MANDATUM NOVUM
Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. (Jn.13, 34-35)
Cristo pronuncia estas palabras a los apóstoles en el preámbulo de su pasión. Lo hace tras haber procedido a lavarles los pies y celebrar la última cena, después también de que Judas haya abandonado la reunión. De hecho, en la celebración del Jueves Santo se canta esta letra durante el lavatorio de pies.

Nos hallamos ante la mayor revolución de la historia, ante un absoluto cambio de paradigma. Cristo predica cosas que, a ojos de mucha gente de su tiempo, resultaban incomprensibles. En efecto, el mandamiento del amor entre los hombres, incluidos los enemigos o aquellos que nos hacen mal, es algo que chocaba profundamente con la mentalidad del mundo antiguo. Por ejemplo, en los Discursos dobles, escritos por un sofista anónimo del s. V a.C., se afirma con la mayor naturalidad lo siguiente: “Es bello hacer el bien a los amigos, mientras que es feo hacer el bien a los enemigos”[i]
Claro que para los judíos y para los discípulos este mandamiento era menos chocante, sin duda. En efecto, todos los judíos observantes de la ley se sabían de memoria este pasaje del Deuteronomio, que recitaban a diario: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”[ii].
También a lo largo de los evangelios Cristo ha hablado ya del amor y lo ha reflejado con sus obras en infinidad de ocasiones. El propio Juan lo recoge al inicio de su evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna”[iii]. También, al preguntarle un fariseo, con intención de ponerle a prueba, cuál es el mandamiento más importante de la ley, le responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”.[iv]
AMOR…. ¡Qué palabra tan complicada!, ¿verdad? ¿Alguien se atrevería a definirla? Sin embargo, la usamos a todas horas. Ahora mismo, nos resultaría muy difícil recordar una novela o una película en la que no esté presente el amor. En efecto, el amor es omnipresente, lo tenemos en todas partes, es una de esas palabras talismán (como decía el profesor López Quintás) que se usan a todas horas y que sirven para vender cualquier cosa y cualquier idea, ya que todo el mundo reconoce en ella valores positivos y nobles. Algo parecido pasa con otra palabra: libertad, que connota solo cosas positivas. Por eso, hoy en día, lo peor que se puede decir de alguien es que es enemigo del amor o de la libertad. Sí, por supuesto, en eso estamos de acuerdo. Pero, por favor, ¿alguien puede explicar qué son el amor y la libertad? Porque, de lo contrario, estaremos hablando, tal vez, de cosas diferentes unos y otros. Y es que estas dos palabras, sin duda las más importantes de la lengua, de tanto usarse nadie sabe ya qué significan.
Si vamos al diccionario de la RAE y buscamos la palabra AMOR, nos recoge estas tres primeras acepciones:
1. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
Nos vamos acercando al concepto. Esperamos llegar a buen puerto.
En Internet hay miles de frases atribuidas a filósofos o personajes relevantes, pero muchas de ellas no son textuales. Muchas son inventadas o reconstruidas a partir del pensamiento de dicho personaje. Que Internet no es siempre una fuente fiable lo podemos constatar con un sencillo ejemplo: Tales de Mileto pasa por ser el primer filósofo. De él no se conserva ni una sola cita textual. Pero, si buscas en la red frases suyas, puedes encontrar con asombro infinidad de páginas y hasta videos que recogen, por ejemplo, ¡“Las sesenta mejores frases de Tales de Mileto”! En la misma línea, una de estas muchas frases que circulan por la red afirma que san Agustín dijo: “Si quieres conocer a un hombre, no le preguntes qué piensa sino qué ama”. Esta frase, aunque no esté documentada en ningún escrito de san Agustín, nos parece muy sugerente como invitación a pensar. Es bueno que nos detengamos a reflexionar en dónde tenemos puesto nuestro corazón, qué es lo que mueve nuestro obrar, qué es lo que más queremos en nuestra vida. Y no nos asustemos si vemos a nuestro alrededor personas que lo que más quieren es a su mascota, su coche nuevo o su equipo de fútbol.
Otra de esas frases mil veces citada es la de “Al atardecer de la vida te examinarán del amor”, que se atribuye a San Juan de la Cruz, pero que el santo poeta nunca dijo textualmente, que sepamos. Se extrae de la exégesis de su pensamiento. Pero, aunque no sea textual, nos advierte de que con el amor nos estamos jugando mucho: la vida eterna nada menos. Otra idea sobre la que deberíamos reflexionar.
Como decíamos, todo el mundo habla sobe el amor sin definirlo previamente. Nosotros deberíamos atender a fuentes fiables, a personas cuyo prestigio, sabiduría y criterio sean dignos de crédito. Y creemos que, en este aspecto, nadie es más fiable que san Juan. San Juan, el discípulo predilecto, el único que estuvo ante la cruz, el que corrió al sepulcro vacío creyendo en las palabras de la Magdalena. La tradición nos habla de su gran longevidad y de su destierro en la isla de Patmos. Probablemente nadie en su tiempo pudo gozar de una intimidad mayor con Cristo y su madre, la Santísima Virgen. Siendo ya muy anciano, escribió la Epístola primera, que para algunos es una especie de preámbulo a su evangelio. En el capítulo cuarto de dicha epístola nos habla del amor. Y, entre los versículos 7 y 21 nos repite hasta en 28 ocasiones el lexema amor en diferentes formas, bien de verbos, adjetivos o sustantivos (ἀγάπη, ἀγαπάω, ἀγαπητός…). Pero no nos define propiamente qué es el amor. El sabio anciano solo acierta a hablarnos una y otra vez del amor identificando a este con Dios en su tan conocida frase Deus caritas est (Ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν):
Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él. En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.
AMOR, como venimos diciendo, es un concepto complejo. Por ejemplo, en griego había hasta cuatro sustantivos para expresarlo: ἔρως, (éros), que suele designar a la pasión amorosa, al amor de posesión, con un marcado contenido sexual; φιλία, (philía), que suele hacer referencia al afecto entre iguales, que se concreta en la amistad; ἀγάπη (agápe), que hace referencia habitualmente al amor incondicional, a la caridad, que es el amor de Dios por la persona y de la persona por Dios; y στοργή (storgé), que suele designar al amor y afecto que se da entre padres e hijos. Tratemos de ver qué tienen en común todas esas formas de amor dentro de un concepto unitario del mismo. Luego, volveremos a la definición de San Juan.
Antes que nada, reparemos en un punto esencial: nosotros, los hombres, al igual que todo este bello mundo que nos rodea, somos por completo contingentes. Podríamos no existir y no pasaría absolutamente nada, porque no somos necesarios. Somos criaturas que son fruto del amor de Dios que nos ha creado y mantiene en la existencia. A Dios no le hacemos falta. Somos, sencillamente, una consecuencia del amor que nos tiene. Por tanto, somos fruto del AMOR con mayúsculas y solo nos podremos realizar plenamente como criaturas en la medida en que amemos, ya que somos hechura y semejanza de Dios. Decía Plauto que “nada vale quien nada ama”[v]
Ahora vamos a tratar de ver cómo los conceptos de amor, libertad y generosidad están sumamente unidos, hasta el punto de que son casi tres aspectos de una misma realidad. El amor es la meta de nuestra vida, su culminación. Dios nos ha creado para que amemos. Y nos ha creado libres, ya que el amor no puede ser algo forzado ni obligado. A ningún hombre le puedes obligar a amar. Como explicamos en una entrada anterior, Los hombres necesitamos estarlibres de vicios, ataduras, ignorancia… para poder estarlibres para. Pero ¿para qué queremos liberarnos? ¿Para qué tenemos la libertad? Para amar.
De nuevo el griego nos va a resultar muy útil. En efecto, en griego antiguo las palabras libertad y generosidad son prácticamente iguales, una deriva de la otra: ἐλευθερία (eleuthería) y ἐλευθεριότης (eleutheriótes). Y es que la generosidad es un acto de libertad: a nadie se le puede obligar a ser generoso. La generosidad supone apertura a los demás y olvido de uno mismo. Esto tiene ciertas implicaciones importantes.
- Una persona será más feliz en la medida en que se empeñe en salir de sí mismo y entregarse a los demás. Las personas cuya existencia gravita en torno a sí mismos y sus “enormes” problemas están abocadas a la mayor de las insatisfacciones. Y es que una persona que no sale de su estrecho mundo particular jamás podrá amar de verdad y difícilmente podrá ser amado por otra.
- La puerta de la felicidad se abre siempre hacia afuera. Por eso, el egoísta está incapacitado para amar y, por tanto, para ser feliz.
- Los dos grandes enemigos del amor son el individualismo egoísta y la indiferencia, que están muy relacionados entre sí (esto lo explica muy bien el Papa Francisco al inicio de Amoris laetitia)
- La virtud de la generosidad nos lleva a excedernos y a superar la estricta justicia y el cálculo. La justicia es la virtud que nos mueve a dar a cada cual lo que se merece; pero la persona verdaderamente generosa no se para a calcular qué es lo que debe en términos matemáticos. Por eso, la generosidad nos abre el camino del amor: en el amor, uno se entrega sin cálculos mezquinos y lo hace con gusto y porque así lo quiere.
La generosidad y el amor son creativos. Por eso, las personas generosas y de gran corazón saben amar y, por ello, están siempre ideando la manera de hacer la vida agradable a los demás, con pequeños o grandes detalles. El amor nos ensancha el corazón. En un corazón enamorado caben muchas personas. La capacidad de dilatación del corazón recordemos que es casi infinita. Y tenemos que pedirle a Dios que nos ensanche, que nos agrande el corazón y lo llene de nobles y elevados sentimientos y afectos. Y ese corazón enamorado nos abre la puerta de la felicidad y de la plenitud humana, como muy bien expresaba san Josemaría: Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.[vi]. Por cierto, recordemos que también san Josemaría quiso que en todas las salas de estudio de los centros de la Obra hubiera un cuadro en el que estuviera enmarcado el texto evangélico en latín del Mandatum novum.

Para educar en generosidad hay que empezar desde que somos muy pequeños. En este punto es esencial el ejemplo de unos padres entregados. Hay, por así decirlo, una “escala” de la generosidad: El crecimiento en generosidad es gradual, y nos lleva a una meta que es el amor, por una serie de pasos:
- El primero consiste en PRESTAR y COMPARTIR lo propio. Esto es algo que, a los niños muy pequeños, que están tan aferrados a ”lo mío” les cuesta al principio. Si esto no se aprende de pequeños, podemos encontrarnos con personas adultas a las que les cuesta horrores prestar algo suyo (un libro, unos apuntes…)
- DAR algo propio, sabedor de que ya no va a seguir siendo tuyo eso que das, es el siguiente paso. Y siempre lo más sencillo es dar cosas. Pero tengamos en cuenta que solo hay generosidad cuando se da algo que nos cuesta (recordemos el evangelio del óbolo de la anciana en el templo). La generosidad se mide por el esfuerzo que implica dar algo valioso, no por la cantidad de lo que se da: si a uno le sobran diez millones y los da a una ONG, a lo mejor no está siendo de veras generoso. Y otro requisito de la generosidad es que vaya acompañada de la humildad: no debemos ir predicando lo sacrificados que somos («Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará»[vii])
- Pero hay algo que todavía suele costar más: dar tu tiempo, molestarte y sacrificar una parte de él para dedicárselo a los demás. Es bien cierto que es un gran salto de generosidad el dar tu tiempo a personas que lo necesiten, bien sea en tu entorno familiar o en alguna actividad asistencial. Eso implica poner tus talentos al servicio de los demás, salir de ti mismo, implicarte en las necesidades de los que te rodean.
- Y, por último, el paso decisivo es ya el de darse uno mismo por entero. En este momento, la generosidad se convierte, por la vía del compromiso y la entrega, en amor.
Y hemos de preguntarnos qué es lo más grande que podemos dar. La respuesta es muy sencilla: la vida.

Por amor estamos dispuestos a sacrificarnos por los demás y a hacer lo que sea necesario, incluso a dar nuestra vida si necesario fuera. A este respecto, hay una hermosa tragedia griega de Eurípides, Alcestis, que es buen ejemplo de ello. Resumiendo muchísimo, en ella Admeto recibe, por imposición divina, la sentencia de que debe morir, con la única salvedad de que podrá evitarlo si encuentra a alguien que quiera hacerlo en su lugar. Y el pobre Admeto en vano busca a alguien que quiera morir por él, empezando por su padre. Y solo su fiel esposa, Alcestis, sin que él se lo haya pedido, acepta ofrecerse a morir para que él siga viviendo. Y así sucede, si bien al final Heracles baja al reino de los muertos y la trae de nuevo con vida. Sería bueno que pensemos si nosotros amamos tanto como para dar la vida si fuera necesario.

Imaginemos que nos preguntara Admeto a nosotros: “¿Oye, tú no querrías morir por mí?” Yo, al menos, le diría que no, que en estos momentos tengo otros planes en mente. “Para morir por alguien has de amarle mucho y yo a ese tipo no le conozco de nada”, pensaría yo. En efecto, casi nadie aceptaría dar su vida por alguien a quien no le une ningún tipo de relación. Imaginemos ahora que nos pidan morir por alguien que nos trata mal, que nos hace las peores faenas imaginables. ¿Alguien moriría por esa persona? Yo no, sinceramente, ni creo que casi nadie lo hiciera. Pues Cristo sí lo hizo: Cristo ha dado la vida por los hombres, por todos los hombres, muchos de los cuales le ignoramos, en tanto que otros vivimos como si Él no existiera; otros, incluso, somos directamente hostiles a Él. Y Él, en la cruz, mientras le insultaban y le injuriaban, rezó por nosotros pidiendo a su padre: “Perdónales porque no saben lo que hacen” [viii].
Volvamos ahora a la definición de San Juan “Dios es amor”. ¿A que es cierto? Tenía toda la razón al decirlo.
El amor es la opción fundamental de nuestra vida, y de ello nos pedirán cuentas. Hemos de elegir si vivir para uno mismo o hacerlo para los demás: este y no otro es el mensaje que Cristo encarnó con su vida misma. Cada uno de nosotros tiene que ver cómo concreta en su vida ese mandato divino, que es una vocación universal a la que estamos llamados todos los hombres, sin excepción.
Para terminar, no podemos olvidarnos de Platón. Platón dedica al amor uno de sus más famoso diálogos, el Banquete. En él seis invitados exponen su concepción del amor, hasta que Sócrates cierra el dialogo exponiendo su discurso, que dice inspirado por la sacerdotisa Diótima. El cuarto de los invitados, Aristófanes[ix], ha expuesto un sugerente relato alegórico para explicar la naturaleza y esencia del amor, el mito del andrógino. Según éste, los hombres al principio éramos esféricos y teníamos ambos sexos, de modo que, al vivir en plenitud, no necesitábamos amar. Pero los dioses castigaron por su soberbia a esos andróginos seccionándolos en dos mitades y dejándoles vagar por el mundo. Es entonces cuando nace el amor, entendido este como carencia, como búsqueda de esa plenitud originaria perdida, como impulso por llenar esa ausencia, esa parte de nosotros que nos ha sido arrebatada (por cierto, de ahí nace la idea del amor como “tu media naranja”). De ese modo, al encontrar a esa mitad que nos falta, el hombre se colma. Pero esa plenitud es un 1/2 +1/2= 1, una unidad cerrada sobre sí misma y estéril.
Pero Sócrates, en su discurso, nos expone el mito del nacimiento del amor[x]. En él nos expone que el Amor (Eros) es el hijo de Poro y Penía. Poro, su padre, es una alegoría que significa Habilidad, Salida, y ello es así porque el Amor auténtico es hábil, osado, audaz y emprendedor, a ejemplo de su padre. Por eso está siempre activo, ideando cómo salirse con la suya, y siempre encuentra la salida para hacerlo. El amor es siempre joven, creativo, activo y emprendedor, no puede parar quieto; por eso decía Ovidio que “El amor odia a los inactivos”[xi] . El amor sabe superar siempre las dificultades, sobreponerse a ellas, como decía Cicerón: “Creo que nada hay difícil para el que ama”[xii]
Por eso, también lo más contrario al amor es la indiferencia, que es la que nos hace ciegos a la hora de ver las necesidades de las personas que nos rodean. La indiferencia acaba matando al amor: no se puede decir que uno ama a los demás, si no le importan los problemas y necesidades que tenga. Y es por ello también difícil decir que amamos a Dios si no lo ponemos presente en nuestra vida diaria, si no le consagramos actos concretos de piedad a lo largo de nuestra jornada: el amor se manifiesta en las obras. No podemos vivir como si Dios no existiera.
Y la madre del Amor, según Platón, es Penía, que significa Pobreza. Y ¿cómo se explica eso? Muy sencillo: el amor es pobre y siempre lo será, y por ello necesita ser alimentado siempre: si dejamos de alimentarlo, corre el riesgo de desaparecer. Por ello, hay amores que, si no los cuidamos y alimentamos a diario, podemos perderlos, tal es la relación del hombre con Dios. Y es que, en el amor, cuando no se crece, se descrece, de manera que o se ama cada día más o se ama cada día menos. No existe el término medio. Y este amor que expone Sócrates es fecundo y creativo, no está encerrado en sí mismo, nos impulsa a crecer y a entregarnos al bien y a la belleza. Es una suma paradójica: 1+1=3. Y es que, en el amor, cuanto más das, más tienes.
Por todo ello, el amor y la generosidad nos mueven a ser creativos y originales, a reinventar cada día nuestra vida, sabiendo encontrar en cada circunstancia una nueva ocasión de servir más y mejor a las personas que nos rodean. Hay que evitar el riesgo de la rutina y el acostumbramiento. Esta es la meta que debemos marcarnos en la vida. Hemos de desear que las personas que de nosotros dependen sean libres, felices y generosas, que sepan amar y ser amados.
Cuando uno se dona libremente, deja ya de poseerse y vive entregado. Claro que, para poder darse, primero hay que poseerse, hay que tener el suficiente autodominio y señorío sobre uno mismo. Solo así podremos dar algo valioso y que de verdad merezca la pena.
La libertad está destinada al amor, y este o es comprometido o deja de ser tal. En el amor, en la entrega y en el compromiso es donde la libertad encuentra su razón de existir. Precisamente es el miedo a los compromisos y la banalización de estos uno de los síntomas más preocupantes de la cultura actual, ya que afectan al aspecto, sin duda, más importante de la vida del hombre. En el binomio amor–libertad, esta es el medio y el amor es el fin. Y, al mismo tiempo, tampoco se puede separar el amor de la felicidad. De modo que, cuando no se entiende lo que es el amor, la felicidad es la que paga las consecuencias de ello. Cuanto más crece una persona en libertad, más crece su capacidad de amar y de entregarse y, por tanto, de ser feliz. Por eso, los que no se comprometen de verdad, tampoco saben amar de verdad, pues siempre dejan la puerta abierta a otras posibles opciones que les plantea su egoísmo personal.

Y pensemos, por último, que, en el amor, al igual que en la virtud, siempre se puede (y se debe) crecer. Nunca podremos conformarnos y pensar que no podemos dar más de sí. Como decía san Josemaría, “Señor, que tenga peso y medida en todo… menos en el amor”[xiii]. También Propercio lo expresaba así: verus amor nullum novit habere modum, “el amor verdadero no sabe tener medida”[xiv]
[i] Díssoi logoí II, 7
[ii] Deut. 6, 4-5
[iii] 3, 16
[iv] Mt, 22, 37-40
[v] Persa 179
[vi] Surco, 795
[vii] Mt. 6 3.4
[viii] Lc. 23,34
[ix] Banq.189c-193a
[x] Banq.203b-204b
[xi] Ars II, 229
[xii] Orat.33
[xiii] Camino 427
[xiv] II, 15,30


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