En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?”. Él les respondió: “¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Ellos insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?”. Él les contestó: “Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio”.
Los discípulos le replicaron: “Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse”. Pero él les dijo: “No todos entienden esto” (Mt. 19, 3-11)
“A cosas imposibles nadie está obligado”, por mucho que los fariseos de este evangelio o los de cualquier tiempo y lugar así lo puedan ver. Este es un principio del Derecho Romano cuya formulación exacta por el jurista Celso era otra, tal como viene recogida en el Digesto: impossibilium nulla obligatio est (“la obligación a cosas imposibles es nula”).
Los fariseos y los discípulos de este pasaje del evangelio, al hablar con Cristo, salen pensando que sus exigencias al hablarles del matrimonio son excesivas e irrealizables, de modo que no merece la pena intentarlo. Esos principios de unidad e indisolubilidad inherentes al vínculo matrimonial les parecen difíciles de cumplir, más aún cuando estaban acostumbrados a una moral más laxa y que daba mucha manga ancha al repudio a la mujer. Esto mismo les pasa a muchas personas de nuestro tiempo. Séneca, en un famosos pasaje de su carta 104 [i], aunque no se esté refiriendo en este caso al matrimonio, reprende a aquellos que se conforman con la mediocridad reinante y no se esfuerzan por intentar las cosas: “¡Cuántas veces me salen al encuentro esos que piensan que no puede hacerse lo que ellos no pueden hacer y dicen que aconsejamos cosas más grandes que las que puede soportar la naturaleza humana! (…) También ellos pueden hacerlas, pero no quieren. Pues, ¿a quién que las intente le han faltado las fuerzas? ¿A quién no le han resultado más fáciles al realizarlas? No es que no nos atrevamos porque son difíciles, sino que son difíciles porque no nos atrevemos”.

Sin duda, en estos tiempos que corren, el matrimonio como institución se está viendo desprestigiado socialmente y ha perdido, para algunos, su valor y su atractivo natural. Estos cambios se están produciendo con bastante celeridad. Todo en estos momentos se desarrolla muy deprisa y nos acostumbramos enseguida a ver como normales cosas que deberíamos detenernos más a valorar con un mínimo de espíritu crítico. En efecto, la sola idea de casarse con una persona para toda la vida y tener hijos no es ya una opción atractiva para cada vez más gente de nuestro tiempo, especialmente para muchos jóvenes. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Sería muy largo de desarrollar. En resumidas cuentas, la herencia de la revolución sexual de los años sesenta nos ha dejado una gravosa hipoteca a las generaciones siguientes. Bajo la idea de una libertad mal entendida, se quiso luchar contra todo lo que, en su opinión, hubiera en la tradición secular calificable de represivo. A ello sumemos el creciente individualismo, el aumento de la oferta hedonista, el relativismo omnipresente y el desarrollo creciente de un bienestar paralizante y autorreferencial que hace que el hombre viva centrado en sí mismo. Es lo que el papa Francisco resumía al inicio de su Evangelii gaudium [ii]: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. (…) Ese no es el deseo de Dios para con nosotros”. Es cierto, el plan de Dios para con los hombres es otro, mucho más atractivo.
Es innegable que la vida de entrega matrimonial es atacada a día de hoy desde muchos frentes. Para algunos, el comprometerse con una persona y tener hijos con ella es una privación de esa ansiada libertad que, piensan, se va a ver mermada por las exigencias que comporta dicha entrega. Actualmente, muchos de los grandes referentes del ámbito de la política, del deporte, de la moda, de la música, etc., personas que vemos de continuo en imágenes que nos muestran su aparente felicidad y bienestar, no son ejemplo de estabilidad y fidelidad familiar. Muy pocos de ellos están, de hecho, casados; o, si lo están, a menudo ese matrimonio es ya el segundo o tercero de su vida… Por supuesto que hay excepciones, ¡faltaría más! Pero los procesos de normalización a los que asistimos son peligrosos en tanto que ponen al mismo nivel todas las opciones de vida. Y ello contribuye a difuminar el plan de Dios para con los hombres. Ahora el concepto mismo de familia es controvertido y fluctuante; de hecho, no se habla de “familia” sino de múltiples y diferentes tipos de familia. Se experimenta con todo tipo de relaciones: uniones de hecho, intercambio de parejas, relaciones abiertas, copaternidad… Y en medio de este maremágnum, como siempre, la cadena se rompe por el eslabón más débil, que son los hijos. Son ellos los que sufren en sus carnes los problemas derivados de las relaciones insatisfactorias de sus padres.
Si uno se detiene a mirar los datos, puede caer en el desánimo. Las estadísticas de divorcios o de abortos, por ejemplo, deberían llamar la atención de cualquier persona con espíritu crítico. Si nos fijamos en el aborto, las cifras oficiales de 2023 hablan de 103.097 abortos voluntarios. Si cogemos una calculadora, esta cifra nos dice que, aproximadamente, en España aborta voluntariamente una mujer cada cinco minutos. Este es un dato indicativo de que hay algunas cosas que fallan y que nadie quiere afrontar ni preguntarse. Por favor, piénsenlo despacio. ¿Se imaginan que desde la DGT nos dieran el dato de que cada cinco minutos se atropella a una pobre ancianita en España? Todos nos llevaríamos las manos a la cabeza, por supuesto, y nos preguntaríamos si es que somos tontos y no sabemos conducir. Y muchos, sin duda, exigirían responsabilidades y dimisiones de las personas con responsabilidad al respecto.
Pues el dato del aborto (o las cifras de divorcios) lo que nos están diciendo es que hay una gran cantidad de personas en nuestra sociedad que no saben dirigir con acierto los pasos de su vida. Pero, sobre todo, nos delatan que hay un gran desconocimiento práctico de lo que son la libertad y el amor. Es inevitable que se den casos de abortos o de separaciones matrimoniales (hay situaciones de violencia, infidelidad, etc. que hacen imposible la convivencia), al igual que hay delitos, incendios o desastres naturales. Pero cuando estos fenómenos adquieren cifras tan enormes, es obligado que nos paremos a analizar y a pensar en qué cosas están fallando en nuestra sociedad.
La libertad es un valor que se ha absolutizado y convertido en una palabra cuasi mágica, que engloba en sí misma todos los anhelos del hombre. Pero, al desvincular la libertad del bien y de la verdad, la reducimos a lo que no es. Y la hemos equiparado a la mera y simple posibilidad de elegir. En efecto, el hombre libre y autónomo de nuestro tiempo es aquel que tiene esa capacidad de elegirlo todo. Y ello es una visión reduccionista y deformada de la libertad. De esa manera, al no existir ninguna verdad que nos limite y determine, el hombre puede elegir a su antojo entre las distintas opciones que se le presentan en la vida, ya que todas ellas son igualmente válidas. Por eso, uno puede elegir su ideología política, su equipo de fútbol, su forma de vestir, de divertirse…; pero también, y esto es lo que resulta más peligroso, puede elegir su opción sexual; puede elegir su sexo, si el que la naturaleza le ha dado no le gusta; puede elegir si ser o no creyente; puede elegir si es creyente y practicante o solo creyente a secas; puede elegir si se casa o se va a vivir con; si decide que lo suyo es casarse, puede elegir entre hacerlo con un hombre o con una mujer; si no le satisface su matrimonio, puede elegir divorciarse; puede también elegir explícitamente casarse, pero sin tener hijos; puede elegir tener hijos, aunque ya haya pasado su etapa de fertilidad natural; puede elegir tener hijos sin contar con un varón que sea su padre, por inseminación artificial; si se queda embarazada, puede elegir si tiene ese hijo o lo aborta; puede, incluso, elegir cuándo quiere dejar de vivir, si ese vivir ya no le resulta satisfactorio… En el momento en que hemos borrado las claras líneas rojas que separan el bien del mal, prácticamente todo se reduce a pura opción, y lo malo es que, para mucha gente, la libertad consiste en eso, en tener la posibilidad de elegir lo que le dé la gana, por desencaminado que ello pueda ser. Y, además, los que sostienen posturas de vida disparatadas luchan y presionan a los gobiernos para que las leyes civiles amparen y legitimen dichas “opciones de vida” y, por desgracia, casi siempre con éxito. Y ello es así porque, si un legislador actúa en contra de estas propuestas es tachado de enemigo de la libertad.
En esta sociedad, lo que importa es que todos seamos “modernos y liberados”, pues así seremos también “tolerantes y progresistas”, que queda la mar de bien. Y, si alguno se atreve a poner en duda esta ideología tan “megasuperguay”, no se escucharán sus argumentos, será cancelado y pasará automáticamente a ser considerado un carca, un retrógrado, un fascista y un integrista.
Volviendo al matrimonio y su devaluación, recuerdo haber leído no hace demasiado un estudio estadístico sobre la evolución de este en el Reino Unido. En este estudio, muy comentado en la prensa, se analizaba con cifras la evolución del matrimonio desde finales del siglo XX hasta nuestros días, y, a la vista de su evidente retroceso, se marcaba incluso una fecha aproximada, el año 2064. ¿Y qué sucederá ese año? Muy sencillo: para entonces, el matrimonio será ya algo sumamente residual en las islas británicas. Algo parecido se puede ver en los países nórdicos. Hay, al respecto, un documental estremecedor, que se puede ver en plataformas, titulado “La teoría sueca del amor” de Erik Gandini, que nos explica los estragos que ha causado y sigue causando esa mentalidad individualista en la sociedad, cerrada al amor y la familia. Nos habla de una sociedad de gente aislada y sola, nos habla de la tremenda soledad en que viven y mueren tantas personas de nuestro tiempo. De hecho, al debilitarse los lazos familiares, las personas se quedan aisladas. Y ello, en Inglaterra, se ha convertido ya en un asunto de estado, hasta el punto de que, a la vista de las cifras (más de un 15% de las personas padecen soledad), se creó un Ministerio de la soledad, dentro de los departamentos de servicios sociales. Y es que las consecuencias para la salud pública de estos fenómenos son muy cuantiosas. En España no estamos mejor: una de cada nueve personas vive sola. Y las cifras, dicen los estudios, van a ir en aumento, dado que es creciente el número de personas que fracasa en sus relaciones personales. Por otra parte, es muy elevado también en nuestras sociedades el número de hijos que han crecido en hogares rotos o desestructurados y que es previsible que no opten como primera opción vital por el matrimonio.
Pero recordemos que una persona que vive en una familia cohesionada y con lazos fuertes nunca va a sentirse sola. Y la familia se fundamenta en el compromiso firme y estable de un hombre y una mujer empeñados en sacar ese proyecto de vida adelante, hasta el final de sus días, ya que son conscientes de que ese vínculo solo se rompe con la muerte. Ese es el sencillo plan de Dios para con los hombres, un plan que a veces se puede desdibujar de nuestra perspectiva a causa de nuestras debilidades y también por influencia del clima reinante en la sociedad, que no siempre rema en la misma dirección. Pero Dios no nos pide cosas imposibles, tengámoslo presente.

El año 2000 se publicó en Estados Unidos un libro que tuvo mucho eco, The Case for Marriage, aunque no se ha traducido al castellano. Sus autoras son las sociólogas Linda Waite y Maggie Gallagher. En él se analiza, desde una perspectiva aséptica y estadística, lo beneficioso que es para una sociedad el hecho de que en ella el matrimonio y la familia funcionen bien. Las cifras del fracaso matrimonial y los amargos frutos de la revolución sexual se pueden cuantificar en muchos millones de dólares de gasto para las arcas públicas. Su conclusión es que el matrimonio es lo más parecido a un seguro de vida de largo alcance. En conjunto, los casados gozan de mejor salud, tienen un estado emocional y psíquico más satisfactorio y están más estimulados a aumentar sus ingresos que los que viven solos o cohabitan. Una de las conclusiones de este libro es que las personas casadas son más felices, viven más, gozan de mejor salud, tienen más ahorros y, sobre todo, sus hijos no generan tantos problemas (nos referimos al fracaso escolar, a conductas de riesgo, delincuencia, etc.). En efecto, el Ministerio de Educación, Asuntos Sociales y Sanidad más barato y eficaz que existe es una familia cohesionada. Los que trabajamos en la docencia vemos en nuestro día a día cómo los chicos más problemáticos en el aula suelen traer a la escuela los problemas propios de su desestructuración familiar; y viceversa.
A la vista de los problemas matrimoniales de tanta gente, a la vista de la crisis de esta institución en muchos ambientes actuales, la solución es tratar de sanar nuestras heridas atendiendo a la naturaleza y a la palabra de Dios. El problema no es la institución matrimonial: el problema es que algunas personas hacemos mal las cosas. Echar las culpas al matrimonio sería tan absurdo como pretender abolir las matemáticas porque hay muchos chicos que las suspenden.
Como venimos diciendo, el matrimonio forma parte del plan de Dios para con los hombres. El matrimonio es algo natural en el hombre, algo que no es privativo de los cristianos, pero que Cristo, dada la importancia de la familia para la salud de la sociedad, convirtió en sacramento. Y, al convertirse en sacramento, es Dios mismo quien toma cartas en el asunto, aportándonos su gracia para que podamos sacar adelante esa empresa y no tengamos que decir, como los discípulos de este pasaje del evangelio, que es algo que no compensa por su dificultad. El relato del Génesis nos encubre, como decía Benedicto XVI, una verdad salvífica. Nos dice la Revelación que el hombre es una criatura, forjada por Dios a imagen y semejanza suya [iii]; más adelante, aparece la mujer, de su misma naturaleza y dignidad, “carne de mi carne y hueso de mis huesos”; (…) por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne” [iv] .

Por tanto, el matrimonio está en la naturaleza misma del ser humano. No es algo ajeno ni impuesto, ni tampoco superior a nuestras fuerzas. El hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro, siendo complementarios física y espiritualmente, de manera que su unión estable e indisoluble pueda ser creadora de vida y germen y sustento de la sociedad humana. Y, además, esta unión esponsal entre el hombre y la mujer recorre la Escritura como imagen del amor de Dios con el hombre y su Iglesia. El amor de Dios es siempre fiel e inquebrantable hacia el hombre, por muchas traiciones que éste le haga. Dios es fiel y guarda siempre su promesa. Dios nunca abandonará a su suerte a la Iglesia, su esposa, ni tampoco a nosotros, los hombres.
Pero ese plan de Dios se ha visto y se ve siempre amenazado por la debilidad humana. Nos dice el Catecismo [v] que “en todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el ansia de dominio, la infidelidad, los celos, y conflictos que pueden conducir al odio y a la ruptura”. La pedagogía divina, que llega a su culminación con la persona de Cristo, fue educando al pueblo elegido poco a poco, debido a la dureza de sus corazones rudos y tan primitivos: y de ahí que veamos que hay casos de poligamia, de concubinato, o de repudio de mujeres. Pero todas esas conductas, que atentaban contra la dignidad de la mujer y contra la unidad e indisolubilidad del vínculo matrimonial, quedan disueltas y abolidas por las palabras de Cristo.

El amor, como veremos en otro capítulo, es algo muy serio: es una entrega total y absoluta, mediante la cual el hombre y la mujer dejan de poseerse para poder ser una sola carne. Algo tan exigente exige de suyo que no se pueda romper ni ponerle fecha de caducidad. Uno se entrega una sola vez y para siempre: el amor no se puede conformar con menos. La vida no es un juego y exige tomarse las cosas en serio. Decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco [vi] que la vida feliz es la que es conforme a la virtud, vida de esfuerzo serio, y no de juego. Por eso, la vida del hombre requiere ese continuo ejercicio de la virtud que decía Aristóteles. Requiere de un esfuerzo firme, continuado y tenaz. Sin ese esfuerzo y sin la ayuda de la gracia de Dios, es difícil sacar adelante una vida matrimonial o una vida laboral o una carrera universitaria… La vida, también la vida matrimonial, está a menudo erizada de dificultades de diversa índole, ya sean laborales, económicas, de salud, etc. Nadie ha dicho que sea cosa sencilla. Pero las dificultades en esta vida hay que verlas como oportunidades que nos pone la providencia en el camino, para que podamos crecer como personas. Sin embargo, lo que se transmite desde algunos altavoces sociales es justo lo contrario: si tienes dificultades en tu matrimonio, divórciate; si no quieres tener ese hijo, aborta; si te gusta más esa otra mujer, cámbiala por la tuya; si no te satisface ya esta vida, pide la eutanasia…
Pero no seamos negativos. El hombre es capaz de distinguir el bien y la belleza, porque tienen un especial atractivo. Siempre me ha llamado la atención cómo en griego la experiencia ética y estética van de la mano, de modo que los mismos adjetivos que designan el concepto de “bueno” y “malo” significan también “bello” y “feo” (καλός, κακός, αἰσχρός). Y es que las cosas buenas son bellas, son hermosas, atractivas, da gusto contemplarlas; y viceversa, las cosas malas son desagradables, feas. Por ello también, en la pedagogía milenaria, al contarles cuentos a los niños, los malos suelen ser feos y los buenos suelen ser más guapos. Y todavía en muchas películas americanas malas, se reconoce al malo desde la primera escena por lo desagradable y feo que es.
En efecto, el bien es hermoso. Por eso, cuando sales a la calle y ves a unos padres paseando con sus niños pequeños, siempre rezuman felicidad. Y cuando ves a una mamá joven paseando a su niño chiquitín y te acercas a mirarlo y le dices lo monísimo que, esa madre se llena de alegría, te da las gracias y su sonrisa es tan grande que no le cabe casi en la cara. Y, cuando llegas a casa después del trabajo y tus niños te reciben en la puerta, se te abrazan a las piernas y no dejan ni quitarte el abrigo, en ese momento no te cambias por nadie. Y eso también lo explicaron los griegos: la felicidad es la posesión del bien. Cuando ves la típica foto de familia, en la que posan los abuelos con sus hijos y nietos, todos sonrientes, te llenas de una sana envidia al reconocer la belleza del bien. Y esos abuelos de la foto seguro que dan por bien empleados todos los esfuerzos y desvelos que han vivido a lo largo de toda una vida siendo fieles al bien a pesar de las dificultades y altibajos. Pues eso, tan sencillo, es lo que Dios quiere para el hombre. Y, además, piensa que el matrimonio y la vida de familia es también un camino de santidad, como explicó tantas veces san Josemaría.
En la antigüedad clásica era costumbre que coros de jóvenes entonaran epitalamios (cantos de boda) en el cortejo nupcial. Por desgracia, se han perdido estas composiciones. Prácticamente conservamos solo una más o menos entera. Es el poema 61 de Catulo, en el que se canta a la boda de Manlio Torcuato y Junia Aurunculeya. Es un extenso y hermoso poema que canta al amor y la fidelidad matrimonial. En sus versos hallamos uno de los más bellos cantos a la belleza de la vocación matrimonial que nunca se hayan escrito. Y, recordemos, Catulo es anterior al Cristianismo. Y es, de hecho, uno de los más ilustres sinvergüenzas de la literatura antigua. Sin embargo, es capaz de captar en toda su belleza la grandeza de un compromiso matrimonial fiel, fecundo y para siempre. Esto es lo que Dios quiere para las personas casadas. Y no es algo irrealizable: ad impossibilia nemo tenetur. No podemos dejar de citar algunos de sus versos:
“Abrid de par en par las puertas; doncella, ya estás aquí. ¿No ves cómo las antorchas agitan sus cabelleras resplandecientes?
Aunque un noble pudor retarde sus pasos, ella, escuchándolo más dócilmente, llora porque debe partir.
Deja de llorar. No hay peligro, Aurunculeya, de que ninguna mujer más hermosa que tú vea salir del océano la luz del día (…)
Nunca tu marido, abandonándose inconstante a culpables adulterios y persiguiendo vergonzosos vicios, querrá descansar lejos de tu tierno pecho”[vii]
Bellísimo es el final del poema, que es un canto a la maternidad:
“Entregaos de corazón al placer y en breve dadnos hijos. No conviene a un linaje de tan antiguo nombre estar sin hijos (…)
Quiero que un pequeño Torcuato, tendiendo desde el seno de su madre las tiernas manos, sonría dulcemente a su padre con los labios entreabiertos.
Sea parecido a su padre Manlio y todos, sin que se lo adviertan, lo reconozcan fácilmente; que sus rasgos atestigüen la pureza de su madre.
Que se gloríe de la virtud de su madre, reflejo de su estirpe, como Telémaco, que todavía debe su singular fama a la insigne virtud de su madre Penélope”[viii]

[i] Vd.25-26
[ii] 2
[iii] Vd. Gen, 1, 27
[iv] Gen, 2, 23-24
[v] 1606
[vi] 1177a
[vii] 76 ss.
[viii] 211 ss.


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