(Mt 13,24-43)
Jesús les propuso otra parábola:
— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”». (…)
Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:
— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
Él les respondió:
— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.

Este es, sin duda, uno de los pasajes más ricos y sugerentes del Evangelio. Nos puede servir de pauta para meditar largo y tendido, pues son muchos los puntos de reflexión que nos ofrece. Vamos aquí a abordar algunos de ellos, muy someramente, esperando que puedan dar pie a la oración personal de cada persona que lo lea.
En primer lugar, nos habla de una realidad que siempre al hombre le ha hecho encararse con el misterio: ¿por qué existe el mal en el mundo y por qué es tan difícil de erradicar? En efecto, esta pregunta aparece desde los primeros tiempos en nuestra literatura. Ya en Homero (recordemos que antes de él no hay nada, absolutamente nada, en la literatura occidental), en la pagina primera de la Odisea[i] el poeta nos pone en boca de Zeus los reproches y lamentos de los hombres, quienes culpan injustamente a los dioses de sus males “aunque ellos, por su necedad soportan dolores más allá de lo que les corresponde”. Lo hace al hilo de las terribles muertes acaecidas en la familia de los Atridas: Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia; luego, su esposa Clitemnestra, ayudada por su amante Egisto, mató a Agamenón y a Casandra, su concubina; por último, Orestes vengó la muerte de su padre matando a Clitemnestra y a Egisto…
En efecto, muchas veces los hombres culpamos a personas ajenas de la responsabilidad de nuestros errores propios. Pero recordemos que el pecado en sus múltiples formas (odio, avaricia, lujuria, deseo de venganza…) es personal e intransferible. Y somos nosotros los que tenemos que arrepentirnos de ellos y purificarnos mediante la penitencia. Ese es un camino que nadie puede recorrer por nosotros. Son fruto de esa cizaña que tenemos en nuestro interior.
Los hombres siempre se han preguntado, a la vista de los males e injusticias del mundo, cómo es posible que al hombre bueno le vaya mal la vida y al malvado le vaya bien. Ya el poeta Teognis de Mégara (s. VI a.C.) se encaraba con el misterio e increpaba a los dioses, perplejo: “Asombrado me tienes, amado Zeus. Pues tú a todos gobiernas con gloria y enorme poder personal. Bien conoces la mente y el ánimo de uno y otro hombre, tuyo es el dominio supremo de todas las cosas, ¡oh, rey! ¿Cómo, entonces, oh, Cronida, decide tu mente conceder el mismo destino a los hombres malvados y al justo?”[i]

Sí, es cierto: el mal existe en el mundo y los efectos de la cizaña son visibles, en la sociedad, en la Iglesia y en tu vida y en la mía. Y ese mal, misteriosamente sembrado, no lo vamos a poder erradicar por completo de este mundo ni tampoco de nuestra vida. Nos lo dice la parábola: solo al final de los tiempos se hará justicia y se separará el trigo de la cizaña. Mientras tanto, han de crecer juntos. Por eso san Josemaría no sentía rubor alguno en afirmar que se sentía capaz de cualquier error y de cualquier horror. En los comentarios al punto 45 de Camino se nos dice:” Más lejos llegarías”… San Josemaría dijo muchas veces de sí mismo que se sentía «capaz de cometer todos los horrores y todos los errores», si el Señor le dejara de su mano. En Roma, el año antes de su muerte decía: “Yo no sé si seré fiel; por eso tengo que procurar ser humilde y pedir al Señor con humildad la perseverancia final. Me siento capaz de cometer todos los horrores y todos los errores que hayan cometido las personas más malas del mundo.
Por lo tanto, he de estar como un niño que se agarra a los brazos de su padre. Procuro vivir muy cerca de Dios, tener vida interior, luchar cada día un poco… Y entonces, sin seguridad de que perseveraré hasta el final, estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano”»
La tarea de nuestra vida cotidiana, pues, es mantener esa lucha continua, sin desánimo, sin bajar nunca los brazos, fiados siempre en la misericordia de Dios, que suple, con su gracia, las debilidades de la cizaña, que se manifiesta en las continuas flaquezas de nuestra natural fragilidad. Y así, todos los días de nuestra vida, hasta el encuentro final con Él, que nos espera amoroso y paciente como buen padre que es.
No nos asustemos tampoco ni nos sorprendamos a la vista de los posibles errores y pecados que cometen personas vinculadas a la Iglesia, y que con tanto énfasis se empeñan en difundir algunos medios de comunicación, con la intención de que la gente se confunda y tome el todo por la parte. Ya lo dice el Catecismo: Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.[ii]

Esta parábola también nos llama a la responsabilidad y a la correspondencia a la gracia. El mal no procede de Dios, sino del maligno. Y al maligno somos nosotros los que le dejamos campar a sus anchas en el mundo y en nuestra vida. “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”. [iii]
No debemos, pues, bajar la guardia: el demonio no se toma vacaciones nunca. No debemos dormirnos, no debemos pensar nunca que ya somos lo suficientemente santos, que ya estamos lo suficientemente formados, que ya somos lo suficientemente maduros como para no caer en determinadas faltas.
También nos ilustra esta parábola sobre una verdad, a veces desconcertante: la inmensa paciencia de Dios con los hombres. Es cierto, Dios permite que coexistan en el mundo el trigo y la cizaña y nos dice que así va a seguir siendo hasta el fin de los tiempos. A veces, sin embargo, los hombres nos impacientamos y querríamos que Dios, con una intervención poderosa y fulgurante, erradicara determinados males del mundo. Cristo reprende a Santiago y a Juan cuando se lo piden: Cuando los discípulos Santiago y Juan vieron esto, le preguntaron: -Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que los destruya?[iv] Y es que el mundo se salva por la paciencia de Dios y, a veces, se pierde debido a la impaciencia de los hombres.
Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar (comentaba el Papa Francisco). Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”. [v]
Dios está siempre esperando, no se cansa de esperar ni de perdonar, no lo olvidemos. Y cada persona tiene su momento, que solo Él conoce.

Los hombres, sin embargo, tratamos de realizar las cosas solos. Nos olvidamos de que Dios Hijo vino al mundo para arreglar al hombre, para abrirle la senda de la salvación, para ayudarle a hacerse fuerte frente a sus debilidades. Y así vemos cómo aparecen y han aparecido a lo largo de la historia sistemas e ideologías que pretenden dar con la solución y liberar al mundo de la injusticia y la desigualdad (entre ricos y pobres, entre patronos y obreros, entre hombres y mujeres…). Pero todas ellas están destinadas al fracaso, ya que no centran la lucha en la raíz del problema. La raíz está en el corazón del hombre, donde mora la cizaña junto al trigo. Mientras no arreglemos el corazón de cada hombre (también el tuyo y el mío), la cosa no va a cambiar. Y ninguna ideología ni sistema político, económico o social surgido a partir de una revolución puede cambiar el corazón del hombre. La historia nos lo ha demostrado con creces. Para ilustrarlo, me gustaría aquí citar un libro cuya lectura me sorprendió mucho. Me refiero a Los monstruos de la razón, de Rino Cammilleri. El libro es un ameno recorrido por los delirios visionarios de un buen número de pensadores e ideólogos utopistas y revolucionarios que se creyeron los mesías portadores de la salvación de la humanidad. Y lo sorprendente es que no son pocos: desde la antigüedad hasta el siglo XX, desfilan por sus páginas un sinfín de personajes, muchos de ellos casi desconocidos, que fracasaron en su intento de erradicar la injusticia e instaurar el paraíso en la tierra.
Pensemos también en nuestros tiempos más recientes. No quisiera aquí hablar de política. Pero vemos cómo, de manera cíclica, surgen por doquier figuras públicas que encarnan un movimiento de regeneración y que prometen poner fin a la corrupción reinante instaurando una nueva forma de hacer política. Al cabo de unos años, muchos de estos que se creían trigo sin nada de cizaña acaban repitiendo los mismos defectos y delitos que venían a erradicar y no es infrecuente que muchos de ellos den con sus huesos en la cárcel. Por favor, que nadie se erija en ejemplo ni en modelo de nada, que nadie caiga en la soberbia de creerse trigo frente al resto del mundo, que encarna la cizaña.
Pero bueno, ¿es que el mundo entonces no tiene solución? En absoluto queremos decir eso. Si algo debe caracterizar al cristiano es su visión esperanzada del mundo y del hombre. “La historia está salvada” decía Benedicto XVI. La venida de Cristo nos ha mostrado el camino a ti y a mí y al final de los tiempos veremos brillar la justicia, como ilustra esta parábola. “El mal no triunfará”, como afirmó en su primera alocución el papa León XIV.

Nosotros debemos estar llenos de optimismo, pues. No podemos ser como los antiguos griegos, un pueblo sin esperanza. Ya san Pablo se lo decía, por ejemplo, a los efesios[vi] que, hasta su encuentro con Cristo, “estuvisteis en el mundo sin esperanza y sin Dios”; o también anima a los tesalonicenses a que “no se aflijan como los hombres sin esperanza”.[vii]
Y es que, a partir de los testimonios de la literatura griega bien podría hacerse una antología de la desesperanza. Hay múltiples pasajes que nos lo ilustran. Por ejemplo, el viejo Hesíodo nos proporciona un ejemplo paradigmático de ese pesimismo y desesperanza tan radicales que caracteriza a una buena parte del pensamiento de los antiguos griegos. Cuando en Trabajos y días[viii] nos narra el mito de las edades, nos está tratando de explicar la situación del hombre de su tiempo (y del nuestro también) sobre la tierra. Observa cómo la cizaña campa a sus anchas y cómo el mundo está lleno de males sin cuento. Pero para los griegos la situación no siempre fue así: los hombres, por algún motivo que al poeta se le escapa, hemos perdido un maravilloso estado de pureza primigenia. No cabe duda de que la revelación de Dios a los hombres, lenta y paciente hasta la llegada de Cristo al mundo, fue también propiciada por una praeparatio evangelica entre los pueblos paganos, en este caso los griegos, que intuyeron muchas de las verdades reveladas. En este caso lo vemos en la idea de la pérdida del paraíso primigenio del que no habla Hesíodo. El mito de las edades, pues, nos refiere cómo los hombres han pasado por cinco edades hasta llegar a su actual situación, edades identificadas con los metales: los primeros hombres eran los de la edad de oro, época esta en la que no existía el mal ni el dolor en el mundo, en la que no había que trabajar para ganarse el sustento…A esta le sucedió una edad de plata; a ella, una edad de bronce, en la que el hombre se empezó a degenerar y en la que, sobre todo, se crearon las armas y apareció la violencia en el mundo. Tras ella apareció una edad mejor, aunque fugaz, la de los héroes. Pero la última de todas, en la que nos hallamos inmersos, es ya la edad de hierro: “Pues ahora existe una raza de hierro; ni de día ni de noche cesarán de estar agobiados los hombres por la fatiga ni la miseria; y los dioses les darán arduas preocupaciones, continuamente se mezclarán los bienes con los males”. Vemos, pues, la misma idea del trigo y la cizaña del evangelio en esa mezcla de bienes y males en el mundo. La diferencia es que Hesíodo no presenta esperanza alguna para el ser humano, y lo dice expresamente al final de su relato, después de describirnos un mundo tenebroso, lleno de injusticias y carente de respeto a las leyes humanas y divinas: “solo penosos dolores quedarán para los mortales: no habrá remedio para el mal”.
Los griegos, pues, eran un pueblo sin esperanza. El relato evangélico, sin embargo, nos presenta un cuadro muy distinto: el bien y el mal conviven en el mundo y convivirán hasta el final de los tiempos. Sin embargo, al final brillará la justicia y se pondrán las cosas en su lugar. Y, lo más importante, nosotros, los cristianos, gracias a los méritos que nos ganó Cristo haciéndonos hijos por adopción, podemos ya en este mundo participar de la vida divina de la gracia, liberarnos poco a poco de la cizaña recibiendo el perdón de Dios y, acogiéndonos a su misericordia, hacernos merecedores de la gloria eterna. Como decía Benedicto XVI: Se nos ha dado una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva a una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si esa meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino [ix]
[i] 373 ss.
[ii] 827
[iii]Es Cristo que pasa, 123
[iv] Lc. 9,54
[v] Ángelus del 20-VII-2014
[vi] Vd. 2,12
[vii] I, 4,13
[viii] vv.106-201
[ix] Spe salvi, 1
[i] I, vv.32 ss.


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