Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: “Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz”. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose: “A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos” También los otros crucificados lo insultaban. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Mira, llama a Elías”. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: “Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo”. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. (Mc, XV, 29-39)
Estas últimas palabras del centurión que estaba al mando del cuerpo de guardia que custodiaba a los condenados aparecen, en términos casi idénticos, en los tres evangelios sinópticos. San Mateo es el que da una versión más extendida. Este centurión probablemente habría presenciado la muerte de muchos criminales, si bien ninguna de las muertes de esos individuos estuvo marcada por las circunstancias que caracterizaron a la muerte de Jesús. Jesús no fue acusado de un crimen común; más bien, fue juzgado ante Pilato por ser el Rey de los Judíos [i]. Incluso, después de escuchar las acusaciones y preguntarle a Jesús sobre ellas, Pilato determinó que Jesús no había hecho ningún mal [ii]. Pero el clamor para que crucificaran a Jesús fue tan grande que Pilato lo entregó para que lo crucificaran. A partir de ahí, los soldados se llevaron a Jesús y supervisaron cómo lo golpeaban, desnudaban, torturaban con una corona de espinas y se burlaban de Él. Es probable que entre este grupo de soldados estuviera el centurión que más tarde dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Al principio, todos participaban en la burla a Jesús, pero a medida que se desarrollaban los eventos, tal vez algunos, incluido este centurión, reconocieron que Jesús no era un criminal. En medio de todo esto, Jesús siguió mostrando mansedumbre y no habló en su propia defensa ni discutió. Cuando Jesús fue crucificado, la acusación escrita sobre su cabeza decía que Él era el Rey de los Judíos. Las burlas continuaron cuando los espectadores recordaron que Él había dicho que derribaría el templo y lo reconstruiría en tres días, profetizando que moriría y resucitaría. Recordaron que Él había afirmado ser el Hijo de Dios, y, sin embargo, se burlaban de Él como si sus afirmaciones no fueran ciertas. Los sumos sacerdotes, escribas y ancianos se burlaban también, diciendo que, si simplemente descendía de la cruz, creerían en Él. Incluso los ladrones crucificados junto a Él lo insultaban. Era sorprendente cómo muchos celebraban la crucifixión de Jesús, y seguramente el centurión se dio cuenta de eso. El centurión pudo ver que esta no era una crucifixión cualquiera y que el hombre que estaba siendo crucificado no era tampoco un hombre cualquiera.

Llama poderosamente la atención el ver cómo fueron no pocos los testigos de todos estos sucesos, también de los fenómenos inexplicables (oscurecimiento del sol, rasgado del velo del templo…) que acompañaron los últimos momentos del crucificado. Pero nos cita el evangelista que solo este centurión hizo oír su voz para reconocer el impacto que en él habían causado estos hechos. Todos pudieron ver lo mismo que él había contemplado. Pero callaron. ¿Por qué? Tal vez por su dureza de corazón, tal vez por respetos humanos, tal vez por su indiferencia… No lo sabemos. No obstante, ya dijo el evangelio que hay gente que no creería ni aunque vieran resucitar a un muerto [iii]. Tampoco conocemos el nombre de este centurión, pero nos gustaría saber qué fue de su vida. ¡Quién sabe si fue luego uno de los primeros discípulos de los apóstoles! ¡Hay tantas cosas que no nos revelan los evangelios! Pero queremos creer que alguna profunda transformación produjo en su interior la gracia y misericordia divina.
La muerte de Cristo en la cruz, a pesar de ser tan dura y terrible, no fue, sin embargo, algo especialmente llamativo a ojos de los presentes, en especial de los romanos. El propio centurión, como decimos, seguramente habría presenciado muchas muertes terribles a lo largo de su vida y estaría sumamente acostumbrado a ellas. Decimos esto porque la cultura romana, a pesar de que fue capaz de dejarnos un inmenso legado cultural, a pesar de habernos transmitido los principios del Derecho, a pesar de haber llevado su civilización y sus progresos materiales a todo el mundo mediterráneo, a pesar de haber alumbrado mentes brillantes de filósofos, artistas y poetas, tiene un evidente lado tenebroso, y este es el de la crueldad. Sí, es cierto que ninguna cultura ha existido en la historia tan cruel como la romana. Solamente los romanos convirtieron la muerte y los sacrificios humanos en espectáculo público.
Sabemos bien que muchas culturas del antiguo México y de Centroamérica celebraban sacrificios humanos, a veces multitudinarios y muy sangrientos; pero lo hacían en el contexto de sus creencias religiosas, no como diversión. Los romanos, sin embargo, hicieron de la crueldad un espectáculo público, un fenómeno de masas, como puedan ser ahora el fútbol o los conciertos. Sabemos bien cómo los magistrados encargados de organizar las ejecuciones públicas de los condenados y los combates de gladiadores se afanaban por encontrar formas cada vez más crueles y sofisticadas de sorprender a un público que pedía emociones cada vez más fuertes. Los anfiteatros romanos eran auténticas galerías del terror, en donde el público enfervorizado quería y exigía sangre. Alfonso Mañas, el mayor experto español en este tema, en un libro reciente, calcula en el prólogo el número de víctimas humanas que pudo haber desde el año 264 a.C. hasta el 100 d.C. en los anfiteatros romanos. Y le sale una cifra en torno a los diez millones de personas [iv]. Tales cifras, por supuesto, son por completo indemostrables empíricamente, pero son bien posibles. El lector interesado puede acceder a todo género de atrocidades en el citado libro y en otros similares.
Bien, situados en este contexto, la crucifixión de Cristo no debía de resultar algo especialmente llamativo a ojos de esos soldados. Sí, por terrible que nos parezca, la sociedad romana estaba por completo insensibilizada ante la contemplación del sufrimiento humano, que convirtieron en un espectáculo placentero, en una diversión. Y la muerte por crucifixión era algo sumamente habitual como castigo reservado a esclavos y delincuentes. Recordemos, por poner un ejemplo, cómo, tras sofocar la revuelta de Espartaco, los romanos crucificaron a más de seis mil prisioneros, a los que colocaron a ambos lados de la vía Appia [v]. Son innumerables los testimonios antiguos que nos hablan sobre este tipo de castigo y nos hacen ver que, en el caso de Cristo, lo único excepcional fue el ensañamiento de los latigazos y la corona de espinas. Por ejemplo, hay innumerables testimonios de cómo el propio condenado debía cargar con el madero horizontal de la cruz (el patibulum), donde debía ser clavado, etc. [vi].

En efecto, la muerte de Cristo no fue algo especialmente llamativo en su momento, a ojos del gran público; fue un condenado más entre tantos como había en ese mundo tan cruel e inhumano. Recordemos, a modo de anécdota, que en Roma no existían las cárceles nada más que como lugar en el que se custodiaba a los criminales en espera de su juicio o su ejecución, que no se dilataban en el tiempo. Para un romano, no tenía ningún sentido tener en la cárcel a la gente: lo veían como un gasto inútil y absurdo.
Sí, por extraño que nos parezca, Cristo murió como uno de tantos en su momento. De los presentes, solo ese centurión alcanzó a ver algo más que los que le rodeaban. Solo él vio que la persona que moría en la cruz no era un criminal ni un condenado más.
Humanamente hablando, su muerte supondría un fracaso: una aspirante a mesías que muere recibiendo el castigo propio de los esclavos, y que muere prácticamente solo, pues todos sus seguidores se escondieron y no se atrevieron a dar la cara por Él. Ya los primeros críticos del cristianismo utilizaron estos y otros argumentos para arremeter contar la nueva religión y su fundador. Es muy revelador lo que dice Celso (un autor griego del s. II) en su Discurso verdadero contra los cristianos: “¿Cómo iba a ser propio de un Dios dejarse atar y conducir como un criminal? Mucho menos sería propio de un dios el ser abandonado y traicionado por su más próximos, que lo seguían y veían en él al Mesías, hijo y mensajero del gran Dios” [vii]. Son muy duros los ataques que le dirige Celso, sin duda y sería muy prolijo citar todas las barbaridades que decía contra Cristo y contra la Santísima Virgen.
Celso tampoco fue capaz de ver la realidad con los ojos de ese anónimo centurión de este evangelio. Ahora, casi dos mil años después, nadie se acuerda de él, en tanto que muchas personas siguen entregando su vida por Cristo. Por algo será, digo yo.
Y conocemos, en especial gracias a Flavio Josefo, un judío helenizado que escribió en tiempos de los Flavios dos obras en griego de gran amplitud (La Guerra judaica y Antigüedades judías) el ascenso de algunos personajes que aspiraban a ser los mesías del pueblo judío. De ellos vamos a destacar a dos solamente:
Teudas fue un supuesto mesías que fue muerto por los romanos el año 46 d.C. Nos cuenta Flavio Josefo: Aconteció que, mientras Cuspio Fado era procurador de Judea, un charlatán llamado Teudas persuadió a gran parte del pueblo para que se llevaran sus pertenencias y lo siguieran hasta el río Jordán; les dijo que era un profeta y que, por su propia voluntad, dividiría el río y les facilitaría el paso. Muchos fueron engañados por sus palabras. Sin embargo, Fado no permitió que se aprovecharan de su descabellado intento, sino que envió una tropa de jinetes contra ellos. Tras atacarlos por sorpresa, mataron a muchos y capturaron a otros con vida. También capturaron a Teudas vivo, le cortaron la cabeza y la llevaron a Jerusalén” [viii]. Josefo no nos proporciona una cifra sobre el número de seguidores de Teudas, pero el hecho es que su movimiento se dispersó y nunca más se supo de él. En los Hechos de los Apóstoles sí que se nos dice que sus seguidores llegaron a ser más de cuatrocientos [ix].
Otro fue el profeta Egipcio. Se dice que reunió a treinta mil seguidores en la cima del Monte de los olivos, ya sea para preparar un asalto a Jerusalén con el fin de establecerse como gobernante del pueblo, o con la expectativa de que milagrosamente él haría caer las murallas de la ciudad, permitiendo a sus seguidores entrar en ella. Este grupo fue aplastado por el procurador romano de Judea, Antonino Félix (gobernó entre los años 52–60 d. C.), y el egipcio huyó, mientras que muchos de sus seguidores fueron asesinados y capturados y el resto logró huir y esconderse [x]. Luego, también en los Hechos, el tribuno que interroga a san Pablo le confunde momentáneamente con ese profeta egipcio, hasta que se percata de que su ascendencia y su lengua no son egipcias [xi].
También los hechos de los Apóstoles nos hablan de otro que se las daba de mesías y de tener dones sobrenaturales, Simón el mago, cuyos prodigios tenían a todos asombrados en Samaria [xii] .

Especialmente en los siglos II-IV d.C. el mundo romano y oriental se llena de taumaturgos, magos, mesías y falsos profetas. Un famoso estudioso irlandés, Dodds, denominó a esta como “la época de la angustia” [xiii]. Durante esos siglos, el mundo mediterráneo entró en una profunda crisis espiritual, ya que las religiones tradicionales del panteón grecorromano perdieron toda su credibilidad y entraron infinidad de cultos orientales, en muchos de los cuales se mezclaba la magia y la superstición con creencias sobrenaturales de diverso tipo. Por otra parte, las diferentes escuelas filosóficas de ese tiempo (cínicos, neoplatónicos, pitagóricos…) se convirtieron en un sustitutivo de la religión para los hombres cultivados. El cristianismo tuvo que abrirse paso en medio de esa amalgama de creencias, y lo hizo con éxito.
Y en esos siglos aparecieron un gran número de líderes mesiánicos, charlatanes, pseudoprofetas, embaucadores y demás. Luciano de Samosata es uno de los autores que nos lo testimonia. Luciano es hoy en día un autor un tanto desconocido, pero creemos que injustamente, ya que es una de las figuras más interesantes de la literatura griega de época romana. Vivió en el s. II d.C. y tiene una obra muy extensa, integrada por pequeñas monografías y diálogos de tema muy diverso. Gran retórico y erudito, es un testigo crítico que, con su tono cínico, se burla de todo y de todos y denuncia las incoherencias y falsedades de su tiempo. En uno de sus breves tratados, Alejandro o el falso profeta, nos traza una biografía de uno de esos falsos mesías, Alejandro de Abonoteico. Es revelador lo que dice a propósito de este Alejandro y sus intenciones de hacerse rico embaucando a los hombres: la vida de los hombres está despóticamente gobernada por dos importantísimos factores: la esperanza y el miedo, y quien fuera capaz de sacar mejor partido de uno y de otro, se enriquecería rápidamente [xiv]. Es evidente que todos los falsos mesías intentan alimentar las esperanzas de sus seguidores, ya que los hombres necesitamos algo en lo que creer y algo a lo que agarrarnos. Este Alejandro creó un culto oracular a Esculapio bajo el nombre de Glicón. Gozó de gran fama, hasta el punto de que se erigió una estatua suya en su ciudad y se acuñaron monedas con su efigie.
Pero, sin duda, el personaje más famoso de los de este tipo que circulan por su obra fue Peregrino. Sobre él escribe una famosa biografía, en la que se nos cuenta su vida y su muerte. Peregrino, llamado Proteo y después Fénix, filósofo cínico itinerante, anunció durante los Juegos Olímpicos del año 161 su voluntaria inmolación que llevaría a cabo durante la siguiente olimpiada, la del 165. Las Olimpiadas, entonces, como ahora, eran eventos que reunían a una enorme multitud de asistentes. Si alguien deseaba darse a conocer en un mundo carente de medios de comunicación, tenía en este certamen deportivo un altavoz para ello. En esta biografía se nos cuentan las andanzas de Peregrino, entre ellas su paso fugaz por una comunidad cristiana. Peregrino fue un sabio errante, predicador de la virtud y que gozó de cierta fama en su tiempo y alguna en la posteridad. Como decíamos, planeó una muerte muy efectista y eligió para ello el marco de las Olimpíadas. Dice Luciano que se proponía culminar con una áurea corona su ya áurea existencia, pues quien había vivido como Heracles debía también morir como Heracles y mezclarse con el éter. “Quiero -decía- ser útil a la humanidad indicándole cómo se debe despreciar a la muerte” [xv]. Y dicho esto, se arrojó a una enorme pira ardiente que él mismo había levantado y puso así fin a su vida.
Aunque, evidentemente, el más célebre de todos los personajes de este tipo fue Apolonio de Tiana. Sobre él tenemos una extensa biografía compuesta por Filóstrato, un erudito autor griego que vivió a caballo entre los siglos II y III d. C., muy famoso en su tiempo y que formó parte del círculo de Julia Domna, la esposa de Septimio Severo. Apolonio de Tiana fue un sabio y taumaturgo que vivió a lo largo del siglo I d. C, muriendo hacia el año 100. En su biografía se nos narran infinidad de anécdotas de su vida y de sus poderes. Fue un gran sabio viajero al que incluso se llegó a rendir culto como varón divino. De él, en efecto, se nos narran infinidad de hechos milagrosos y prodigios: interpretación de los sueños, poder de hacer revivir almas de difuntos y hablar con ellas, conocimiento de sucesos ocultos y futuros, hacer resucitar muertos, practicar exorcismos, bilocaciones, capacidad de hablar con los animales, etc. También a su muerte se produjeron prodigios y algunos manifestaron haberse encontrado con él resucitado…
Podríamos seguir refiriendo ejemplos de falsos mesías e iluminados de la antigüedad, como Jámblico y Porfirio, los seguidores de la teúrgia. Pero creemos que no es necesario. Ahora tocaría preguntarnos qué fue de tantas figuras como Peregrino, Simón, Teudas, el Egipcio, Apolonio de Tiana… Muy sencillo: son figuras que se han diluido por el sumidero de la historia y de las que hoy solo queda el interés histórico y filológico que despierta entre las personas interesadas en la antigüedad clásica y judía. Nada más que eso.

Sin embargo, con Cristo no ha pasado lo mismo. Su fama y su proyección debiera de haber sido, a todas luces, menor que la de algunos de los citados. Pero se ha convertido en el mayor influencer de la historia de la humanidad. Ha protagonizado la mayor revolución conocida en el mundo con su humilde predicación y su muerte infamante a ojos de los hombres. Y mucha gente sigue consagrando su vida a Él y dejando que sea Él quien guíe sus vidas, sabedores de que solo Él tiene palabras de vida eterna [xvi].
En efecto, cuando abrimos el evangelio y leemos las palabras de Cristo, solo nos queda una posible elección: o era un loco visionario, un charlatán como Alejandro o Teudas; o, como dijo el centurión, “verdaderamente era el hijo de Dios”. Si es así, es preciso que nos tomemos muy en serio su mensaje y sus palabras. En dicha elección nos lo jugamos todo.

[i] Mt. 27, 11
[ii] Mt. 27,23. Vd. el capítulo 27 entero
[iii] Cfr. Lc XVI, 19
[iv] Vd. Gladiadores, bestias y condenados. Almuzara, Córdoba 2024, pp. 7-10
[v] Vd. Plutarco, Craso, 10, 6
[vi] Cfr. Cantarella, Eva, Los suplicios capitales en Grecia y Roma, Akal, Madrid 1996, pp.175 ss.
[vii] Discurso…16
[viii] Antigüedades 20, 97-98
[ix] Vd. 5, 36
[x] Cfr. Guerra Judaica II, 261-262; Antigüedades XX, 169-172
[xi] Vd. XX!, 37-39
[xii] Vd. VIII, 9 ss.
[xiii] Famoso es un libro suyo titulado precisamente Paganos y cristianos en una época de angustia; si bien, su obra clave es Los griegos y lo irracional
[xiv] Alejandro o el falso profeta, 8
[xv] Peregrino, 32
[xvi] Cfr. Jn. VI, 68


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