LA PARÁBOLA DE OS VIÑADORES HOMICIDAS

EL SEÑOR (N0) SE HA IDO

Con algunos matices, los tres evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas [recordemos que la palabra “sinóptico“ proviene de las raíces griegas σύν   (‘junto’) y ὄψις (‘visión’). La palabra “sinóptico” indica, pues, que los contenidos de estos tres evangelios pueden disponerse para ser vistos juntos, bien en columnas verticales paralelas, bien en sentido horizontal, lo que facilita su mirada de conjunto o simultánea.] presentan la parábola de los viñadores homicidas para ilustrar la misma idea general. Un propietario que había plantado una viña la dejó en arriendo a unos cultivadores. Antes de ausentarse, hizo con los viñadores un contrato que estipulaba como pago de la renta una parte proporcional del producto. Llegado el tiempo de la cosecha, el propietario envió a sus servidores para exigir la renta. En respuesta, los labradores maltrataron a los siervos, insultándolos, golpeándolos, o incluso matándolos. En vista de la gravedad de la situación, el propietario envió a su propio hijo para solucionar la cuestión, suponiendo que inspiraría en los viñadores el respeto que no habían tenido con anterioridad. Pero los arrendatarios percibieron en ello la oportunidad de apoderarse de la propiedad y, de resultas de esa conspiración maliciosa, asesinaron al hijo del propietario y abandonaron su cuerpo insepulto fuera de la viña

Vamos a consignar aquí una de las tres versiones evangélicas, la de Marcos 12, 1-11:  Y se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a este le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a este le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a este, el último, diciendo: «A mi hijo le respetarán». Pero aquellos labradores dijeron entre sí: «Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.» Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?» Trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente, porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.

Al hilo de esta parábola son muchas las reflexiones que podemos hacernos, sin duda. La profundidad de los evangelios es inagotable. Pero a nosotros se nos ocurre una, no sabemos si muy original o valiosa. Nos dice la traducción latina que el dueño de la viña peregre profectus est, traducción de la versión griega ἀπεδήμεσεν, es decir “se marchó de su tierra”. El señor de la viña, pues, se ha marchado lejos, no está, Los trabajadores se sienten libres, carentes de vigilancia, pueden hacer lo que quieran con total impunidad, ya que nadie les ve (al menos eso es lo que ellos se creen).

“El Señor se ha ido” pensamos también a veces los hombres. Y podemos pensarlo en un doble sentido, peligroso el uno y más aún el otro:

Podemos pensar que el Señor no nos asiste con su providencia, no actúa ante los males del mundo, nos ha dejado abandonados a los hombres a nuestras pasiones en medio de una inhóspita jungla llamada mundo. Recuerdo cómo una vez, hablando en el despacho con un compañero, profesor de Filosofía que había perdido la fe de su infancia, pero que andaba buscando con ansia el sentido de su vida, me decía, no sin cierta amargura: “¿No ves cómo Dios no hace nada?, ¡absolutamente nada!” Y pasaba a ponerme ejemplos (la verdad es que no es difícil abrir los ojos y culpar a Dios de los innumerables males que hay en el mundo), preguntándome dónde estaba Dios mientras los nazis gaseaban judíos en Auschwitz, etc. Estas son preguntas que nos desafían e interpelan a diario, sin duda, y a las que nos enfrentaremos en otro momento. Es este un asunto que siempre ha angustiado a los hombres: cómo conciliar la existencia de un Dios bueno a la vista de los innumerables males e injusticias que hay en el mundo..

Que este debate es antiguo lo atestigua el testimonio de Cicerón, quien, al inicio de su tratado Acerca de la naturaleza de los dioses (I, 1,2) nos dice que la actuación de los dioses en los asuntos humanos es una cuestión sobre la que se ha discutido mucho y se sigue discutiendo por parte de los filósofos: Pero el punto esencial que da origen a la cuestión es si (los dioses) nada hacen, de nada se ocupan, si están libres de todo cuidado y administración de las cosas; o si, por el contrario, por ellos y desde el principio todas las cosas han sido hechas y establecidas y por tiempo infinito son gobernadas y puestas en movimiento.

La segunda posible interpretación trata de profundizar en un mal más sutil, más sibilino. Nos habla de cómo los hombres somos capaces de autoengañarnos y convencernos de que no pasa nada por obrar el mal, ya que “El Señor se ha ido”.

Siguiendo esta segunda interpretación, vemos cómo esos viñadores aprovechan la impunidad de que creen gozar a la vista de que “el Señor se ha ido”. Es cierto, muchas personas, también nosotros en alguna ocasión, hemos podido creer que Dios no nos ve, que nuestras faltas pasan ocultas a sus ojos. Pero no es así: nada queda oculto a su mirada. Esto nos lo recuerda el Salmo 139: Señor, tú me examinas y conoces, sabes si me siento o me levanto, tú conoces de lejos lo que pienso. Ya esté caminando o en la cama me escudriñas, eres testigo de todos mis pasos. Aún no está en mi lengua la palabra cuando ya tú, Señor, la conoces entera. Me rodeas por detrás y por delante y colocas tu mano sobre mí. (…)

¿A dónde iré lejos de tu espíritu, a dónde huiré lejos de tu rostro? Si escalo los cielos, tú allí estás, si me acuesto entre los muertos, allí también estás. Si le pido las alas a la aurora para irme a la otra orilla del mar, también allá tu mano me conduce y me tiene cogido tu diestra.

Si digo entonces: ‘¡Que me oculten, al menos, las tinieblas y la luz se haga noche sobre mí!’, tampoco para ti son oscuras las tinieblas y la noche es luminosa como el día. Pues eres tú quien formó mis entrañas, quien me tejió en el seno de mi madre.

Nada se oculta a la mirada de Dios, como bien nos recuerda también la escena del diálogo entre Dios y Caín después de que este diera muerte a su hermano Abel: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” Y él respondió. “No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gen.. 4, 9). Como si a Dios pudiera ocultársele algo. Pedro lo reconoció cuando dijo: “Señor tú lo sabes todo” (Jn. 21, 17).

En efecto, Dios está siempre ahí, de modo que debemos vivir sabedores de que obramos siempre en presencia suya. Me acuerdo de una vez, hace ya bastantes años, en que un alumno me consultaba cómo debía comportarse con su novia para hacer las cosas bien y no meter la pata. Yo le dije que imaginara que, cuando estuviera a solas con ella, estaba también su madre al lado. “¿Cómo te comportaríais con tu novia si estuviera delante su madre?” le decía. Y le recordaba cómo, en épocas pasadas, los novios salían siempre con una “carabina”, que solía ser precisamente la madre. Y es que la soledad, la oscuridad y otros factores similares ayudan a hacernos creer que gozamos de anonimato, de impunidad, ya que nadie nos ve: “El Señor se ha ido” y puedo hacer lo que me dé la gana.

Ello también sucede, según me dijo un amigo, con algunas playas masificadas, en las que nadie conoce a nadie. Una vez se encontró casualmente a una vecina suya que se había quitado el bikini y la escena fue muy violenta (para ella), que enseguida corrió a taparse. En la piscina de su urbanización jamás lo hubiera hecho, pero sí allí, donde nadie la conocía. También a un compañero de trabajo, profesor de Educación Física, le pasó algo similar. Le gusta practicar padel surf desnudo y un día se fue, muy de mañana, a hacerlo. Pero mira tú por dónde, con lo inmenso que es el mundo, se topó con que en un kayak iban por ahí también dos alumnas suyas (¡tierra trágame!).

Esto pasa a diario también en Internet: vemos cómo miles de personas, amparados en un nick, se atreven a decir cosas que jamás dirían en público, se atreven a insultar, a mentir, a injuriar, a criticar…, en la creencia de que nadie los conoce, nadie los ve, nadie los va a desenmascarar. En la red se goza de una impunidad casi absoluta, como podemos ver en tantos chats y foros.

Por no hablar de tantos políticos y cargos públicos que se corrompen creyendo que su impunidad está garantizada, que nadie les ve. Pero al final, casi siempre todo sale a la luz.

Nunca pensemos que “el Señor se ha ido”, no caigamos en ese autoengaño. Pensemos que, en efecto, “podemos” hacer lo que nos dé la gana, ya que somos libres; pero “¿debemos hacer lo que nos dé la gana en cada momento?”. Si lo hacemos, debemos correr con las consecuencias de nuestros actos, ya que libertad y responsabilidad van de la mano, y de todo lo que hacemos habremos de dar cuenta, para bien o para mal.

Pero, también y, sobre todo, examinémonos: ¿no es verdad que, cuando hacemos algo a escondidas es porque sabemos que no deberíamos estar haciéndolo? Seamos sinceros con nosotros mismos.

Esto lo ilustraba Platón de modo magistral en un breve relato del Libro II de la República (359b- 360a). Es el famoso mito del anillo de Giges (inspiración remota, sin duda, de Tolkien). Narra la historia de Giges, un pastor lidio que tras una tormenta y un terremoto encontró, en el fondo de un abismo, un caballo de bronce con un cuerpo sin vida en su interior. Este cuerpo tenía un anillo de oro y el pastor decidió quedarse con él. Lo que no sabía Giges es que era un anillo mágico, que cuando le daba la vuelta, le volvía invisible. En cuanto hubo comprobado estas propiedades del anillo, Giges lo usó para seducir a la reina y, con ayuda de ella, matar al rey, para apoderarse de su reino.

Glaucón (hermano de Platón) hace referencia a esta leyenda para ejemplificar su teoría, muy de moda en los ambientes sofísticos de su tiempo, de que todas las personas por naturaleza son injustas. Sólo son justas por miedo al castigo de la ley o por obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. Si fuéramos «invisibles» a la ley como Giges con el anillo, seríamos injustos por nuestra naturaleza. Para algunos sofistas, no es malo usar el mal si de él obtenemos un bien, y siempre es malo ser objeto de injusticias. Pero Platón, siguiendo la enseñanza socrática, nos demostrará que ser justo compensa siempre, aunque nadie sea testigo de nuestras buenas obras. Y recordemos también otra de sus ideas madre: la de que es siempre preferible sufrir una injusticia a realizarla deliberadamente. Al obrar mal deliberadamente, afeamos nuestra alma, y esta es una de las enseñanzas clave de Sócrates. Y luego, esa alma nuestra será juzgada cuando se produzca la separación alma-cuerpo, como narra Platón con todo detalle en tres célebres pasajes de su obra (Gorgias 523a-524a, Fedón 113d-114c y República X 617d-621b). De este apasionante tema volveremos a hablar en otro momento.

En efecto, si tuviéramos nosotros ese anillo de Giges, ¿obraríamos bien, pese a ser plenamente conscientes de nuestra impunidad? Esto se preguntaba también Cicerón (Off. III, 38) al comentar este pasaje y su respuesta es inequívoca: “Si el sabio tuviera este mismo anillo, no se creería con mayor derecho a obrar mal que si no lo tuviera. Los hombres rectos buscan las cosas honestas, no las ocultas”.

También Séneca, al inicio de una de sus Epístolas a Lucilio (83), nos dice: “Juzgas bien de mí al pensar que nada tengo que ocultar. Ciertamente, hemos de vivir como si nos hallásemos en público, meditar como si alguien pudiese escudriñar en lo profundo de nuestro corazón, pues, de hecho, puede hacerlo. Pues, ¿de qué sirve que algo permanezca oculto a los hombres? Nada se oculta a la divinidad: está presente en nuestras almas e interviene en lo íntimo de nuestros pensamientos”

Igualmente Valerio Máximo (VII, 7,2 ext.8) nos cita una brillante sentencia de Tales sobre esta misma idea:” Una vez se le preguntó si acaso las obras de los hombres podían escapar a la mirada de los dioses, y él respondió: “Ni siquiera sus pensamientos”. Procuremos, pues, tener puras no solo nuestras manos, sino principalmente nuestras almas, en la convicción de que la divinidad asiste a nuestros más secretos pensamientos”.

El Señor, pues, no se ha ido. Si los antiguos lo tenían tan claro, nosotros debemos también ser conscientes de que no somos invisibles ante Dios, ante un Dios que, además es nuestro padre amoroso, que solo quiere nuestra salvación y no nuestro castigo, como algunos pueden pensar. Recordemos lo que nos decía san Josemaría (C. 267): Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también estás siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando.

¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo… Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende…, a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los Cielos.

Nuestro Calderón, en uno de sus autos sacramentales, El gran teatro del mundo, una obra alegórica de gran hondura y profundidad, nos repite una y otra vez a modo de ritornello, una misma frase en boca de sus personajes (“A obrar bien, que Dios es Dios”). En esta obra se nos introduce un tópico literario muy antiguo a la vez que profundo: el mundo es un gran teatro en el que nosotros, los hombres, actuamos a la vista de un espectador que nos contempla, que no es otro que Dios.  Sí, de Dios; pero un Dios que nos mira con infinito amor, que se alegra de nuestras buenas obras, que contribuyen a extender su reinado en el mundo, y que también tiene una infinita paciencia para con sus hijos y que no se cansa de esperar que volvamos nuestros ojos a Él.

Por cierto, no deja de sorprender cómo, en nuestro Siglo de Oro, hacia el año 1635, que es de cuando data, probablemente, este auto, se pudieran representar obras de tanta calidad artística y profundidad filosófica ante el gran público. Uno lo compara con alguno de los espectáculos que mueven a las masas a día de hoy y tiene que detenerse a pensar…

Una respuesta a «EL SEÑOR (N0) SE HA IDO»

  1. Avatar de Manuel Jiménez Montesinos
    Manuel Jiménez Montesinos

    Fantástico! Cuánto bien harán estos escritos a cuántos lo lean.

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