Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. (Mt. XXXV, 31-40)
Seguimos con la misericordia, que dijimos en la entrada anterior que fue una idea revolucionaria en su tiempo, un concepto y una palabra que resultaba extraña a oídos de la gente de su época. La misericordia es el sello distintivo del cristiano, es esa fuerza interior, esa llamada que nos mueve a levantar la mirada, a salir de nuestra zona de confort, a ver el mundo con los ojos de Dios y a verle a Él en las personas que nos rodean, especialmente en las más necesitadas.
El difunto papa Francisco pasará probablemente a la historia por ser el papa de la misericordia, por haber puesto una gran parte del peso de su magisterio y su predicación en este punto. Y la misericordia de Dios a nadie excluye, Él ha dado su vida por todos y cada uno de los hombres, de modo que no caben elitismos dentro de la Iglesia, no podemos dejarnos influir por eso que llamaba el papa “la cultura del descarte», que ignora o margina a los sectores más vulnerables de la sociedad, como los ancianos, los pobres, los enfermos, los desempleados y los migrantes; que impone una visión utilitarista y mide el valor de un ser humano por lo que produce o tiene, y no por su dignidad propia. Como decía san Josemaría, “de cien almas nos interesan las cien” [i]. Sí, la misericordia es revolucionaria y es lo que Dios espera de nosotros. Es una concreción de ese amor que a todos abarca. La misericordia es el primer atributo de Dios. Es el nombre de Dios. No hay situaciones de las que no podamos salir, nos recuerda el papa Francisco al inicio del libro del mismo nombre: “Misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. No vino para los sanos, que no necesitan médico, sino para los enfermos. Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de nuestro Dios” [ii].
Y tengamos muy presente el evangelio de Mateo que encabeza esta entrada: no sabemos el día ni la hora, pero se nos va a examinar precisamente de cómo hemos encarnado en nuestra vida la misericordia. Y en ese momento no deberíamos hacer como algunos alumnos despistados, que dicen:” ¡Profe, ¿eso entraba en el examen? ¡Haberlo avisado!” Porque sí, sí que entra. Las obras de misericordia son un itinerario de actuación sumamente concreto que nos marca como modelo de vida nuestro Señor Jesucristo.
Y queríamos abundar en la idea inicial, lo novedoso que resultaba en su contexto el concepto mismo de misericordia. Y para ello vamos a centrarnos en un género literario muy conocido, la fábula.
La fábula es un género menor dentro de la literatura, pero que tiene y ha tenido un largo desarrollo histórico. Tiene su origen en el mundo oriental, en concreto en Mesopotamia. De ahí pasó a la India y al mundo griego. Es un género popular y anónimo, que recoge la sabiduría del pueblo, al igual que el refranero, los cuentos o los romances. La fábula suele ser un relato muy breve, en prosa inicialmente, del que se extrae una enseñanza o conclusión moral, muchas veces añadida posteriormente. En ella a menudo los personajes son animales que personifican los defectos y las virtudes de los hombres. Pero no siempre aparecen animales. A veces los personajes son plantas, dioses u hombres. No obstante, las más conocidas son las que presentan animales.
La tradición atribuye falsamente a Esopo la creación y el haber dado forma a este género, del que hay algún ejemplo en poetas como Hesíodo o Arquíloco, anteriores cronológicamente a él. Pero Esopo, más que un autor es un ente de ficción, un personaje semilegendario cuya existencia es bastante dudosa. Su vida, según Heródoto, hay que situarla en torno al siglo VI a. C [iii]. Luego, siglos después, se llegó a componer incluso una curiosa vida novelada sobre su persona, llena de elementos folklóricos y picarescos que nada tiene de histórico y veraz. A Esopo se atribuyen un gran número de fábulas que engloban un espectro cronológico muy amplio, que va desde el s. VII a.C. hasta la época helenística. En conjunto, el corpus de fábulas griegas es sumamente amplio (cerca de 500). Luego muchas de ellas fueron versionadas en latín por autores cultos como Fedro y de ahí han pasado a la posteridad, que las puso de moda de nuevo en el s. XVIII de la mano de autores como La Fontaine, Iriarte o Samaniego.
Y queremos fijarnos en la fábula como género porque creemos que refleja muy bien cuál era el sentir moral de la gente de la calle y de una sociedad a la que sonaba muy ajeno el mensaje de Cristo. En efecto, en las fábulas no hay espacio para la misericordia. Nos reflejan un mundo enormemente cruel y utilitarista, en el que impera la ley del más fuerte, en el que los malvados son incorregibles, en el que se legitima la venganza, en el que no hay compasión para con los débiles ni los malvados y en el que los astutos sobreviven y salen a flote gracias a su inteligencia y su doblez.
No todas las fábulas, justo es decirlo, nos presentan un mundo tan cruel, por suerte. En algunas, por supuesto, se ensalzan valores positivos como la verdadera amistad, la sinceridad o el agradecimiento, así como se critican vicios como la vanidad o el desenfreno. De ahí que hayan servido como instrumento didáctico en todo tiempo. Pero la inmoralidad de muchas de las fábulas, cuyo ideario choca frontalmente con la moral cristiana, fue criticada, por ejemplo, por Rousseau, que afirmaba que son una forma de corromper a la juventud en tanto que ilustran ejemplos de cómo los más poderosos y astutos imponen su ley sobre los más débiles a costa del bien y de la justicia [iv]. Aunque no debemos olvidar tampoco que en el mundo de la fábula se plasma también una velada crítica social hacia los abusos e injusticias de los poderosos. Las fábulas a menudo se han querido ver como la voz del pueblo oprimido. Recordemos que, según la tradición, Esopo, de haber existido, fue un esclavo; e igualmente Fedro, el fabulista latino sabemos también que lo fue y que sufrió castigos y represalias.
Y es que el moral de la fábula nos refleja esa sabiduría popular presentándonos una especie de manual de supervivencia en un mundo cruel y hostil como era el de la Grecia arcaica, en el que los débiles y carentes de astucia no sobreviven fácilmente. La inteligencia significa habilidad para la trampa y el engaño, y lo único que importa es el éxito, sin otra sanción transcendente. Lo natural es que el más fuerte devore al más débil y que el más listo engañe al más tonto. Solo la inteligencia y la astucia pueden salvar al débil de las garras del más fuerte, como vemos en este ejemplo paradigmático:
Un lobo, que vio a una cabra pacer al borde de un barranco, como no podía llegar hasta ella le pidió que bajara para que no se cayera fruto de un descuido, afirmando que era mejor el prado en el que él se encontraba, porque allí la hierba era más abundante. La cabra le respondió: “No me llamas a mí para que coma, sino porque eres tú el que no tiene que comer”.
Pongamos algún ejemplo de fábulas que ejemplifican los principios de esta moral tan opuesta a la misericordia:
-No hay que tener compasión con los imprudentes. ¡Que asuman las consecuencias de sus actos y se fastidien! ¿Por qué tengo yo que ayudar a quien no se lo merece? Esta idea la recoge a las mil maravillas la famosa fábula de la cigarra y las hormigas:
En invierno, las hormigas secaban el trigo mojado. Y una cigarra hambrienta les pedía comida. Y las hormigas le dijeron: “¿Por qué en verano no hiciste acopio tú también de comida? ”Y ella dijo: “No estaba ociosa, sino que cantaba melodiosamente”. Y ellas, riéndose, respondieron “Pues si en verano tocabas la flauta, baila ahora en invierno”
Y se supone que la cigarra se muere de hambre y de frío a la puerta del hormiguero. ¿Se puede ser más cabrona que esas hormigas? Pues esa es la enseñanza que se transmitía en su tiempo.

– Los poderosos siempre abusan de los débiles, a menos que estos sean más astutos y sepan engañarles. En la vida, para sobrevivir tienes que ser o fuerte o astuto, ya que no debes buscar la ayuda o la compasión de nadie. Esta idea se refleja en infinidad de fabulas. Por ejemplo, en la del león, el burro y la zorra:
Un león, un burro y una zorra, concertando una sociedad entre ellos, salieron de caza. Tras haber apresado muchas piezas, el león ordenó al burro que las dividiera entre ellos. Haciendo él tres partes iguales e invitando al león a que escogiera, este, enfadado, saltó sobre él y lo devoró y mandó a la zorra que hiciera las partes. Y ella, reuniendo todo en una sola parte y dejando para ella muy poquito, le invitó a elegir. Al preguntarle el león quién le había enseñado a hacer tal reparto, la zorra dijo: “la suerte del burro”.

– Hay un determinismo absoluto, según el cual los malvados no pueden dejar de serlo, porque está en su naturaleza. No hay redención posible para el hombre. Esta idea tan pesimista está muy presente en infinidad de fábulas, que nos transmiten una desesperanza insanable y una visión del hombre y de la vida terribles: no hay solución al mal, solo se puede tratar de sobrevivir a él siendo más astuto que el malvado, pero no puedes pretender que el malvado deje de serlo, ni aunque trates de educarle para ello. Es lo que sucede, por ejemplo, en la fábula del lobo y el pastor:
Un lobo solía acompañar a un rebaño de ovejas sin hacerles ningún daño. (…) Pensando entonces el pastor que era un guardián más que un enemigo, cuando tuvo necesidad de irse a la ciudad, se marchó dejándole al cuidado de las ovejas. Y este, comprendiendo que había llegado su oportunidad, mató a la mayoría de ellas. Al volver el pastor y ver aniquilado su rebaño, dijo: “Sufro lo que me merezco, pues ¿por qué confié mis ovejas a un lobo?”

De aquí se saca también la conclusión, presente en muchas fábulas, de que no hay que portarse bien ni fiarse nunca de los malvados, ya que estos no pueden faltar a su naturaleza. Fedro[v] lo expone en la fábula del caminante y la serpiente:
Uno recogió una serpiente rígida por el hielo y le dio calor en su regazo, compasivo contra sí mismo. En efecto, en cuanto se recuperó, mató al momento al hombre. Cuando otra le preguntó la causa de su crimen, respondió: “Para que nadie aprenda a ayudar a los malvados”.
-En este mundo tan cruel tampoco los poderosos pueden sentirse a salvo, ya que, cuando pierdan su poder y les vean débiles y vulnerables, se van a vengar de ellos. En efecto, la venganza es vista como algo legítimo y justo, como nos ilustra esta fábula de Fedro[vi]:
Cuando un león, consumido por los años y abandonado por sus fuerzas yacía exhalando su último suspiro, un jabalí llegó hasta él con sus terribles colmillos y vengó con una herida una antigua afrenta. A continuación, un toro atravesó con sus hostiles cuernos el cuerpo enemigo. Un asno, cuando vio que la fiera era herida impunemente, le reventó la frente con sus cascos.

Y el ver castigado a tu enemigo es siempre un gozo y un consuelo, aunque compartas con él la misma desdicha. Es este otro tema recurrente, como vemos en esta fábula:
Perseguido un atún por un delfín y moviéndose con gran estrepito, cuando estaba a punto de ser atrapado fue arrojado sin darse cuenta a una playa por la violencia del impulso. Llevado también del mismo ímpetu. El delfín se salió del mar con él y el atún, al verlo, volviéndose, dijo al delfín que agonizaba: “Al menos para mí, ya no es penosa la muerte, pues veo que también conmigo muere el que fue causante de mi muerte”.
-En lo que respecta a las relaciones del hombre con los dioses, la fábula pone de relieve que lo que guía al ser humano en sus súplicas a los dioses es un espíritu interesado y egoísta, ya que solo se acuerda de ellos cuando está en serios apuros. Por otra parte, los dioses, suelen ser sordos a los problemas humanos, que ni les van ni les vienen y no se ocupan de imponer justicia ni de aliviar nuestras penas. Veamos un breve ejemplo (recordemos que los cuervos solían robar las carnes ofrecidas en sacrificio en los altares a los dioses):
Un cuervo enfermo decía a su madre: “Madre, suplica a los dioses y no llores”. Pero ella, tomando la palabra, dijo: “¿Qué dios, hijo, se compadecerá de ti?, pues, ¿a quién de ellos no le has robado tú la carne?”
Y es que tampoco los hombres se fían en exceso de los dioses, que viven ajenos a los problemas humanos. La religión es vista como un acto puramente externo y mecánico, pero que se practica sin fe alguna y no aporta consuelo ni esperanza alguna al hombre, como se ve en la irónica fábula del enfermo:
Un hombre que estaba enfermo y se sentía mal, cuando los médicos lo desahuciaron suplicaba a los dioses prometiendo hacerles un sacrificio de cien bueyes si se restablecía. Y al preguntarle su mujer, que estaba su lado: “¿Y con qué lo vas a pagar?” le dijo: “¿Crees tú que yo voy a curarme para que también los dioses me lo reclamen?”
No quisiéramos alargar en exceso esta entrada acumulando más y más ejemplos. Creemos que son representativos los citados para reflejar esa imagen de un mundo cruel, inhumano y carente de sentimientos de misericordia, en el que ser bueno es igual a ser tonto o imprudente, en el que se prima el propio interés por encima de cualquier otro principio y en el que reina la ley de la selva, todo ello en medio de un pesimismo sumamente desesperanzado. Esta era la visión del mundo que imperaba en un mundo que tuvieron que transformar los primeros cristianos.
Y tengamos fe en que la misericordia es más poderosa que todas las armas de destrucción masiva: es la que, en lugar de destruir, reconstruye; en lugar de desunir, hermana a los hombres; en lugar de arruinar, vivifica y humaniza el mundo. Creemos que este es un mensaje urgente para un mundo tan enfrentado y polarizado como el actual.
[i] Vd. Surco 183
[ii] Así respondía a su entrevistador, Andrea Tornielli, al preguntarle este “¿Qué es para usted la misericordia?” en el libro El nombre de Dios es misericordia
[iii] II, 134
[iv] Vd. Emilio II, 365
[v] IV, 20
[vi] I, 21


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