Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará en tu ayuda, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoras. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí que vinieron ángeles y le servían.
(Mateo IV,1-11)
Nos narra san Mateo los inicios de la vida pública de Cristo, primero refiriéndonos su bautismo. Tras él, dedica un tiempo a su preparación: cuarenta días de oración y ayuno en el desierto. Nos enseña esto a nosotros una idea que bien conocemos y es que todas las decisiones importantes y trascendentes de nuestra existencia deben ser maduradas y examinadas en la oración. Es en la oración en donde somos capaces de atisbar cuál es la voluntad divina para con nosotros. Bien nos lo recuerda san Josemaría: No tomes una decisión sin detenerte a considerar el asunto delante de Dios [i] . Y tengamos en cuenta también que, si alguna vez no terminamos de ver claro, siempre podemos consultar a alguna persona de criterio y de confianza, que nos puede ayudar a ver más certeramente cuál es la mejor opción.
Cristo pasa cuarenta días de ayuno y oración en el desierto. Tras ese período tan prolongado, experimenta las limitaciones inherentes a su naturaleza humana. No olvidemos que Dios no negó a su Hijo el dolor, el cansancio, el hambre o la sed: se hozo igual a nosotros excepto en el pecado [ii].
Y es en ese momento, en el que se siente débil y cansado, cuando le asalta el tentador (ὁ πειράζων). Πειράζω significa en griego “poner a prueba”, pero también “someter a tentación, seducir, inducir a pecar” Es el mismo verbo que vemos aparecer en otros momentos clave de la Escritura, por ejemplo, en el pasaje de Génesis 22 en el que Dios somete a prueba la fe de Abraham diciéndole que sacrifique a su hijo Isaac. En el pasaje del evangelio que estamos comentando, se utiliza este mismo verbo en el sentido segundo de “seducir, tratar de atraer al pecado”. Y por ello, a satanás le denomina como “el tentador”.

Es interesante reflexionar brevemente sobre la esencia misma de la tentación. El apóstol Juan en su primera epístola nos dice que se manifiesta en tres formas diferentes: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida y estas no provienen del Padre, sino del mundo [iii]. En estos versículos se nos presentan las tres formas en las que el ser humano es tentado, es decir, puede ser tentado a través de los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida. Por tanto, el tentador intentará atacarnos por tres vías, y así lo ha hecho desde el principio del tiempo y lo sigue haciendo hoy también. Por ejemplo, si leemos la historia de la caída del hombre en el libro del Génesis podremos ver que las tres seducciones estaban presentes en la tentación que la mujer experimentó: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió, así como ella” [iv]. Si somos cuidadosos en leer, nos daremos cuenta de que el árbol era bueno para comer (deseos de la carne), además de que el fruto era agradable a los ojos (deseos de los ojos) y que el árbol era codiciable para alcanzar la sabiduría (soberbia de la vida). De esta forma vemos las tres seducciones de 1 Juan 2.15-16 presentes en la tentación de Adán y Eva, y en general, así nos tienta a diario a ti y a mí.
También a Cristo, el nuevo Adán, en el desierto, se le tienta de igual manera, solo que sin éxito, por supuesto: Di a estas piedras que se conviertan en pan (concupiscencia de la carne) / El diablo… le mostró… todos los reinos de la tierra (concupiscencia de los ojos) / Échate de aquí abajo… (soberbia de la vida)

Los hombres somos sometidos a pequeñas tentaciones múltiples veces a lo largo de nuestro día a día. En efecto, pensemos, por ejemplo, cuántas tentaciones de pereza hemos tenido hoy mismo (yo, sin ir más lejos, desde que sonó el despertador esta mañana); igualmente nos tienta a cada momento la ira, el mal humor, la comodidad, la gula, … La existencia del hombre está entretejida de continuas luchas que hacen que la vida del cristiano se convierta en milicia. Tenemos que luchar contra el fomes peccati que tira de nosotros para abajo continuamente. De este aspecto hablaremos más en concreto en otras entradas de este blog.
Los clásicos hablan hasta la saciedad de este tema y de cómo los hombres debemos ejercitarnos en esa ascesis que nos haga fuertes frente a esas innumerables tentaciones y cantos de sirena que nos llaman a cada momento y tratan de seducirnos. ¡Qué bien lo explica Séneca!: Tales voces deben evitarse no de modo distinto a aquellas que solo quiso Ulises oír cuando pasaba atándose al mástil de su nave. Producen el mismo efecto: nos apartan de la patria, de los padres, de los amigos, de las virtudes y nos empujan a una vida torpe y vergonzosa, si no pasamos de largo (…) Este objetivo lo podremos conseguir si tenemos en cuenta que existen dos clases de realidades: las que nos atraen y las que nos repelen. Nos atraen, sin duda, las riquezas, los placeres, la belleza, la ambición y las restantes cosas engañosas y agradables; nos repelen el trabajo. La muerte, el sufrimiento, la deshonra pública y las estrecheces de la vida. Por lo tanto, debemos ejercitarnos, a fin de no temer estas penalidades y no codiciar aquellas ventajas [v].
Estas tentaciones las conocemos de sobra y las experimentamos en nuestro día a día. Pero hay otras tentaciones que son, tal vez, más peligrosas. Nos referimos a las que atacan a nuestra fe y, lo que es peor, a nuestra esperanza, tratándonos de sembrar en nosotros la duda y el desánimo. Contra ellas debemos andar muy prevenidos.

En efecto, también nosotros, a veces, nos hallamos em nuestro particular desierto. Recuerdo haber hablado de ello con un amigo mío, profesor de Religión en la escuela pública, lugar este en donde no es siempre fácil transmitir la fe. En efecto, no es inhabitual en nuestro devenir cotidiano que nos asalte el desánimo, la impotencia, el pesimismo o la sensación de que todos nuestros esfuerzos son estériles. Por ejemplo:
- Si vamos un día a Misa de diario y vemos que solo están ahí las cuatro ancianitas de siempre… y nadie más.
- Si echamos un vistazo a los problemas de la sociedad y nos sentimos impotentes para atisbar siquiera a comprender por qué es tan profunda la huella del mal en un mundo creado por Dios.
- Cuando vemos cómo hay tanta gente que vive de espaldas a Dios y no parecen tener la más mínima preocupación por ello, ni intención de cambiar su actitud, ni tampoco la necesidad de planteárselo siquiera.
- Cuando organizamos alguna actividad de apostolado o evangelización y vemos la escasa adhesión que despierta nuestro empeño.
- Cuando vemos el tan escaso interés que despierta la palabra de Dios entre nuestros alumnos, familiares, amigos o compañeros.
- Cuando contemplamos nuestras personales miserias y vemos que estamos atascados siempre en las mismas tendencias y que parece que llevamos años y años sin progresar ni ver un avance.
Es en esos momentos cuando nos sentimos como el jardinero que siembra en el desierto, donde nada crece ni echa raíces. En esos momentos en que somos presa del desánimo y el pesimismo, es muy probable que nos asalten tentaciones de diversos tipos. En ese desierto del cansancio, el desánimo y el pesimismo es donde suelen aparecer las tentaciones. Cuando tenemos baja la guardia es el momento que aprovecha el tentador para sembrar en nosotros dudas de fe: “¿Y si al final resulta que esto de la fe es un cuento chino?”. “¿Y si el equivocado soy yo y no todos aquellos que viven como si Dios no existiera?”. “Si Dios existe, ¿por qué no le veo actuar en mi vida y en el mundo?”
Pero también suele ser entonces cuando nos surgen las tentaciones propias de la concupiscencia, que proyectan en nosotros deseos sensuales de placeres, comodidad, caprichos y demás futilidades vanas que no son otra cosa que compensaciones pasajeras y momentáneas con las que intentamos consolar nuestra desazón interna.
Otras veces, es la imaginación la que nos hace viajar a absurdos mundos irreales en donde nosotros somos los protagonistas de hazañas y éxitos increíbles (soberbia de la vida) que nos transportan a una realidad paralela y más grata que el desierto en el que nos hallamos.
Y es muy peligroso que, cuando estamos en nuestro particular desierto, nos olvidemos de la ayuda divina y lleguemos a desesperanzarnos a la vista de nuestras debilidades y miserias, al ver cómo, a pesar de llevar tantos años de seguimiento de Cristo, nos vemos tan a menudo luchando contra las mismas pasiones y sin atisbar a ver que las vamos superando.
Pero tengamos muy presente que la tentación induce al hombre a pecar y el pecado produce muerte: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” [vi]. De esta forma el resultado final de la tentación, cuando el hombre cede a ella, es pecado, muerte, apartamiento de Dios, esterilidad e infelicidad. Vemos la enorme similitud que existe entre las tentaciones de Adán y las de Jesús, con la diferencia de que Jesús salió victorioso: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” [vii].
Pensemos que, en la dinámica de la tentación actúan tres personas: nosotros, el tentador… y Dios. Nosotros solos somos débiles, pero, unidos a Dios, podremos salir siempre airosos. Dios no anula nuestra libertad; tan solo desea que apelemos con la oración a su ayuda, que nunca nos faltará. No nos fiemos de nosotros mismos y, cuando nos hallemos en nuestro particular desierto, hagamos todo lo posible por salir lo antes posible de él. No nos autocompadezcamos ni nos recreemos en nuestras miserias ni dialoguemos con las tentaciones. El tentador quiere que le miremos a él y no a Dios. En la lucha cuerpo a cuerpo contra el tentador, sabemos muy bien, por experiencia, que tenemos siempre las de perder. De espaldas a Dios se esfuma toda nuestra fortaleza, no lo olvidemos.

San Josemaría no animó mil veces en sus escritos y en su predicación a luchar, con la ayuda siempre presente de Dios, contra las tentaciones, que no son otra cosa que una muestra de nuestra propia y natural debilidad de criaturas [viii] .Nos habla también de las tentaciones como ocasiones para vencer el mal, con la gracia de Dios, y crecer en la virtud, sobre todo en la humildad: “¡Gracias Señor, porque –al permitir la tentación– nos das también la hermosura y la fortaleza de tu gracia, para que seamos vencedores! ¡Gracias, Señor, por las tentaciones, que permites para que seamos humildes!” [ix]
Solos no podemos nada; pero, con la ayuda de la gracia de Dios, podremos enfrentarnos a las tentaciones y salir victoriosos de ellas. Bien nos lo ilustra Calderón en una maravillosa obra, El mágico prodigioso, uno de sus más brillantes dramas religiosos.En él se nos escenifica la historia legendaria de los mártires Cipriano y Justina. Cipriano, aún pagano, ama a Justina, que rechaza a todos sus pretendientes, también a él. Desesperado por conseguir su amor, vende su alma al diablo para conseguirlo. El demonio, tras haberse ganado a Cipriano, trata de tentar a Justina para atraerla al amor carnal y apasionado de Cipriano. Mas ella se resiste a él y a su influjo gracias a su libertad fortalecida por la gracia de Dios. Esta es la magistral escena de la tentación, en la jornada III de la obra, en la que el demonio no logra su objetivo de vencer a Justina:
JUSTINA ¿Quién eres tú que has entrado
hasta este retrete mío,
estando todo cerrado?
¿Eres monstruo que ha formado
mi confuso desvarío? 260
DEMONIO No soy sino quien, movido
de ese afecto que tirano
te ha postrado y te ha vencido,
hoy llevarte ha prometido
adonde está Cipriano. 265
JUSTINA Pues no lograrás tu intento;
que esta pena, esta pasión
que afligió mi pensamiento,
llevó la imaginación
pero no el consentimiento. 270
DEMONIO En haberlo imaginado
hecha tienes la mitad;
pues ya el pecado es pecado,
no pares la voluntad
el medio camino andado. 275
JUSTINA Desconfiarme es en vano,
aunque pensé; que aunque es llano
que el pensar es empezar,
no está en mi mano el pensar
y está el obrar en mi mano. 280
Para haberte de seguir
el pie tengo de mover,
y esto puedo resistir;
porque una cosa es hacer
y otra cosa es discurrir. 285
DEMONIO Si una ciencia peregrina
en ti su poder esfuerza,
¿cómo has de vencer, Justina,
si inclina con tanta fuerza
que fuerza al paso que inclina? 290
JUSTINA Sabiéndome yo ayudar
del libre albedrío mío.
DEMONIO Forzarele mi pesar.
JUSTINA No fuera libre albedrío
si se dejara forzar. 295
DEMONIO (Tira della y no puede moverla.)
Ven donde un gusto te espera.
JUSTINA Es muy costoso ese gusto.
DEMONIO Es una paz lisonjera.
JUSTINA Es un cautiverio injusto.
DEMONIO Es dicha.
JUSTINA Es desdicha fiera. 300
DEMONIO ¿Cómo te has de defender
si te arrastra mi poder?
(Tira con más fuerza.)
JUSTINA Mi defensa en Dios consiste.
DEMONIO (Suéltala.)
Venciste, mujer, venciste
con no dejarte vencer
Justina dijo que no a la tentación, aferrándose al santuario, infranqueable para el tentador, de su libertad guiada por la gracia de Dios. Así también nosotros, que no somos nada, podemos alcanzar la victoria si permanecemos fieles a Su palabra.
«Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían». Es el primer triunfo en la primera batalla en el interior de Cristo y vence. Los ángeles, que también habían vencido, se alegran con su triunfo y le consuelan. Pero la suerte está echada; las batallas seguirán de un modo casi continuo hasta el final, especialmente en la Pasión. También nosotros somos y seremos tentados en numerosas ocasiones a lo largo de nuestra vida. Y no olvidemos que disponemos también de otro maravilloso auxilio: el de nuestra madre, la santísima Virgen, que no se cansa de interceder por nosotros.
[i][i] Cam. 266
[ii] Heb.4,15
[iii] 1 Juan 2.15-16
[iv] Gen. 3.6
[v] Luc. 123, 12-13
[vi] Santiago 1,13-15
[vii] Rom. 5:18-19
[viii] Cfr. Es Cristo que pasa 160
[ix] Forja 313


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