¿PARA QUÉ SIRVE LA FE?
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta (Mt, XVI, 24-27)
Recuerdo a doña Pilar, la profesora de Arte griego y romano que tuvimos en nuestro último año de carrera. El primer día de clase nos preguntó, con mucho énfasis: “A ver, ¿para qué sirve el arte?” Nos quedamos un poco perplejos, sin saber qué responder, o sin saber siquiera si debíamos responder a esa pregunta retórica. Pero ella, también con mucho énfasis y no sin cierta gracia, nos respondió: “¡Para nada, el arte no sirve para nada!”. La pregunta y la respuesta en sí eran ya una provocación. En efecto, es bien cierto que el mundo podría perfectamente haber existido sin el Partenón, la Ilíada, las Meninas, la Traviata o el Quijote.
Claro que, si nos ponemos así, podríamos borrar de la faz de la tierra otras muchas cosas que tampoco son estrictamente necesarias para el ser humano: por ejemplo, la televisión (hasta hace poco más de sesenta años la gente vivía perfectamente sin ella); el teléfono móvil (yo mismo viví sin él los primeros treintaitantos años de mi vida y créanme, sigo vivo) … La lista de cosas prescindibles que hemos convertido en necesarias e inseparables de nuestra vida es interminable: la pizza, las hamburguesas, los helados, la Coca Cola, el aire acondicionado, la ropa de marca, el after shave, la cerveza, el café, el tabaco, los videojuegos, los like de las redes sociales, las redes sociales, etc., etc. La lista, en efecto, podría ser interminable.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma? Esta es una pregunta con mucha miga que nos hace Cristo a todos. Y nos está preguntando por lo importante, por lo que de veras es importante, tal vez por lo único importante que hay en nuestra vida. Mucha gente no se hace esta pregunta, y, contrariamente a lo que se podría pensar, es una de las más serias porque de su respuesta surge todo un arte de vivir, todo un enfoque mismo de la vida.

Y es que el concepto mismo de útil es bastante difuso y escurridizo. Llamamos útil a todo aquello que reporta beneficios. Sí, pero ¿qué es un beneficio? Evidentemente, un beneficio es un bien, del tipo que sea. Las cosas útiles lo son porque aportan algún bien, por supuesto. Y también porque contribuyen a aliviar alguna de las necesidades básicas del ser humano. Pero el ser humano no es solo un cuerpo cuyas necesidades materiales han de verse satisfechas. Mucha gente solo considera útil aquello que reporta algún bien tangible, contante y sonante, que se pueda concretar, casi siempre, en dinero. Parece que lo que no da dinero no es útil. Por eso, los estudios de Humanidades no están casi cotizados a día de hoy.
Sin embargo, el hombre es mucho más que materia y, por eso, la fe viene a ponernos frente a nosotros mismos, nos hace interrogarnos acerca de esas preguntas que todos nos hacemos y que tienen que ver con el sentido mismo de nuestra existencia. El papa san Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio diagnosticaba como uno de los puntos más definitorios del estado del hombre contemporáneo lo que él denominaba la crisis del sentido. Afirmaba, de hecho: lo que es aún más dramático, en medio de esta baraúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, es que muchos se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido. La pluralidad de las teorías que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo [i].
Nos dice, en una sentencia lapidaria también que, en muchos sectores del pensamiento moderno, y también en la concepción misma que de la vida transmite tanta gente que convive con nosotros en el día a día, el drama de tantas personas radica en que viven sin certezas: el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre debería ya aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz [ii] . Por otra parte, el nivel de bienestar material de la sociedad opulenta occidental es cada vez mayor, paradójicamente, de manera que cada vez más hombres y mujeres de nuestro primer mundo viven muy bien, pero no saben ya por qué ni para qué viven.
Ello ya lo advertía Marco Aurelio hace mucho tiempo: El que no sabe lo que es el mundo, no sabe en dónde está. Y el que no sabe para qué ha nacido, tampoco sabe quién es él ni qué es el mundo [iii].
Cuando charlamos con amigos y compañeros de trabajo, tal vez en alguna ocasión ha surgido el problema de la fe. Y uno de los problemas y de las situaciones más difíciles de afrontar es tratar de hacerles ver para qué sirve la fe. Mucha gente vive al margen de ella y, sin embargo, no parece verse interpelado por ella. Son personas que, en muchos casos, llevan una vida más o menos plena, que tienen una familia estable, que son honestos y cumplidores de su deber, que no hacen mal a nadie… Son, de hecho, tan buenas personas como nosotros, si no mejores.
“¿Para qué me sirve a mí la fe?”, me preguntaba un amigo mío, filósofo ateo él. ¿Qué puede aportarme? Vosotros los creyentes no podéis soportar que vivir al margen de la fe sea posible. No tenéis el monopolio de la felicidad ni de la verdad. Pero yo te aseguro que el vivir sin fe sí que funciona, aunque tú no lo creas. Yo vivo sin ella y no la echo en falta. Si así fuera, iría contigo a la iglesia.
Es cierto que la fe no es útil porque nos aporte éxito, belleza, dinero o beneficios materiales. Tampoco nos arregla nuestros problemas cotidianos. Todos los conversos adultos tienen que afrontar los mismos problemas en su vida diaria que tenían el día antes de convertirse. Nada ha cambiado. Entonces, ¿qué tipo de utilidad nos aporta la fe? Muy sencillo: nos hace mirar todas las situaciones de nuestra vida desde otra perspectiva, la de Dios y la de la eternidad.
La preocupación normal de la población mundial es organizarse, individual y colectivamente, para pasar lo mejor posible el tiempo de su existencia. ¿Hay algo más normal? Los cristianos, en la medida en que viven en este mundo, tienen la misma preocupación. Desde esta perspectiva, lo que cuenta es tener éxito, ser feliz, tener un buen trabajo, una familia estable, suficiente dinero para vivir bien, tener una cierta condición social, una vida interesante, buena salud y, si es posible, una larga vida, tener ventajas y tan pocas desventajas como sea posible.
Ninguna de estas preocupaciones es condenable. Y nadie podría culpar a la persona que puede, siendo lo más honesto posible, hacer todo lo posible para vivir bien.
Desde esta perspectiva, es obvio que se tenderá a buscar todo lo que pueda servir para este éxito social y personal y se evitará todo lo que pueda perjudicarlo. ¿Ya hemos alcanzado con ello el bien supremo, como decían los filósofos clásicos? ¿Éste, pues, consiste en la suma de salud, bienestar y éxito?
Y todo lo que no contribuya activamente a su adquisición será menospreciado y puesto en el cajón de la inutilidad. Y, dentro de ello está la fe. Esta pasa a ser algo respetable, en lo que creen algunas personas a las que les va bien como creyentes, pero que no debe ser algo impuesto ni generalizado, ni tampoco sufragado o alentado por el Estado. Es una opción individual de algunas personas a título meramente personal.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma?, nos vuelve a preguntar Cristo. En todo este pasaje evangélico la palabra vida en la versión latina es anima, traducción de san Jerónimo del griego ψυχή (alma). De hecho, en muchas traducciones castellanas de este pasaje se traduce siempre alma, en vez de vida. A mí, personalmente, me gusta más traducir ψυχή por alma. Creo que es mucho más atinado en castellano este significado en este contexto.

En efecto, las personas hacemos grandes sacrificios por obtener las metas que nos proponemos, sean del tipo que sean. A todos nos atrae el éxito en la vida profesional, o personal. Pero, podríamos preguntarnos: ¿de veras alguien alcanza esas metas soñadas? La experiencia de la vida nos enseña que casi nunca las cosas salen como las habíamos planeado. Y, aunque gocemos de la gloria y el reconocimiento por haber obtenido ocho balones de oro (como Messi) o el Premio Nobel, o lo que sea, el hombre siempre seguirá preguntándose qué sentido tiene todo ello. Y lo que es bien cierto: ninguna satisfacción de orden material es capaz de colmar el corazón y los anhelos más profundos que Dios ha puesto en nuestro interior.
Valemos lo que vale nuestra alma, entendida esta como el santuario más íntimo, como el centro de nuestra persona. Sobre este aspecto me parecen muy hermosas las palabras del papa francisco en su encíclica Dilexit nos, especialmente en los capítulos iniciales, en los que reclama volver a lo esencial: En este mundo líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad actual el ser humano corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo. El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar [iv].
Es una enseñanza socrática (como casi todo en la filosofía moral) la indiscutible primacía del alma sobre el cuerpo. Es muy hermoso leer sus palabras en el Critón o en la Apología. Y esta creencia irrenunciable luego hizo escuela. ¡Qué acertado es lo que nos dice Séneca: eso sí que es dar por entero en el blanco!: Recibe un alma mejor que la que me diste [v]. Eso es lo que tendremos que decir al Creador el día que nos llame a su presencia. Y es que, muy a menudo, como nos recuerda Séneca en otro pasaje, los hombres morimos perores de como nacemos. Y ello es culpa nuestra, no de la naturaleza. Ella tiene razón al quejarse de nuestra conducta y decirnos: “Os engendré sin pasiones, sin temores, sin superstición, sin perfidia y sin los restantes vicios. Salid como habéis entrado [vi]. En efecto, lo único bueno es aquello que contribuye a mejorar nuestra alma [vii].
Cristo en este pasaje no nos invita a buscar el éxito, sino el sacrificio; nos invita a coger la cruz de cada día. Lo que Él está buscando para nosotros es el Cielo. Lo que nos promete es un lugar en él con Su Padre. Lo que nos ofrece es un lugar en su banquete de bodas celestial. Y para llegar hasta allí, el camino que nos ofrece pasa por una puerta estrecha (¡lo que significa que el equipaje no pasa!), es una vida de renuncia (está prohibido mirar atrás). Es una vida “imposible para los hombres, pero posible para Dios” [viii].
Tenemos, pues, que cambiar nuestras coordenadas de vida y pensar que, a veces, pedimos a Dios que cambie nuestra situación sin saber que Él nos ha puesto en esa situación para cambiarnos. Cristo nos invita a vivir de otra manera. No nos dice que nos desentendamos de los problemas y las necesidades del mundo, sino que las veamos con ojos de eternidad. Nos enseña a no estar apegados a esta tierra y sus halagos, que nos van a dejar siempre insatisfechos. Nos anima a ser distintos, a no ser como borregos que no piensan. Escuchemos algunos consejos que nos daba Séneca al respecto en su breve tratado De vita beata:
Nada, pues, es más importante que no seguir, al modo de las ovejas, al grupo de los que van por delante, caminando no hacia donde se debe ir, sino hacia donde todo el mundo va [ix]
Busquemos, pues, qué es lo mejor de hacer, no qué es lo más acostumbrado, y qué es lo que nos coloca en posesión de la bienaventuranza eterna y no qué agrada al vulgo, pésimo intérprete de la verdad [x].
Sí, los cristianos hemos de esforzarnos por ser un poco distintos al resto de las personas que nos rodean. Tiene que notarse que tenemos una razón por la que dar el corazón y la vida. No debemos mimetizarnos con el ambiente y diluirnos en él. Hemos de intentar dar nosotros un buen ambiente a nuestro alrededor, sembrarlo todo de ese bonus odor Christi [xi] que tanto nos aconsejaba san Josemaría. Recuerdo haberle visto en un video del año 1972, grabado en el colegio Senara de Madrid, y decir que esperaba que, gracias a la formación humana y cristiana que se imparte en dicho colegio “hacer felices a muchas familias en la tierra y, además, lograr que lleguen al paraíso, a la vida eterna”. En efecto, Dios nos quiere felices en la tierra, a pesar de las dificultades (la cruz), quiere que colaboremos con Él en la extensión de su mensaje. Y, como premio a nuestro esfuerzo, nos recompensará con la vida eterna. Esas han de ser las metas de un cristiano, y no el éxito o la gloria que nos pueda ofrecer el mundo. Aunque esta gloria humana, por supuesto, no es mala en sí misma.

San Agustín, al inicio del Libro XIX del De civitate Dei nos dice, citando una obra perdida del erudito Varrón, contemporáneo de Julio César, que, en la búsqueda del summum bonum, el bien supremo, era tanta la discusión por parte de las diferentes escuelas filosóficas, que se podían llegar a plantear, ateniéndose a todas las posibles combinaciones, hasta 288 posibilidades y escuelas distintas de pensamiento. ¿Cuál es, pues, ese bien supremo al que debemos tender y que puede colmar todas nuestras expectativas de felicidad?
Nos dice a continuación que “en filosofía no se indaga sobre el bien supremo de las plantas, ni de los animales, ni de Dios, sino del ser humano. Y creemos que debe indagarse qué es el propio hombre [xii]. Después, nos dice que el ser humano está compuesto de cuerpo y de alma: no es solo cuerpo ni sola alma, de modo que el hombre ha de conjugar armónicamente el bien del cuerpo y el del alma, lo divino y lo humano, como lo encarnó Jesucristo, Dios y hombre al mismo tiempo. “Cristo enseña el hombre al hombre” nos decía san Juan Pablo II. En Él se da la perfecta conjunción de lo humano y lo divino y por eso, Él es el único modelo que debe inspirarnos.
Y san Agustín, cerrando el debate secular sobre el bien supremo, nos dice que, si se nos pregunta acerca del supremo bien y del supremo mal, responderá que “el bien supremo es la vida eterna y la muerte eterna es el mal supremo; por lo tanto, debemos vivir correctamente por alcanzar aquella y evitar esta”[xiii] .
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma? Nos queda claro, pues, cuál es la meta más elevada, el bien más alto al que podemos aspirar. Merece la pena tomar conciencia de ello. Ya lo dice la sabiduría popular: “Al final de la jornada, el que se salva, sabe; y el que no, no sabe nada”.
Por tanto, la fe es útil; es, de hecho, lo más útil que puede haber en esta vida, ya que nos permite aspirar a la meta para la que hemos sido creados:
- Si tienes fe, sabes quién eres (una criatura que existe solo por la bondad de Dios); si no tienes fe, desconoces tu verdad más íntima.
- Si tienes fe, sabes para qué vives (para hacer el bien y mejorar tu alma haciéndola grata a Dios); si no tienes fe, la vida puede que sea para ti un sinsentido y no sabrás hacia dónde dirigir tus esfuerzos e ideales.
- Si tienes fe, afrontarás con esperanza las dificultades de esta vida; si no tienes fe, la vida te puede llegar a parecer una cuesta arriba que no lleva a parte alguna.
- Si tienes fe, sabrás dar un sentido a todas las cosas que suceden y han sucedido en tu vida; si no tienes fe, serás como un barquito a la deriva, al que le llevan los vientos unas veces aquí, otras veces allá.
- Si tienes fe, sabrás aceptar y dar un sentido al dolor, la enfermedad o la muerte, que son inseparables de nuestra vida; si no tienes fe, te rebelarás en vano enfrentándote al misterio.
- Si tienes fe, tendrás alegría auténtica en lo más hondo de tu alma; si no tienes fe, tan solo te divertirás de vez en cuando.
- Si tienes fe, tendrás paz en tu interior; si no tienes fe, vivirás en guerra contigo mismo y con la vida.
- Si tienes fe, sabrás distinguir, con la ayuda de Dios, qué es lo bueno y lo malo para tu vida en cada momento; si no tienes fe, te dejarás llevar por lo que esté de moda o por lo que todo el mundo haga.
- Si tienes fe, en definitiva, tu vida tendrá un sentido, una meta, un objetivo; si no tienes fe, como recordaba san Juan Pablo II, no sabrás por qué ni para qué vives.

[i] Fides et ratio 81
[ii] Fides et ratio 91
[iii] VIII, 52
[iv] Dilexit nos, 9
[v] Tranq.an. XI, 3
[vi] Ep. Luc. XXII, 15
[vii] Ep. Luc. LXXVI, 17
[viii] Lc. 18,27
[ix] 1,3.
[x] 2,2
[xi] cfr. 2 Cor. 2, 15
[xii] XIX, 3
[xiii] XIX, 4


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