Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt, V, 7).
Año 30 d.C. Después de ser bautizado por Juan el Bautista, de sufrir las tentaciones del maligno en el desierto y de elegir a los cuatro primeros miembros del colegio apostólico, Jesús comienza a predicar. Y al ver que una gran muchedumbre se acerca a escucharle, les predica desde una elevación. El sermón de la montaña ocupa los capítulos 5, 6 y 7 de san Mateo y probablemente sean estas tres páginas unas de las más importantes en la historia de la humanidad, y también deberían serlo para ti y para mí.

Al leer esos capítulos del evangelio, estamos asistiendo a una revolución. A lo largo de la historia hemos asistido a numerosas revoluciones. Cada una de ellas supone un cambio de era, en el que hay, por supuesto, elementos positivos y otros que tal vez no lo sean tanto. Revoluciones ha habido bastantes: la edad del hierro, la aparición de la escritura, la invención de la imprenta, el descubrimiento de América, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, la invención de Internet… Pero ninguna revolución ha sido más importante y radical que la que se produce con la llegada de Cristo y su predicación. Con el sermón de la montaña se inaugura un nuevo paradigma, que rompe con todos los modelos de pensamiento vigentes en su tiempo..
Cristo en su predicación introduce conceptos novedosos en su tiempo, conceptos que sonaban extraños a oídos de quienes le escuchaban. Uno de ellos es el de misericordia (hoy, por primera vez y sin que sirva de precedente, vamos a hablar mal de Séneca, Cicerón y Aristóteles).
La misericordia es uno de los aspectos esenciales de la caridad para con el prójimo, una consecuencia, pues, del amor que debe unirnos a nuestros semejantes. Y es uno de los atributos esenciales, por tanto, de Dios, que es amor, como recordaba san Juan [i]. Y se manifiesta en la disposición a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas. Es más que un sentimiento de simpatía, es una práctica, una actitud constante en el ser del cristiano. Recordemos que ser cristiano no consiste en tener buenos sentimientos, sino en llevarlos a la práctica, en encarnarlos en nuestra vida real y cotidiana.

La palabra en sí es un sustantivo abstracto (como lo indica su sufijo -ia , que aparece en tantos otros, como prudentia, laetitia, iustitia…). Viene formado por el adjetivo miser (pobre, desdichado), más el sustantivo cor, cordis (corazón), entendido este como el centro de la persona y de los sentimientos humanos. Significa literalmente, pues, tener el corazón puesto en la miseria del otro; implica conmoverse ante el dolor y la necesidad ajena y exige implicarse, no quedarse en mero espectador de ella. Un aspecto importante de ella es el estar abierto siempre a disculpar, comprender y perdonar, como hace Dios con nosotros. Todos recordamos que la Iglesia nos lo concreta en las siete obras de misericordia espirituales y corporales, que aprendimos de pequeños en el catecismo.
San Agustín definía la misericordia como “una cierta compasión de la miseria ajena nacida en nuestro corazón, por la que, si podemos, nos vemos forzados a socorrerle” [ii]. Y ya en una entrada anterior explicábamos que la mayor miseria humana no es la pobreza o la privación de cualquier bien temporal, sino el pecado. Por eso Cristo se encarnó, ante todo, para curar esa herida, puesto que “Dios es rico en misericordia” [iii]. La misericordia es inherente a Dios, porque, como decía Santo Tomás, “a Él le compete volcarse en los otros, y, lo que es más aún, socorrer sus deficiencias; esto, en realidad, es lo peculiar del superior [iv].
Opuesta a la misericordia es la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la mentalidad “no es asunto mío”, “ya lo arreglarán otros”; pero también lo son el odio, el rencor, la venganza, el egoísmo y la envidia. Bajo sus múltiples formas (indigencia material, ignorancia, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte), la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo, que la ha querido cargar sobre sí. También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia [v]. Y uno de los aspectos en que se manifiesta la misericordia es la limosna, no lo olvidemos (recordemos que la palabra misma viene de eleemosyna, transcripción del griego ἐλεημοσύνη, palabra que significa “compasión, misericordia”).
El problema estriba a menudo en el conflicto entre misericordia y justicia. La justicia exige que cada uno reciba lo que merece, mientras que la misericordia otorga compasión y perdón más allá de lo que es estrictamente merecido. Los que somos profesores entendemos esto a las mil maravillas, ya que nuestras notas finales, en estos tiempos que corren, suelen ser más misericordiosas que justas con nuestros alumnos, que toleran cada vez peor la decepción y la frustración.
Sin embargo, en Dios coinciden justicia y misericordia, no lo olvidemos. Lo decimos porque algunos se piensan que, como Dios es misericordioso, se va a apiadar de él a pesar de que no muestre arrepentimiento alguno. “Si Dios es bueno, no me va a castigar” dice mucha gente. Otros la identifican con esa palabra mágica que se usa hoy en día, la tolerancia, según la cual hay que admitirlo todo y no condenar nada. Sí, la palabra tolerancia es mágica, ya que, según algunos, tiene la capacidad de borrar las líneas divisorias entre el bien y el mal y de convertir en igualmente buenas y sensatas todas las opciones de vida que uno quiera escoger. Y así, claro, si uno dice que la eutanasia o el aborto está mal, se convierte en intolerante; igual que si dice que es una chorrada abrazarse a los árboles para que te transmitan su energía o creerse las tontadas que nos dicen los horóscopos, etc.

Y si misericordia y justicia van de la mano, eso quiere decir que, a veces, hay que castigar, como hacen los padres con sus hijos. Sobre este tema creo que deberíamos escribir una entrada. El papa Juan Pablo I nos lo expresó muy claramente, para el que no quiera oírlo: “Es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser. […] En cambio, ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino; me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡No!; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe” [vi]. Y es que Dios no castiga ni condena a nadie: somos nosotros los que optamos por darle de lado.
Los griegos en la antigüedad tenían claro, al menos, que era algo importante esto de la misericordia, aunque luego no lo tenían en cuenta. Prueba de ello es que en la mitología existía una personificación de ella, Eleo (Ἔλεος). Higino, un mitógrafo latino de época de Augusto, la denominaba precisamente como Misericordia y nos dice que es hija de Érebo y la Noche [vii]. Su antónimo mitológico era, pues, Anaideia (Ἀναίδεια), la crueldad. Eleos tenía un altar en el ágora de Atenas (al igual que lo tenía el Dios Desconocido que nos cita san Pablo), tal como relata Pausanias: “los atenienses tienen también en el ágora, entre otras cosas no conocidas de todos, un altar de Eleo, que es el más útil de entre los dioses para la vida humana y las vicisitudes de la fortuna, y al que sólo los atenienses entre los griegos le tributan culto” [viii] .
Pero luego, en la práctica, como veremos, los antiguos griegos y romanos no practicaban la misericordia. Hay momentos excelsos en la literatura, como el tan famoso del Canto XXII de la Ilíada, en el que el viejo rey Príamo va a suplicarle a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor par darle sepultura en Troya. Y Aquiles accede a entregárselo y lloran juntos dolidos por el destino doloroso que sufren los hombres. ¿Eso es clemencia o misericordia? Luego lo veremos. El guerrero homérico siente compasión por los suyos y sufre viéndolos morir, pero, al mismo tiempo, se muestra implacable con sus enemigos, como demostró el propio Aquiles matando a Héctor sin compasión alguna, solo para saciar su ira por la muerte de su amigo Patroclo. Es Aquiles el mismo que, en la pira funeraria de su amigo Patroclo sacrifica a doce troyanos inocentes, a los que arroja al fuego tras haberlos degollado [ix]. Aquiles compadece al anciano Príamo y le devuelve el cadáver de su hijo al darse cuenta de que su comportamiento sería injusto si no lo hiciera. Le compadece al comprender la ley universal de que nadie puede escapar al sufrimiento y a la muerte. Y, en un contexto aristocrático como este, no olvidemos que Príamo es una persona digna de mayor respeto que si fuera otra persona de diferente estrato social. Tampoco Ulises en la Odisea muestra misericordia alguna con los pretendientes, a quienes da muerte sin contemplaciones. Y tampoco muestra misericordia alguna con las doce criadas infieles de su palacio, a las que obliga a limpiar la sala de todos los restos de la matanza de los pretendientes y luego las ahorca colgándolas de una viga del techo. Igualmente, al traidor sirviente Melantio, que se alió con los pretendientes, le aplican un castigo terrible: tras capturarle, le cuelgan del techo y le cortan la nariz, las orejas y los genitales, que dan como comida a los perros. Luego, le cortan también las manos y los pies por traidor [x]. Y es que con los malvados y con los enemigos no hay lugar para la misericordia. Esta era la creencia vigente e imperante a lo largo de toda la antigüedad hasta la llegada de Cristo.
Para Aristóteles la misericordia no era una virtud, sino un sentimiento, que se suscita en el hombre. La compasión dentro de la tradición griego-aristotélica es una pasión o emoción; en cambio, dentro de la tradición cristiana es una virtud. La compasión es, antes que nada, un sentimiento y, como tal, se siente o no se siente, no se puede obligar. A él dedica el capítulo octavo del Libro II de su Retórica. Aristóteles define ahí la piedad o la compasión como:
- El sentimiento de pena o malestar;
- suscitado por la aparición de algún mal grave y doloroso;
- en quien no lo merece;
- y que también cabría esperar que lo padeciéramos nosotros mismos o alguno de nuestros allegados;
- y ello además cuando se muestra próximo, es decir, este mal o padecimiento es una posibilidad que se encuentra cercana en el tiempo, no es una posibilidad remota [xi].
Por lo tanto, quedan excluidos de ser objeto de misericordia los malvados o los enemigos, ya que sufren merecidamente. Hacia ellos lo que se debe sentir es alegría al ver su castigo o indignación al ver que no son castigados. Lo afirma así el propio Aristóteles, amparándose en la idea de justicia: “(La compasión y la indignación) son propias de un carácter noble, porque corresponde apenarse y sentir compasión por los que sufren una desgracia inmerecidamente, e indignarse contra los que inmerecidamente gozan de la dicha, ya que es injusto lo que ocurre contra los merecimientos (…) Por ejemplo, de los parricidas o asesinos, cuando les llega el castigo, ningún hombre bueno sentirá compasión, ya que es preciso alegrarse de tales cosas” [xii]. Estamos, pues, en las antípodas del mensaje de Cristo. También quedan excluidas de este sentimiento de misericordia aquellas personas lejanas a nosotros, hacia las que no tenemos afinidad alguna. Solo nos compadecemos de personas semejantes y próximas a nosotros. ¡Qué lejos estamos del concepto de “prójimo” que nos explica Cristo, por ejemplo, en la parábola de buen samaritano! (cuando un doctor de la ley le pregunta: ¿y quién es mi prójimo? [xiii])

También nos dice Aristóteles qué situaciones y circunstancias concretas son susceptibles de suscitar la compasión. Nos da una lista: las muertes, los ultrajes, los malos tratos, la vejez, las enfermedades, la falta de alimento, la pobreza, la falta de amigos, la fealdad, la debilidad, la mutilación [xiv].
Otra idea que nos parece reseñable es la de que la compasión, para Aristóteles, suscita en nosotros la tristeza a la vista de los males que contemplamos y también el dolor, en la idea de que a nosotros podría pasarnos lo mismo también, ya que compartimos esa misma vulnerabilidad. Por eso los dioses están exentos de este sentimiento. Para Aristóteles es, pues, incomprensible la idea de un dios compasivo y misericordioso, ya que los dioses son eternamente dichosos y no pueden experimentar mal alguno ni sufren al ver los males de los mortales.
Por último, también en la Retórica nos dice Aristóteles que los oradores no deben servirse del recurso a inflamar la compasión o la ira de los jueces, ya que estos sentimientos, tan intensos, podrían llevarlos a emitir un veredicto injusto [xv]. Y es que en la antigüedad estaba muy extendida entre los abogados esta práctica, en cierto modo manipuladora, de suplicar misericordia a los jueces en favor de su defendido (también los profesores la sufrimos de nuestros alumnos con suma frecuencia). En algunos discursos de Cicerón vemos claramente cómo recurre a este sentimiento, como cuando apela a la misericordia de César para que perdone a su defendido Ligario: Nada hay tan bien visto para la gente como la bondad, y de tus numerosas virtudes ninguna es más admirable ni más grata que la misericordia. En efecto, los hombres en ninguna otra cosa se acercan más a los dioses que en dar la salvación a los seres humanos [xvi]. Y es que Cicerón, como buen orador, era también un excelente manipulador, capaz de decir lo que no piensa ni siente si en algún momento le resulta favorable (es de sobra conocido el odio que tenía a Julio César, a quien aquí tanto alaba).
Y estas ideas acerca de la misericordia son las que vemos presentes en los autores posteriores, que, en gran medida, beben de Aristóteles. Así, Cicerón nos dice, calcando a este, que la misericordia es una aflicción por la desgracia de otro que sufre por una injusticia, ya que nadie es movido a misericordia por el castigo a un parricida o un traidor [xvii].
Pero Séneca va mucho más allá. En su tratado Acerca de la clemencia nos habla en extenso sobre la misericordia. Terrible es lo que dice aconsejando a un todavía joven Nerón: “todos los hombres buenos mostrarán clemencia y mansedumbre, pero evitarán la misericordia, porque es el vicio propio de la gente pusilánime que sucumbe ante los males ajenos (…) Son las viejas y las mujercillas las que se conmueven con las lágrimas de los criminales y las que, si pudieran, les abrirían las puertas de las cárceles. (…) La misericordia es una enfermedad del alma a la vista de las desgracias ajenas o la tristeza ocasionada por males ajenos que cree que suceden a quienes no se las merecen [xviii].
Por tanto, si comparamos la idea de compasión clásico-aristotélica con la cristiana, contemplaremos mejor lo que decíamos al principio de que Cristo trajo una revolución al mundo, un nuevo paradigma:
| Criterio | Compasión Aristotélica (Eleos) | Compasión Cristiana (Agapē / Misericordia) |
| Condición de Merecimiento | Solo se compadece a quien sufre injustamente o sin merecerlo. | Se extiende a todos, incluso a quienes merecen su sufrimiento o son enemigos. |
| Juicio de vulnerabilidad | Basado en el temor de que uno mismo podría sufrir el mismo mal en el futuro. | Basado en el amor incondicional de Dios, no en el miedo o la vulnerabilidad propia. («me podría pasar a mí»). La misericordia cristiana nace del agapē (el amor desinteresado). El cristiano no ayuda por miedo a caer en la misma desgracia, sino porque ve al otro como un igual ante Dios |
| Alcance y límite | Restringida por el estatus social y la proximidad. | Universal; rompe barreras de clase, etnia y mérito moral. |
| Relación con el sufridor | Evalúas si la víctima se merece tu compasión. Te preguntas: «¿Este sufrimiento es culpa suya por haber tomado malas decisiones o por ser un insensato?». Si concluyes que el sufrimiento es por su culpa (por ejemplo, alguien que arruinó su vida por pura soberbia o vagancia), Aristóteles diría que no es digno de compasión, sino de desprecio o indiferencia. La compasión aristotélica está estrictamente reservada para la gente buena a la que le pasan cosas malas de forma injusta. | Identificación mutua y co-sufrimiento. Te ves reflejado en el otro. No dices «pobre de él», sino «ese podría ser yo, porque ambos somos hermanos». No importa si la persona se buscó su propia desgracia por cometer errores o pecados; la compasión se activa igual porque la caridad es incondicional. Te bajas al nivel del sufriente para cargar la cruz con él, en lugar de juzgarlo desde fuera. |
Aristóteles y Séneca actúan como jueces justos, fríos e insensibles: miran desde lejos, evalúan los méritos de la víctima y deciden si otorgar o no su compasión.
Los cristianos, sin embargo, actuamos como hermanos: no juzgamos, eliminamos la distancia, nos dolemos con el dolor del otro y lo acompañamos sin importar cómo llegó a esa situación.

Mi gran amigo y teólogo de verdad, Guillermo Kowalski, lo explica mucho mejor que yo: Una felicidad que ignora a la mayor parte de la humanidad, es una falacia artificial. La calidad de nuestro humanismo y de nuestro cristianismo se mide por la capacidad de ver la miseria del mundo y de responder. No basta con reconocer intelectualmente que existen pobres, excluidos y heridos; la fe cristiana exige una sensibilidad misericordiosa que nos mueva a obrar. El Evangelio lo pone con crudeza y ternura: el buen samaritano se detiene ante el herido (Lc 10,25‑37); el juicio final identifica a Dios con los hambrientos, los sedientos, los forasteros y los encarcelados (Mt 25,31‑46). Ver y no pasar de largo es la prueba de una fe encarnada. No importa si son de nuestra misma nacionalidad, raza, condición económica, religión, ideología, etc., al contrario, cuanto más “distinto” más prójimo. ¿O acaso la trascendencia no es el absolutamente distinto…que se ha hecho uno de nosotros? [xix]
[i] Vd. 1 Jn., 4, 8 y 4, 16
[ii] De Civitate Dei. l. ix, 5
[iii] Ef. II, 4
[iv] Sum. Th. II-II, q. 30, a. 4
[v] Cfr. CEC 2448-2449
[vi] Audiencia general, 13/9/1978.
[vii] Prólogo 1
[viii] I, 17, 1
[ix] Vd. Il. XXIII, 161 ss.
[x] Vd. Od. XXII, 438 ss.
[xi] Vd. Ret. II, 8 (1385 b)
[xii] Ret.II, 9 (1386 b)
[xiii] Lc. X, 29
[xiv] Vd. Ret. II, 8 (1386 a)
[xv] Vd. Ret. I ,1 (1354 b)
[xvi] Lig. 37
[xvii] Tusc. IV 18
[xviii] Clem. II, 5, 1-2
[xix] La misericordia que salva al mudo y da felicidad. https://www.religiondigital.org/poliedro_y_periferia-_guillermo_jesus_kowalski/misericordia-salva-mundo-da-felicidad_132_1463645.html


Deja una respuesta