demóstenes, de hecho, era ateniense, no corintio): “…pues en vano iba a Corinto hasta la casa de Lais quien no pudiera pagarle la cantidad requerida. Un día llegó hasta su casa el gran Demóstenes a escondidas y le solicitó sus servicios. Mas Lais le pidió diez mil dracmas, lo que equivale a diez mil denarios entre nosotros. Ofendido por una petulancia semejante y asustado por la descomunal cantidad de dinero, Demóstenes se marchó y al partir dijo: “yo no pago tan caro un arrepentimiento”. Mas en lengua griega suena más gracioso lo que refieren que dijo: “no voy a comprar diez mil dracmas de arrepentimiento.”

Aparte de lo esencial, que es la oración, la mortificación, la sinceridad, la ayuda de la santísima Virgen y la frecuencia de sacramentos, Cristo nos previene al inicio de este fragmento de algo muy importante: el cuidar la vista. Ya lo dice la Escritura: “No se cansa el ojo de mirar ni el oído de escuchar” [viii]. También dice el refrán que “la curiosidad mató al gato” y eso es algo que lo tenemos bastante experimentado todos, ¿verdad? Pues en estos tiempos que corren, el cuidar la vista por la calle y, sobre todo, en las pantallas, es mucho más difícil que hace unas décadas, es evidente. Especialmente los hombres somos tentados por la belleza y la sensualidad continuamente. Este es un campo esencial para nuestra lucha. Nos lo dice a ti y a mí el evangelio que estamos comentando.

Otro aspecto absolutamente esencial es tratar de no dialogar con la tentación de impureza. Recordemos el punto 127 de Camino: “No quieras dialogar con la concupiscencia: despréciala” Si no lo hacemos, es muy probable que salgamos derrotados y de ello tenemos sobrada experiencia. Nos lo vuelve a recordar la Escritura: “El que ama el peligro caerá en él”[ix]. La impureza entra primero por los ojos y luego se adueña de tu imaginación haciéndote desearla. San Josemaría animaba a poner la lucha “lejosde los muros capitales de la fortaleza” [x]. No debemos dejar que campee a sus anchas la impureza en nuestro interior. Séneca, siguiendo con la metáfora militar, nos lo recordaba también al decirnos: “Ante todo, repito, el enemigo ha de ser apartado de las fronteras, pues, cuando ha entrado en la ciudad y se ha apoderado de sus puertas, no permite que le frenen los que son ya sus prisioneros[xi].Un poco más adelante nos recuerda que “es más fácil rechazar las cosas malas que gobernarlas, y no admitirlas que moderarlas una vez admitidas, ya que, cuando se han adueñado del alma, son más fuertes que ella y no permiten que se las cercene o aminore”[xii] .

También Aristóteles, en un hermoso pasaje, nos dice algo parecido con respecto a los placeres, al recordarnos los consejos que daban los ancianos de Troya a la vista de la hermosa Helena, causante de sus desgracias: “así pues, hemos de sentir respecto del placer lo que los ancianos del pueblo sintieron con respecto a Helena y repetir en todo caso sus palabras: “no es extraño que aqueos y troyanos por una mujer tal estén padeciendo prolongados dolores: enorme es su parecido a las inmortales diosas al mirarla. Pero, aun siendo tal cual es, que regrese en las naves y no permanezca aquí para calamidad nuestra y de nuestros hijos”[xiii] .

Lo peligroso del mal no es que pueda existir, sino que nosotros lo deseemos, no lo olvidemos. Por eso, es también importante, en estos temas relativos a la castidad, no empezar, ya que, entonces, es muy difícil parar, pues el cuerpo y la pasión se disparan, ¿verdad? Todo acto iniciado tiende a su consumación, nos recuerda la filosofía tomista. Por tanto, no nos metamos en situaciones de las que es ya difícil salir. Séneca nos explicaba con una analogía ingeniosa cómo, a veces, una cosa nos lleva a otra: “Puedo mover los pies sin correr, pero no puedo correr sin mover los pies; puedo estar en el agua sin nadar, pero no puedo nadar sin estar en el agua” [xiv]

Por último, vendría bien aquí rememorar el mito de Ulises y las Sirenas que nos narra Homero en la Canto XII de la Odisea. Estamos, sin duda, ante uno de los pasajes más sugerentes por su simbolismo de toda la historia de la literatura. Sobre las Sirenas se han escrito ríos de tinta, muchos de ellos por parte de los primeros intérpretes cristianos de los primeros siglos. Las Sirenas, recordemos, eran perversas mujeres aladas que, con su bello canto atraían a los marineros a la perdición y al naufragio. Su voz tenía un encanto irresistible, imposible de rechazar para la voluntad humana. Ulises fue capaz de escucharlas sin caer en la tentación de ir tras ellas a su perdición. Y lo hizo tapando los oídos de sus marineros con cera y atándose él al mástil. Así logró escucharlas sin lanzarse tras ellas, mientras sus marineros, sordos, movían los remos pasando de largo. Este pasaje, cargado de simbolismo, nos habla de la lucha contra las tentaciones y de cómo superarlas. Algunos de los primeros teólogos de la Iglesia lo aplicaron al encanto de las doctrinas heréticas, que seducían a tanta gente y la apartaban del camino de la fe (así, por ejemplo, Orígenes, Clemente de Alejandría, Hipólito, Metodio, Basilio, etc.). Pero, ya a partir del s. IV se usará este mito continuamente como ejemplo de la peligrosa seducción de los placeres, a la que no hay que ceder. Aparece por doquier la referencia; por ejemplo, Paulino de Nola, en una de sus cartas, nos decía: “Lo que antaño se creía ver en las famosas Sirenas son, en verdad, las excitaciones del placer y las tentaciones de los vicios. En apariencia, son hermosas e insinuantes, pero su placer significa veneno, su uso comporta la perdición y el precio que se paga es la muerte [xv]

Ulises pudo vencer esta terrible tentación, pero, fijémonos en esto, no podría haberlo hecho él solo: necesitó de la ayuda de sus marineros. Nosotros tampoco podremos vencer con nuestras escasas fuerzas en este combate. Pero para ello viene Dios en nuestra ayuda. No lo olvidemos.

Pero hay otra versión de este mito, la que nos cuenta Apolonio de Rodas en sus Argonáuticas [xvi] . Y creemos que es mucho más sugerente aún que la de Homero. En este caso, no es Ulises, sino los argonautas los protagonistas. Uno de ellos es Orfeo, el padre de la música, otro personaje cargado de matices simbólicos por la posteridad. Cuando los marineros de la nave Argo se ven obligados a pasar delante de las Sirenas y su funesto canto, Orfeo los salva tocando un bello canto con su lira, un canto tan fuerte y hermoso que hizo que el de las Sirenas se amortiguase hasta no escucharse y volverse vano. Qué bella metáfora, ¿verdad? Cuando estamos llenos de la gracia de Dios, nos produce hondo rechazo cualquier tipo de tentación. Este es el camino: llenarnos de Dios para que las tentaciones de impureza no nos ataquen. Decía el Beato Álvaro del Portillo que “las moscas no se acercan a una olla hirviendo” [xvii].  


[i] Agr.I,4

[ii] Cod. Just., Digest, XLVIII, 5-13

[iii] IV, 3

[iv] V, 17

[v] Forja 23

[vi] vd. Camino 136-137

[vii] I, 8

[viii] Ecl.1,8

[ix] Eclo.3,28

[x] Cam.307

[xi] Ira, I, 8,2

[xii] Ira I, 7, 2

[xiii] Nic.1109b (cita Hom.Il.3, 156-160).

[xiv] Const. 7,5

[xv] Ep.145

[xvi] Libro IV, 895 ss.

[xvii] Es este un refrán popular castellano enunciado de diferentes maneras: “A la olla que hierve ninguna mosca se atreve” , “En olla hirviendo no paran las moscas”…

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