Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo? Pues si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria, en la del Padre y en la de los ángeles santos. (Lc. IX, 24-26)
Palabras duras las de este evangelio, sin duda: “si uno se avergüenza de mí y de mis palabras…”. Y ¿cuál puede ser el motivo que nos haga sentir vergüenza de nuestra condición de cristianos en un mundo a veces hostil como es el nuestro? Sin duda, uno de ellos es los respetos humanos, la falsa vergüenza que, a veces nos hace cobardes a la hora de dar un testimonio cristiano ante el mundo.
Los respetos humanos son el miedo o la excesiva preocupación por el juicio, la opinión y el qué dirán de los demás, lo que lleva a una persona a ocultar sus convicciones o actuar en contra de su conciencia para evitar el rechazo de la gente. Sus causas pueden ser el miedo a sentirse rechazado, el temor a enfrentarse a un entorno algo hostil, el temor al ridículo, el miedo a poder ofender a los demás, el miedo a ser visto como un intransigente o un retrógrado; pero también puede esconder una falta de convicción profunda y de coherencia por nuestra parte. El cristiano no ha de estar “a la moda”, sino seguir aquellos principios que jamás se pasarán de moda, que son los del evangelio. Nos recordaba san Josemaría que todas las modas son pasajeras y solo permanece la eterna verdad de Dios: Para convencerse de que resulta ridículo tomar la moda como principio de conducta, basta mirar algunos retratos antiguos [i]. Por otra parte, un cristiano no debe vivir con temor. El sabernos hijos de un buen padre como es Dios nos libera de todo temor a la vida o a la muerte. Estamos en buenas manos.
Y tengamos en cuenta que el silencio, a veces, puede ser cómplice: si no manifestamos nuestra disconformidad cuando es preciso hacerlo, nuestra actitud puede ser interpretada como de asentimiento. En un caso extremo, incluso existe el gran peligro de hacer cosas que sean moralmente inaceptables solo por complacer a las otras personas y no quedar mal ante ellas. Aquí la casuística puede ser infinita y sumamente compleja. No existen recetas ni principios rígidos. La prudencia, el sentido común y la caridad son las que tienen que guiar nuestra conducta. A nadie nos gusta tener problemas y muchas veces hablar de la verdad es lo que más conflictos acarrea. Un mundo donde hay miedo a hablar de algo que no sea lo políticamente correcto y aceptado nos puede convertir en personas tibias, timoratas y cobardes. Y los cristianos creo que no debemos vivir con miedo a manifestar nuestra fe en el día a día.

Por ejemplo, si alguien blasfema en nuestra presencia, ¿qué podemos o debemos hacer? Si tenemos confianza con él, sería bueno que le cojamos a solas y, con cariño, le pidamos que no hable así en presencia nuestra. Seguro que, si lo hacemos bien, incluso nos lo agradecerá. Pero las circunstancias, como decíamos, pueden ser muy variadas. Otros ejemplos: ¿Qué hacemos si nos invitan a una boda civil entre dos personas del mismo sexo?; ¿Qué hacemos si, en la típica cena de empresa la gente empieza a comportarse de manera inapropiada?; ¿Qué hacemos si, en el trabajo, nuestros compañeros empiezan a atacar a la Iglesia o a contar chistes demasiado picantes? ¿Qué hacemos si estamos en viernes de cuaresma y tenemos una comida de empresa en la que todo el mundo come carne? Sobre todo para los adolescentes y jóvenes, ¿qué hacemos si nuestros amigos se lían un porro delante de nosotros o dicen que se van a ir de putas esa noche? (hablo de cosas que yo, al menos, he visto y vivido en su día). Como decimos, los ejemplos pueden ser muy numerosos y también sus circunstancias.
Aquí hemos de tener cuidado con la falsa prudencia, no sea que esté ocultando cobardía, comodidad o incoherencia. Al fin y al cabo, lo que cuenta es el juicio de Dios sobre nosotros. Todo lo que yo haga o diga debo hacerlo, en primera instancia, de cara a Dios. Lo importante es lo que Dios piense de nosotros, no lo que puedan decir o pensar los demás. Repito: prudentes, sí; cautelosos, no [ii]. Esto nos lo recordaba san Josemaría. La prudencia y la caridad son las que deben guiarnos.
No debemos avergonzarnos de nuestras creencias. “La vergüenza, para pecar”. Este era un consejo que le daba a san Josemaría su madre cuando era pequeño y se escondía debajo de la cama cuando venían señoras de visita a las que no le apetecía ver [iii]. Sí, recordemos que el demonio nos quita la vergüenza para pecar y nos la devuelve a la hora de confesar nuestros pecados, para tratar de apartarnos de este sacramento. Y estamos en un mundo en el que la gente desnortada no tiene respeto humano alguno a la hora de manifestar en público sus creencias. No hay más que ver cualquier programa de la llamada telebasura para comprobarlo.
Sigamos el consejo de san Juan Pablo II: «¡Sentíos orgullosos de ser cristianos! ¡Demostradlo siempre con la palabra, con el comportamiento, en el ambiente del trabajo, en la familia, en la profesión, sin respeto humano alguno» [iv]

Recordemos el ejemplo de tantos santos y mártires que no temieron dar la cara por Dios. San Juan Bautista fue decapitado por decirle la verdad sin tapujos a Herodes; santo Tomás Moro fue condenado a muerte por hacer lo propio ante un rey injusto. Los primeros siglos de la Iglesia están regados por la sangre de infinidad de mártires que no dieron la espalda a Dios y murieron por Él dando testimonio de su fe (recordemos que en griego la palabra mártyr significaba eso, “testigo”). Recordemos también cómo, de acuerdo a la tradición, todos los apóstoles salvo san Juan (también san Pablo), murieron martirizados.
Al final del Evangelio de Mateo vemos que Jesús pide a Sus Apóstoles: “Id y evangelizad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que Yo os he mandado. Y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” [v]. Más claro, el agua. Si los primeros cristianos hubieran tenido respetos humanos, si no se hubieran abandonado en Dios, tal vez la Iglesia no se habría extendido. Y hoy en día nuestra sociedad postcristiana es una tierra de misión, en donde se hace necesaria la presencia de apóstoles que difundan la verdad, tan ausente en los grandes foros de nuestra cultura: el cine, las series, la televisión, la prensa, la música o el debate político.
Los salmos nos lo recuerdan de continuo: “!Aclamad al señor, habitantes de toda la tierra, estallad de gozo, exultad, tocad” [vi]. San Pablo lo repite hasta la saciedad, cuando nos recuerda, por ejemplo, en la segunda carta a Timoteo: ”No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero (…) Pero yo no me avergüenzo, pues sé en quién he puesto mi confianza y estoy convencido de que tiene poder para para asegurar hasta el último día el encargo que me dio” . Y un poco más adelante, se lamenta de que todos sus fieles de Asia le hayan abandonado y ruega que la misericordia de Dios se apiade de ellos el día del juicio [vii]. es el mismo san Pablo quien afirma aquello de que “anunciar el evangelio no es para mí un motivo de gloria, sino una obligación que tengo y ¡ay de mí si no evangelizara!” [viii].
Hay un famoso pasaje de los Hechos de los Apóstoles que explica a perfectamente a qué nos referimos cuando aludimos a los respetos humanos como la desobediencia a los mandatos de Dios para adecuarnos obedientemente a los deseos de los hombres, impulsándonos a complacer más a los hombres que a Dios: “Una vez conducidos, les hicieron comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo: «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” [ix]
Y actualmente hay una corriente de pensamiento bastante extendida y sumamente polémica, que plantea que hay que respetar las creencias y tradiciones de los pueblos indígenas y no interferir en ellas mediante una evangelización superpuesta y forzada. Sí, claro. Y por ejemplo en México, ¿qué hubiera sucedido si los evangelizadores que llegaron a estas tierras hubieran decidido que debían respetar las creencias, dialogar con los aztecas y aprender de ellos a realizar sacrificios humanos?

Hay también una arraigada línea de pensamiento que pretende exigir a los cristianos que vivan su fe, sí, pero sin salirse del ámbito de su interioridad, y de la parroquia, sin que ello tenga un eco en la vida pública o en la educación. Y a eso lo llaman respeto, a reducir el cristianismo a una mera relación entre Dios y el hombre que no interfiera en la vida social ni se manifieste externamente. Ya lo atisbaba san Josemaría en los años treinta del pasado siglo, cuando recordaba: Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta? [x]
Uno de los mayores problemas del cristiano es la separación radical entre su fe y su vida. Puede pasar que en algunos casos la fe vaya por un lado y la vida por otro y apenas exista relación entre ambas. En una de sus primeras alocuciones, el Papa Francisco decía: “Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor”. [xi].
San Agustín en las Confesiones [xii] nos relata cómo el anciano sacerdote Simpliciano le contaba la historia de la conversión del famoso retórico romano Mario Victorino con el fin de animarlo a dar el mismo paso hacia el bautismo: «Temía Victorino disgustar a sus amigos fanáticos idólatras, que eran muy poderosos por hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades civiles y religiosas, y juzgaba que sus odios y enemistades, por proceder de personas tan principales y altas, habían de caer sobre él con tanto mayor ímpetu y fuerza cuanto era mayor la influencia y poder de aquellas eminencias (…) Pero después que con el estudio continuado y fervorosa oración adquirió más fortaleza y convencimiento de la fe, temía que se verificase en él el dicho del Salvador de que no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesar a Cristo delante de los hombres, y le pareció que se hacía reo de un delito muy grave al avergonzarse de recibir los sacramentos (…) Un día, pues, despreciando el respeto humano que le hacía perseverar en la vanidad y mentira, y avergonzándose de no seguir la verdad, repentinamente se resolvió, y, sin más pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: “Ea, vamos a la Iglesia, que quiero hacerme cristiano» .
El griego Plutarco es el único autor clásico que, sepamos, escribió acerca de los respetos humanos. Escribió un un breve tratado dentro de sus Moralia, acerca de la δυσωπία (dysopía) término para el que no hay traducción en latín más que recurriendo a la paráfrasis De vitioso pudore que usaron los humanistas en el Renacimiento. La palabra en sí está formada por el prefijo negativo dys- y la raíz ōp-, que alude a la mirada tímida y huidiza, y se traduce por “pudor excesivo” o “respeto humano”. Analiza en él de qué manera esa falsa vergüenza nos aparta de hacer el bien y nos hace acomodaticios con lo que no aprobamos e incluso, en ocasiones, puede llevarnos a actuar de manera injusta e inadecuada. Nos recuerda que, por ejemplo, esta falsa vergüenza “aparta a los jueces de la justicia y obliga a hacer y decir muchas cosas no deseadas” [xiii].
Y nos previene contra la debilidad que, a veces, nos impide decir que no, a pesar de que sabemos que estamos obrando mal. Y nos cita, entre otros, el caso de Creonte, en la tragedia Medea de Eurípides, que le concede a esta un día más en la ciudad antes de su destierro, siendo consciente del peligro que ello supone (en efecto, Medea aprovechará ese día para poner en práctica una horrible venganza que causará la muerte, entre otros, al propio Creonte)[xiv].
Nos recuerda que hemos de saber decir que no y no tener vergüenza de negarnos en público a beber más de la cuenta o a jugar a los dados, aunque se puedan reír de nosotros. Pues esas pequeñas victorias nos darán fuerza para cuando nos enfrentemos a situaciones más complicadas. Y nos usa para ello un ingenioso símil que pronunció Demóstenes en su día: “¿Qué harán al ver el sol los que no pueden mirar un candil?” [xv]. No hemos de tener vergüenza, pues, para actuar conforme a nuestra conciencia. Nos pone más ejemplos de ese no dejarse llevar por lo que hacen todos por miedo a quedar mal: cuando todos elogian cosas contrarias a tu opinión, cuando todos alaban a un mal artista o se ríen de un chiste sin gracia, no debemos sumarnos irreflexivamente a la corriente dominante [xvi]. El tratado está lleno de ejemplos, como cuando nos aconseja (¡a cuántos nos ha pasado esto!) que no sintamos falsa vergüenza y prestemos a veces dinero a personas que sabemos de sobra que no nos lo van a devolver nunca [xvii].
Y es que “le sucede a la falsa vergüenza que cae en el fuego por huir simplemente del humo de la mala reputación”[xviii]. Ya dice un refrán español que más vale ponerse una vez colorado que cien amarillo. Y nos recuerda que “no debemos estar atados por los invisibles grilletes de la vergüenza” [xix]. Además, la falsa vergüenza nos lleva al arrepentimiento, del que somos conscientes en el momento mismo en que cedemos a ella, ya que nos hace hablar y actuar contra nuestra conciencia[xx].
Y hay un riesgo, nos recuerda Plutarco, que hace más fácil caer en la falsa vergüenza y es el de mantener nuestros principios sin respetos humanos cuando alguien más poderoso que nosotros es quien nos tienta o incita a actuar mal (no sé por qué, pero en estos tiempos de tanta corrupción política esto viene muy a propósito). Y aquí nos refiere Plutarco una anécdota del rey Agesilao de Esparta, a quien su propio padre trataba de influirle para que dictara sentencia contra la ley en un proceso judicial: “De ti, padre, he aprendido a obedecer las leyes desde la infancia. Por eso ahora también te obedezco al no hacer algo ilegal”[xxi].
Resumiendo, creemos que hoy en día a los cristianos se nos exige no tener miedo ni vergüenza a la hora de defender los principios de la fe y de la razón natural, especialmente en cuatro aspectos esenciales para la sociedad: la defensa de la vida desde su concepción hasta su término; y lo mismo con la esencia del matrimonio y de la familia; por último, debemos luchar para que las leyes educativas respeten y protejan los valores esenciales que profesamos.
Tenemos que tomar partido y no ponernos de perfil. Hay que ser consecuente y preguntarnos en qué equipo jugamos. Recordemos que no se puede servir a dos señores. Políticamente correctos son los que creyéndose discípulos de Cristo lo son más del mundo porque abandonan la doctrina del primero para confraternizar con el segundo. Deberían saber que en esta espiritual operación el orden de los factores sí que altera el producto.

[i] Surco 48
[ii] Amigos de Dios 159
[iii] vd. carta I, 39
[iv] Pronunció estas palabras el 6 de julio de 1980 durante una multitudinaria Misa en Curitiba (Brasil), en el marco de su histórico primer viaje apostólico a ese país
[v] Mt 28, 19-20
[vi] vd. salmo 97
[vii] vd. 2 Tim. I, 6-18
[viii] 1 Cor. 9 , 16
[ix] V, 28-29
[x] Camino 353
[xi] Homilía pronunciada el 14 de marzo de 2013 ante los cardenales en la capilla Sixtina, el día siguiente de su elección como Papa.
[xii] VIII, 2, 4
[xiii] 529 F
[xiv] 530 C
[xv] Vd. 530 F
[xvi] Vd. 531 D
[xvii] Vd. 531 D-E
[xviii] 532 D
[xix] 533 A
[xx] 533 D
[xxi] 534 F


Deja una respuesta