LA MALA CONCIENCIA

Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: “He pecado entregando sangre inocente”. Pero ellos dijeron: “¿A nosotros qué? ¡Allá tú!”. Y él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó.  (Mt.27, 1-5)

La muerte de Judas Iscariote tiene dos versiones en el Nuevo Testamento, y es, sin duda, una de esas escenas que a nadie le deja indiferente. En Mateo se cuenta que Judas, lleno de remordimiento tras ver a Jesús condenado, devolvió las treinta monedas de plata a los sacerdotes y luego se ahorcó; después, con ese dinero, los sacerdotes compraron el llamado Campo del Alfarero, que quedó asociado al nombre de “Campo de Sangre”. En cambio, en Hechos, san Pedro nos narra brevemente la escena: Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: “Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio. Este, pues, adquirió un campo con un salario injusto y, cayendo de cabeza, reventó por medio y se esparcieron todas sus entrañas. Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, por lo que aquel campo fue llamado en su lengua Hacéldama, es decir, “campo de sangre”. (Hch.1, 15,20).

Mucho se ha escrito y discutido acerca de estas dos versiones de la muerte de Judas y sobre si son o no contradictorias. Son perfectamente complementarias, a nuestro juicio, y no es nuestra intención meternos en un tema tan controvertido.

Nuestro deseo es ahondar en el problema de la mala conciencia, una de las cosas que Cristo vino también a sanar en los hombres que se acogen a su misericordia.

Es difícil abordar el caso de Judas. A mí, personalmente, siempre me ha resultado desconcertante a la vez que lastimoso su horrible final: presa de la mala conciencia, cae en la desesperación más absoluta y cree, equivocado, que no tiene ninguna posibilidad de redimir su falta ante Dios ni ante los hombres y termina por quitarse la vida. Absolutamente terrible. Él, que había sido uno de los doce, que había pasado tres años en compañía del Hijo de Dios en su paso por la tierra, que le había visto obrar milagros, que conocía su corazón misericordioso… Esto es una prueba palpable de lo que nos decía san Josemaría, que todos somos capaces de todos los errores y todos los horrores [i].

¿Qué ocurrió en el corazón de Judas? Este es un tema muy abordado ya en la exégesis evangélica. Pensemos que nadie se convierte en un malvado de un día para otro. Las grandes traiciones, las grandes faltas no ocurren de repente. Ya los clásicos lo tenían claro. Juvenal, el poeta satírico, nos decía que nemo repente fuit turpissimus (nadie de pronto se volvió un malvado) [ii]. Su proceso debió de ser lento y empezar por pequeños detalles y faltas no confesadas que fueron minando su alma. Como nos recordaba san Josemaría, Judas se descaminó por apartarse voluntariamente de Cristo, por no cortar, violenta y valientemente, con lo que no estaba de acuerdo con el espíritu de Dios [iii]. En efecto, todas las cosas grandes, sean buenas o malas, son el resultado, la suma de muchas otras pequeñas: cuando vemos un cuadro acabado, no pensamos en los miles de bocetos, correcciones y pinceladas que hay detrás de él; de modo similar, nadie se convierte en infiel a su mujer, en corrupto o en narcotraficante si no es después de un largo proceso de abandono personal y de falta de lucha y de sinceridad.

Si leemos con detenimiento los evangelios, da la impresión de que, en algún momento, en la vida de Judas las cosas empezaron a ir mal y su gran infidelidad se estuvo gestando largo tiempo. Es como ocurre con algunas enfermedades, que tienen un periodo de incubación antes de manifestarse abiertamente. San Juan ya nos dice que se escandalizó del gasto del frasco de perfume derramado sobre el maestro, diciendo: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando [iv]. Es muy revelador este pasaje, y delata cómo, poco a poco, Judas en secreto se iba a costumbrando a la traición y la deslealtad. Llevaba, en definitiva, una doble vida y no confesaba sus faltas ni se purificaba de ellas.

La traición en cuanto tal tuvo lugar en dos momentos: ante todo, en su gestación, cuando Judas se pone de acuerdo con los enemigos de Jesús por treinta monedas de plata; y después en su ejecución, con el beso que dio al Maestro en Getsemaní. Pero ¿por qué traicionó a Jesús? No lo podemos saber con exactitud. Una teoría alude a su avidez por el dinero; otra, a la posible envidia hacia los otros apóstoles. Otra línea de opinión sugiere una justificación de carácter mesiánico: habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de su país.

No podemos dejar de pensar que siempre hay una responsabilidad personal, que Judas en algún momento cedió a la tentación, pues solo ahí el demonio tuvo campo de actuación. Pero no siempre actuó mal. Recordemos que el mismo Jesús fue quien dio a Judas, al igual que a los demás apóstoles, la autoridad de expulsar demonios, de sanar enfermos, y de predicar. Le llamó amigo y en la última cena le dio varias oportunidades de rectificar. 

Parece claro que su grave deslealtad fue la culminación de pequeñas traiciones. Sin querer juzgarle, puede servirnos para comprender el peligro de un enfriamiento progresivo del amor de Dios.

Todos somos conscientes de que las posibilidades de perversión del corazón humano son numerosas. Pero ello no suele ser un proceso violento, comienza lentamente. Es ceder una y otra vez, dejar al maligno obrar en nuestro interior y posesionarse de él. Se empieza por la tibieza y se termina bajando los brazos y abandonando la lucha, dejando que el pecado se adueñe de nuestro ser. La tibieza, como dice el Catecismo, es la vacilación o negligencia en responder al amor divino [v], y tiene varios síntomas. Los enumera San Josemaría: “eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o cuquería el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos”  [vi]. Por el contrario, hay que dar importancia a lo pequeño, porque en los pequeños detalles es donde se manifiesta el amor de nuestro corazón. Se lee en el Cantar de los Cantares: “Cazad las pequeñas raposas que destruyen la viña” [vii]. Los pecados veniales hacen mucho daño al alma y la debilitan poco a poco para que no pueda resistir a las grandes zozobras que a menudo la asaltan. Una buena forma de evitarlo será tener un espíritu de examen habitual, sincero y hondo, que nos lleve a descubrir y a dolernos sinceramente de los pecados veniales y de las faltas de generosidad.

Pero creemos que el gran error de Judas estuvo en su falta de sinceridad, en su doble vida. Tal vez sintió vergüenza de que supieran que se llevaba dinero de la bolsa. ¡Si hubiera hablado a tiempo! Sin duda, se hubiera sanado. Él veía a diario la misericordia de Cristo. ¿Cómo no iba a tenerla con él también? Sin embargo, ese “demonio mudo” se adueñó de su interior y le fue tentando con traiciones cada vez mayores, hasta llegar a la última: vender a Cristo por treinta monedas.

“Sí, pero Judas se arrepintió y devolvió las treinta monedas”, se nos podría objetar. Aquí el griego nos puede resultar muy útil (eso le digo siempre a mis alumnos, aunque no me hacen caso…). Hay en el griego neotestamentario dos verbos distintos para expresar la noción de “arrepentimiento: μετανοέω (metanoéo) se enfoca en la voluntad y la transformación interior, hasta el punto de que acaba significando “convertirse”, “cambiar la mente” fruto del arrepentimiento profundo y sincero; mientras que μεταμέλομαι (metamélomai) se centra en la emoción y el pesar (sentir remordimiento) por algo realizado. El primero de estos verbos designa el arrepentimiento genuino que implica una transformación completa [viene de meta (cambio o más allá) y noéo (pensar)]. No se trata solo de sentir tristeza por una falta, sino de un cambio de actitud y dirección hacia Dios. Es el verbo que se utiliza en los principales momentos del evangelio, como cuando Juan el Bautista proclama: «Arrepentíos [metanoeîte] y creed en el evangelio» [viii].

Mεταμέλομαι viene de meta (cambio) y mélō (preocuparse o interesarse). Viene a significar, pues, «cambiar de sentimiento«.  Hace referencia al remordimiento, al pesar o al dolor emocional por haber hecho algo, pero no garantiza necesariamente un cambio de vida permanente. Se usa para describir el remordimiento sin una verdadera conversión. Un claro ejemplo es Judas Iscariote en este pasaje de san Mateo, quien después de traicionar a Jesús, «sintiendo remordimiento [metameletheís]», devolvió las treinta monedas. También se usa en la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña de su padre: el primero de ellos inicialmente se niega a obedecer a su padre, pero luego «arrepintiéndose» (cambia de parecer emocionalmente) y va [ix].  En resumen, metamélomai expresa el dolor o lamento por el pecado, mientras que metanoéo es el cambio radical de mente y estilo de vida. Bien lo ilustra san Pablo al decir que la tristeza vivida como Dios quiere produce arrepentimiento (metanoían) decisivo y saludable; en cambio, la tristeza de este mundo lleva a la muerte [x].

Todo parece apuntar a que Judas, pues, experimentó un dolor imperfecto, que no tocó el fondo de su alma tanto como para empujarle a la auténtica conversión, que comienza por la confesión de la culpa y la sincera petición de perdón. Pero claro, todo ello son suposiciones nuestras. Nadie sabe lo que pasó realmente por el corazón de Judas. ¡Quién sabe si Dios, en su infinita misericordia, se apiadó de él en el último momento! Esto, como tantas otras cosas, solo las sabremos cuando estemos en presencia de Dios gozando de una dicha infinita.

El hecho es que ese arrepentimiento no llevó a Judas a un hondo deseo de reparación y a una petición de perdón. Cayó en el peor de los pecados, que es la desesperación, el creer que su pecado era más grande que la misericordia de Dios. Y este fatal y terrible autoengaño le abocó al trágico fin que nos narra san Mateo. No, por favor, no pensemos que existen pecados más grandes que la misericordia de Dios.

El tema de la conciencia me apasiona, no lo puedo negar. En una entrada anterior hablamos de cómo Platón explicaba en el Protágoras que la conciencia moral (αἰδώς aidós), junto con la capacidad de discernir el bien y el mal (δίκη, díke) habían sido inculcados en todos los hombres sin excepción, con la finalidad de hacernos humanos y capaces de convivir en sociedad, ya que, sin ellos, seríamos como bestias. Es evidente que la conciencia nos humaniza. Al hacernos experimentar la desazón interior ante nuestras malas obras, nos mueve a mejorar. Cicerón lo explica muy bien: “La tristeza interior dicen que fue establecida por la naturaleza no sin gran provecho de los hombres, para que se duelan al verse en el delito (…) es mejor ser remordido por la conciencia”. Y, a continuación, no sin cierto humor, cita un verso del poeta cómico Afranio, en el que un padre, viendo que su hijo pervertido se lamenta, exclama: “Con tal de que se duela de algo, duélase de lo que sea”[xi].

Es bien cierto, el dolor por las faltas cometidas es el paso esencial para poder mejorar. Por eso decía también Séneca una de sus frases más memorables (aunque él reconoce que esta sentencia no es suya, sino de Epicuro): “El principio de la salvación es la conciencia de la culpa” [xii]. En efecto, no es posible que alguien se enmiende si previamente no tiene conciencia de que está obrando mal. Y eso, hoy en día, es bastante habitual: hay infinidad de personas que hacen mal determinadas cosas, pero creen que actúan bien. Hasta tal punto se puede deformar la conciencia.  Y hoy en día la presión del pensamiento de moda, cada vez más globalizado, acaba deformando las conciencias y haciendo que se llame mal al bien y bien al mal. También Séneca denunciaba esto: “hay quienes se vanaglorian de sus defectos.; ¿crees tú que les preocupa algo su curación a esos que cuentan sus defectos como virtudes?” [xiii]. Al leer esto, no puedo dejar de pensar en la telebasura, que ha convertido la infidelidad en un lucrativo negocio; o en los que defienden las bondades del aborto y lo consideran un avance y un derecho, etc. Sí, está claro que el maligno se esfuerza en su batalla por deformar la conciencia de las personas. Es evidente que nadie se plantea la posibilidad de enmendar su vida si no tiene conciencia de ir descaminado por ella.

El paso siguiente, cuando en conciencia sabes que estás obrando mal, es salir de ese círculo vicioso, abandonar la doble vida y abrir el corazón para que pueda ser sanado. Eso fue lo que Judas no fue capaz de hacer, por desgracia para él. Dios hubiera sanado su alma si él se hubiera dejado, en lugar de abandonarse en brazos de la desesperación.

Y la conciencia existe, por mucho que queramos acallarla o inventarnos teorías filosóficas para explicar el origen de la culpa como sentimiento. A quienes nos gusta la literatura o el cine, recordamos infinidad de obras que abordan el problema de la mala conciencia. Ya en el mundo clásico, aunque con otras connotaciones, vemos, en la Orestea de Esquilo la tortura de la conciencia que sufre Orestes tras cometer el matricidio contra Clitemnestra. Y esa mala conciencia está encarnada en las Erinias o Furias, que le persiguen sin pausa hasta que alcanza el perdón y la purificación por mediación divina. Cicerón, a propósito de estas Furias, argumenta más racionalmente cuando nos recuerda: “No vayáis a creer que quienes han cometido un delito impío y criminal son perseguidos y amedrentados por las ardientes teas de las Furias, como se ve frecuentemente en el teatro. Es su propia culpa y su miedo lo que atormenta terriblemente a cada uno; su propio delito lo que le persigue y lo llena de locura, sus malos pensamientos y los remordimientos del alma los que le aterran; esas son las permanentes e íntimas Furias de los impíos” [xiv]. También vemos claramente esa mala conciencia en la Fedra de Séneca, cuando la protagonista, consciente de los males que ha provocado al causar la muerte injusta de su inocente hijastro Hipólito, se quita la vida [xv].

Magistral también  es cómo aborda Shakespeare el tema de la mala conciencia en el drama de Macbeth; de qué manera tortura a Lady Macbeth hasta hacerla delirar y arrastrarla al suicidio a ella y a él a crímenes tras crímenes hasta hallar la muerte decapitado por Macduff.

Sí, la mala conciencia puede hacer que nos veamos envueltos en una red de mentiras para tratar de encubrir nuestras faltas no confesadas, mentiras que van formando una bola de nieve cada vez mayor, que nos fuerza a seguir esclavos de esas mentiras y de la angustia que nos genera. Magistral es un breve relato de Stefan Zweig, titulado Miedo, en el que aborda la tortura que sufre una mujer burguesa al verse chantajeada una y otra vez por una misteriosa mujer que se ha enterado de sus infidelidades matrimoniales. Pero tal vez la obra que mejor refleja el riesgo de ser esclavo de la mala conciencia sea Madame Bovary. Es desgarrador ver cómo esa mujer, la más estúpida de todas las mujeres de la literatura universal, acaba destruyendo su vida y la de todos sus seres queridos. Sí, su incurable infelicidad y su mala conciencia nunca confesada más que a sí misma acabará llevándola al suicidio.: “Pero no era feliz, no lo había sido nunca (…) cada sonrisa ocultaba un bostezo de hastío, cada alegría una maldición, cada placer un fastidio, y los mejores besos apenas sí alcanzaban a dejar en los labios el anhelo insaciado de voluptuosidades más sublimes” [xvi].  Otra mujer que sufre un destino similar es Ana Karenina, también arrastrada al suicidio por la mala conciencia de toda una vida.

Sí, la conciencia existe. Y hasta los más ateos lo reconocen. No he visto nunca un ejemplo más descarnado y terrible de sus estragos que en la novela Teresa Raquin del naturalista Zola. Zola, hostil a la religión, al catolicismo y al sentido de trascendencia refleja en esta novela, con una crudeza sumamente descarnada, el tormento al que somete a sus dos personajes, Teresa y Laurent la mala conciencia, que les arrastra a la mutua destrucción. También Blasco Ibáñez, el “Zola español”, ateo y masón reconocido, hostil a todo lo que sea religión, que se esfuerza, como Zola, en dibujarnos un mundo sin Dios en sus novelas, no puede evitar referirse a la conciencia. En La horda, al final, el protagonista, después de haber dejado morir a su compañera, Feli, se lamenta: “¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el egoísmo de no entristecerse viéndola enferma…” [xvii].

La mala conciencia permanece ahí y aflora en cualquier momento quitándonos la paz, como le ocurre a Hofmiller, el protagonista de La impaciencia del corazón, otra magistral obra de Stefan Zweig. En la última frase de esta novela lo resume todo: “Desde aquel momento sé que ninguna culpa queda olvidada mientras la conciencia tenga conocimiento de ella”.

Que la conciencia existe y no se puede luchar contar ella más que redimiéndose de las faltas cometidas lo ilustra una de las mejores novelas de la literatura universa, Crimen y castigo de Dostoievski. ¿Se puede acallar la conciencia humana con reflexiones racionales? Esta es una de las preguntas que Dostoievski busca responder con esta novela Asistimos en ella al asesinato premeditado de una vieja prestamista a manos del estudiante Raskólnikov y al remordimiento de conciencia que lo agobia después. Raskólnikov cree ser una especie de superhombre y busca justificar su acción con argumentos racionales y pretende demostrar que la conciencia no existe. Pero, después de cometer el asesinato, su mala conciencia lo arrastra poco a poco hacia una desesperación agobiante y acaba confesando su crimen…

Otra novela sumamente ilustrativa es Resurrección de Tolstoi, en la que asistimos al proceso de redención que emprende el protagonista, un príncipe ruso que, al cabo de muchos años, por una serie de circunstancias, revive e intenta reparar por todos los medios una falta cometida en su juventud contra una criada de su casa, de la que abusó y que luego se vio abocada a la delincuencia y la prostitución.

Hoy en día, por ejemplo, vemos cómo la mala conciencia ocasiona continuamente una noticia recurrente en nuestros telediarios, la del hombre que se quita la vida, desesperado después de haber asesinado a su mujer (suceso este que no es nuevo, como nos testimonia en un fragmento el poeta latino Propercio [xviii]. También hoy en día vemos cómo la mentira se ha adueñado del lenguaje político, hasta el punto de que muchos de nuestros representantes públicos son esclavos y rehenes de sus mentiras, que les obligan a seguir mintiendo y mintiendo, en un círculo vicioso difícilmente soportable. ¿Qué les dirá su conciencia cuando se quedan a solas consigo mismos?

Hagamos caso a los clásicos. Nuestro Séneca nos recordaba que «Un espíritu sagrado reside dentro de nosotros, observador y guardián de nuestras buenas y malas acciones» [xix]. Y Cicerón nos decía que “la propia conciencia (don de los dioses inmortales) no nos puede ser arrancada; si a esta la hacemos durante toda la vida testigo de nuestras buenas acciones e intenciones, viviremos sin temor alguno y con la mayor dignidad” [xx].

¡Qué importante es tener la conciencia tranquila!, poder mirar a Dios y a los hombres cara a cara sin tener que esconder la cabeza, sin nada que ocultarles y sin que nos importe lo que puedan pensar de nosotros. Al cristiano le tiene que importar lo que opine Dios de él, no los hombres. Como decía Cicerón, “mi propia conciencia me importa más que los comentarios de todo el mundo» [xxi]. Dios, que conoce el interior de nuestras almas, se goza en ver nuestra buena conciencia, ya que nos recuerda Cicerón que  “ningún teatro es mayor para la virtud  que la conciencia” [xxii].


[i] Cfr. Amigos de Dios, 162

[ii] II, 83

[iii] Vd. Forja 111

[iv] XII, 4-6

[v] Cfr. CEC 2094

[vi] Cam. 331

[vii]  2, 15

[viii] Mc, I, 15

[ix] Mt. 21, 29

[x] 2 Cor 7, 10

[xi] Tusc. IV 45

[xii] Epist. 28, 10

[xiii] Epist. 28, 10

[xiv] Rosc. Am. 67

[xv] Impresionante es su monólogo, en Fedra, 1159 ss.

[xvi]  Tercera parte, cap. 6. Ed. Tusquets, pag.324

[xvii] El intruso. La horda. Ed. Penguin, pag.645

[xviii]  II, 8, vv. 25-28

[xix] Ep. 41, 2

[xx] Clu. 159

[xxi] Att.XII, 28

[xxii] Cic. Tusc. II, 64

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