EL GRANO DE MOSTAZA

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:

“El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Mateo 13, 31-32

La parábola del grano mostaza se encuentra en los tres evangelios sinópticos, sin prácticamente variación en su breve narración [i] . En esta parábola, Jesús predice el asombroso crecimiento de la futura Iglesia. La semilla de mostaza es bastante pequeña, pero crece hasta convertirse en un gran arbusto, de hasta diez pies de altura.

En efecto, el surgimiento de la Iglesia y su pervivencia a lo largo del tiempo es algo que excede por completo el cálculo humano más optimista. Cristo solo tenía un puñado de seguidores, era un hombre humilde y sin recursos, y vivía en lo que todos consideraban una región atrasada del mundo, muy lejos de todos los círculos de poder y de cultura de su tiempo, situados en Roma, Atenas o Alejandría. La vida y la muerte de Cristo no atrajo más la atención del mundo que una semilla de mostaza tirada en el suelo junto al camino. Pero eran otros los cálculos de Dios, siempre son otros, y muy distintos a los nuestros. Ya en los Hechos se nos narra el discurso de Gamaliel en el sanedrín, cuando los judíos discuten qué hacer con los apóstoles de esta nueva religión cristiana. Y dice: “Dejad a esos hombres, dejadlos; porque si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios” [ii]. El tiempo demostraría que, en efecto, el mensaje que traían los apóstoles venía de Dios. La pequeña semilla de mostaza echó raíces, creció y las aves que anidan en ese árbol son los fieles de todo tiempo y lugar, de toda raza y cultura, de todo nivel social y económico. Entre ellos estamos tú y yo.

En otros lugares de la Escritura, el reino de Dios también se representa como un árbol. Un pasaje de Ezequiel, por ejemplo, tiene muchos aspectos parecidos a la parábola de la semilla de mostaza En esta profecía, Dios promete plantar un retoño «sobre un monte alto y sublime«. Este pequeño brote «alzará ramas, y dará fruto, y se hará un magnífico cedro; y habitarán debajo de él todas las aves de toda especie; a la sombra de sus ramas habitarán» [iii]. Esta descripción nos remonta en contraste al rey Nabucodonosor de Babilonia, tal como nos narra el profeta Daniel. Nabucodonosor soñó con un árbol que había crecido tanto que las aves del cielo se posaban en él. Sin embargo, el árbol fue cortado en un instante. La interpretación de Daniel sobre ese sueño le reveló que todos los reinos de los hombres colapsarán, incluso el del poderoso Nabucodonosor [iv].

La semilla de mostaza que era común en Palestina era la de la mostaza negra (sinapis nigra), y se cultivaba en los huertos y en los campos y aún en la cocina oriental se utiliza como condimento. La interpretación de esta parábola no resulta, creemos, difícil, aunque sí tiene una gran riqueza:

  • La interpretación más común y tradicional ve en el grano de mostaza una representación de la Iglesia Católica y su desarrollo histórico, desde sus humildes inicios hasta convertirse en un árbol frondoso donde se refugian las aves, que son los fieles de todo tiempo.
  • Algunos Padres de la Iglesia, como San Hilario y San Gregorio Magno, aplicaron la parábola directamente a la persona de Cristo. El grano de mostaza puede identificarse con Cristo mismo, quien, a través de su encarnación, muerte y resurrección, se hizo pequeño y humilde para luego ser glorificado.
  • La parábola también ilustra la acción de la gracia en el corazón del creyente. El crecimiento del grano de mostaza refleja la vida del cristiano, que comienza pequeño, pero se nutre hasta convertirse en un árbol que da sombra y refugio a otros.

También nos hace ver que Él es la fuerza en nuestra debilidad: el misterio del Reino de Dios se manifiesta en aquellos que son pobres de corazón y no confían en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios La pequeñez del cristiano o de la comunidad no es un obstáculo, sino el medio a través del cual irrumpe la fuerza de Cristo si somos fieles a su palabra.

Para explicar esta parábola vamos a glosar la homilía de un viejo misionero que escuché hace ya más de treinta años, en el día del DOMUND, pero que se me quedó hondamente grabada y no la he olvidado a pesar del paso del tiempo. Vino un misionero a dar su testimonio a la parroquia, un misionero anciano que decía haber estado en oriente, en la India y en Ceilán entre otros lugares. Y nos habló de esta parábola. Y traía un pequeño marco con el fondo blanco, que enseñó a todos los presentes. Dijo que en ese marco había pegada una semilla de mostaza. Yo, desde donde estaba, solo veía el fondo blanco de ese marquito, ya que la vista no alcanzaba a ver esa pequeña semilla. Nos dijo que él nunca había visto antes una semilla de mostaza, y que le pidió a uno de los campesinos de la zona que se la mostrase.

Y nos explicaba cómo los cristianos, tú y yo, somos muy poquita cosa, más pequeños aún que esa semilla de mostaza. ¿Qué podemos hacer? No podemos cambiar el mundo, somos débiles y tremendamente limitados. Pero somos parte de la Iglesia, a la que nos integramos el día de nuestro bautismo. Y la Iglesia es como ese árbol, un árbol siempre verde, cuyas ramas perdurarán hasta la eternidad, pero no por mérito nuestro, sino por designio de Dios.

Y ese árbol frondoso tiene millones de ramas. Cada rama es la de un cristiano fiel y consecuente, que intenta, dentro de su debilidad, echar hojas. Dios podría hacer que el mundo entero se convirtiera con solo chasquear los dedos. Pero ha querido contar con nuestra libertad y con nuestra cooperación. Somos las manos de Dios en este mundo, a veces descreído, pero siempre sediento de bien y de verdad. Y la fe se difunde no por la fuerza, ni por lo persuasivos ni inteligentes que seamos al exponer la verdad. Se transmite mostrando la belleza y el atractivo del bien, que no se impone, sino que se propone. La fe se “contagia” a los demás siendo nosotros fieles encarnadores y transmisores convencidos de ella. Sí, porque el bien, la alegría y la belleza de la verdad son atrayentes y es lo que la gente, toda la gente, está buscando a tientas ya ciegas a lo largo de su vida.

Y tú y yo somos una pequeña ramita de ese árbol. Si contagiamos la locura de la fe a una sola persona, esa rama echará brotecitos verdes. Y, a su vez, esa persona hará lo mismo con otras cercanas a él, su mujer, sus hijos, algún amigo del alma… Y esos, a su vez, lo harán con otros. Y la ramita se hará más grande, y tendrá cada vez más follaje, en una cadena de bien y de felicidad que llegará hasta la eternidad. Así es como parece que quiere Dios que se transmita la fe. Somos, pues, protagonistas de una historia de amor que empieza en nosotros y durará hasta la eternidad, a pesar de que ahora vivimos casi en tinieblas y no somos capaces de ver la trascendencia de nuestros pequeños actos de amor y de fidelidad a la palabra de Dios [v].

Decía san Josemaría que De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes [vi]. Ello es, sin duda una ilusionante llamada a la responsabilidad como cristianos.

Todo ello me recuerda al más cristiano de los poetas paganos. La Eneida de Virgilio, en efecto, es considerada a menudo como el «más cristiano de los poemas paganos«. Esta profunda conexión se debe a la visión providencialista de su autor, quien retrató a Eneas guiado por un destino superior, mostrando una abnegación, un sentido del deber, un espíritu de sacrificio y un respeto a las leyes humanas y divinas (pietas) que anticipaban la moral cristiana un siglo antes de Cristo. A diferencia de los héroes homéricos movidos por la gloria personal o el deseo de venganza, Eneas actúa como un instrumento de los dioses para fundar un imperio destinado a llevar la paz y la civilización, un sacrificio heroico que los primeros pensadores cristianos vieron como un eco de la voluntad divina. El poema está repleto de una atmósfera mesiánica. En el Libro VI, Eneas desciende al inframundo donde vislumbra la grandeza de Roma, lo que durante mucho tiempo fue interpretado por teólogos medievales como una premonición pagana de la salvación y el más allá. Figuras fundamentales de la Iglesia, como San Agustín, reconocieron la elevada moralidad de la obra, hasta el punto de que muchos eruditos de la Antigüedad y la Edad Media consideraban que el poeta tenía un «alma naturalmente cristiana». Es muy de señalar cómo, el año 1981, con motivo de la conmemoración de los dos mil años de la muerte de Virgilio, el Papa Juan Pablo II pronunció en el Vaticano un elogioso e documentado discurso, en latín, en torno a la figura y la obra del poeta latino [vii].

Eneas recibe un mandato imperativo de los dioses por boca de la sombra de Héctor la noche en que cae Troya víctima del destino. Le dice que debe huir, llevarse a cuantos troyanos pueda y marcharse en pos de una nueva Troya [viii]. Pero los dioses parecen jugar con los hombres y no le dicen en dónde va a estar esa nueva Troya. Y Eneas, fiel a su misión, aunque con dudas y altibajos humanos (por ejemplo, el episodio de sus amores con Dido es un fiel reflejo de esos rasgos profundamente humanos de Eneas, compatibles con su temple heroico), va dando tumbos por todo el Mediterráneo durante siete años tratando de averiguar cuál es ese lugar que le reservan los dioses. Será en el Libro VI, en el centro del poema, cuando Eneas se libere de todas sus dudas: tiene que descender el reino de los muertos y en el Elíseo, buscar la sombra de su difunto padre, Anquises. Allí, entre los eternos bienaventurados, se encuentra Anquises. Es conmovedor el intento de abrazo que lanza por tres veces Eneas a la sombra de su padre [ix] . Más a delante, Anquises hace desfilar ante los ojos de Eneas las imágenes de sus futuros descendientes y de los personajes gloriosos de la futura Roma, que vivirán, algunos de ellos, más de mil años después [x]. Eneas, al fin, toma conciencia de la grandeza de su misión y experimenta una profunda catarsis y, a su salida del reino de los muertos, es ya otra persona diferente, que se ha desprendido de todas sus inseguridades y ha purificado sus debilidades humanas. Ha tomado conciencia de que, de su fidelidad a la voluntad de los dioses dependen cosas muy grandes, en este caso, la existencia misma de la futura Roma (según la cronología mítica, entre Eneas y sus descendientes, Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, median unos 400 años. Pero Eneas es el eslabón necesario para que todo ello sea posible).  Eneas tuvo la fortuna de poder contemplar por anticipado las consecuencias que se iban a derivar, en el futuro, del cumplimiento fiel de la misión a él encomendada. Tú y yo, no lo dudes, lo comprobaremos en el cielo. Mientras tanto, nos toca esperar, perseverar y no desalentarnos.

Recuerdo que, al acabar la misa celebrada por aquel anciano misionero, me acerqué a la sacristía y le pedí que me enseñara el grano de mostaza, ya que, desde mi sitio, no había alcanzado a verlo. Y vi que era muy, muy diminuto, y sentí una profunda vergüenza en mi interior.  Y recordé el consejo evangélico: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza…» [xi]. Sí, tenemos poca fe y tenemos que pedirle al Señor, como los discípulos: “Señor, auméntanos la fe[xii].

Esta parábola es una llamada a la fe y la paciencia En los momentos de oscuridad o dificultad, cuando la historia parece ir en contra de los designios divinos, los creyentes debemos permanecer anclados a la fidelidad a Dios y a su presencia salvadora. Esta conciencia sostiene al cristiano en la fatiga diaria, especialmente en situaciones difíciles, recordando el principio atribuido a San Ignacio: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo luego que en realidad todo depende de Dios”.

Otra lección de esta parábola es que no se debe despreciar lo pequeño. Las acciones de bien, aunque parezcan insignificantes, están llenas de vida y tienen el potencial de una expansión incalculable. La mano de Dios actúa silenciosamente en el curso de nuestra historia. El reinado de Cristo crece de forma misteriosa y sorprendente, revelando el poder oculto del pequeño grano. La autenticidad de la misión de la Iglesia no se mide por el éxito o los resultados inmediatos, sino por el coraje de la confianza y el abandono en Dios.

En resumen, la parábola del grano de mostaza es una poderosa afirmación de la omnipotencia de Dios manifestada a través de la humildad y la pequeñez, garantizando la victoria final del Reino sobre las dificultades del mundo. Recordemos las palabras del papa León XIV en su primera alocución en el balcón al ser nombrado papa: “El mal no vencerá”.

Jesús quiere que seamos como un grano de mostaza. El Reino de Dios es así: cuando abrimos nuestro corazón a Jesús, una semilla llamada fe entra dentro de nosotros y con el tiempo, escuchando a Dios, se va transformando lentamente. Los pequeños gestos de amor hacia los demás dan buenos frutos y hacen crecer el amor entre las personas que nos rodean. Nada se pierde, y Dios, que es buen pagador, es testigo de nuestras buenas obras y nuestros buenos deseos, aunque nosotros, al igual que el Eneas de la primera parte del poema virgiliano, vivamos a veces inmersos en la duda y a veces también, en el desánimo.


[i] Vd.  Mt. 13:31-32;  Mc. 4:30-32;  Lc. 13:18-19

[ii] Hch. 5, 38-39

[iii] Ez. 17, 22-24

[iv] Vd. Dan. 4, 1-37

[v] Recientemente se ha publicado un documento por parte de la Comisión Teológica Internacional titulado Quo vadis, humanitas?, conmemorando el 50 aniversario de la Gaudium et spes. En su punto 101 explica maravillosamente el concepto de vocación cristiana y lo define “una invitación a formar parte de una historia de amor”.  Remitimos al lector a leer esas páginas, en especial los puntos 99-103. No dejen de hacerlo, por favor.

[vi] Cam. 755

[vii] Vd.. el artículo de  Antonio Arbea “Virgilio según Juan Pablo II” (ONOMAZEIN 8 (2003): 233-245)

[viii] Vd. Aen. II 268-295

[ix] Aen. VI, 700-702

[x] Aen. VI 752 ss.

[xi] Mt. 17, 20

[xii] Lc. 17,5

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