HERMOSO ES EL RIESGO

Fiat mihi secundum verbum tuum (Lc.1, 38)

Probablemente cualquiera de mis alumnos, si ve escrita la palabra fiat, pensará que se refiere a la marca italiana de coches. Pero, una vez que hayamos estudiado los verbos irregulares latinos, sabrá que es la 3ª per. sg. del Presente de Subjuntivo del verbo fio y que se traduce como “hágase”. Y, si sigue escuchando la explicación (cosa difícil en estos tiempos que corren), aprenderá que esta es una de las palabras más importantes de la Biblia.

Aparece, por ejemplo, en una de las peticiones del Padre Nuestro: fiat voluntas tua… Pero antes había aparecido ya en el relato de la creación, cuando dijo Dios “Fiat lux; et lux facta est”. Fiat. Hágase. Con esta palabra Dios creó el mundo, con todas sus maravillas. La tierra y el cielo, los astros, las aguas, las plantas, los animales, el hombre. “Y vio Dios que era bueno” [i]. Esta primera creación, Dios la realizó por puro y simple amor. Al hombre lo creó luego “a su imagen y semejanza” [ii], y le dio el don de la libertad. Le hizo capaz de responder ‘sí’ o ‘no’ a su voz, es decir fiat o non fiat. Y el hombre pecó, se dejó engañar por la serpiente y le volvió la espalda a su Dios. Entonces, de nuevo movido por el amor, Dios emprendió la obra de una nueva creación: decidió salvar al hombre del pecado y abrirle las puertas de la vida sobrenatural de la gracia. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único[iii] . El fiat de María fue, por así decir, una “segunda creación”, la redención del hombre, Sin embargo, ahora Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podría haberlo hecho así. Prefirió contar con la colaboración de sus criaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. Todo un Dios omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Y María se abandonó en los brazos de Dios y dijo Fiat. Solo así la redención se hizo posible.

Uno de los misterios más insondables es el de la libertad humana. Dios, de manera a veces incomprensible, respeta nuestra libertad. Podemos amarle o no; depende solo de nosotros. Podemos obrar bien o mal; depende de nosotros. Podemos aceptar la gracia divina o rechazarla; depende de nosotros. Bien claro lo expresa este pasaje del Deuteronomio: “Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que morirás sin remedio; (…) Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida [iv].

Es un misterio, en efecto, la libertad. Muy bien lo explica san Josemaría en Amigos de Dios: Entiendo muy bien, precisamente por eso, aquellas palabras del obispo de Hipona, que suenan como un maravilloso canto a la libertad: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, porque nos movemos siempre cada uno de nosotros, tú, yo, con la posibilidad -la triste desventura- de alzarnos contra Dios, de rechazarle -quizá con nuestra conducta- o de exclamar: no queremos que reine sobre nosotros (…)

¿Quieres tú pensar -yo también hago mi examen- si mantienes inmutable y firme tu elección de vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? Volvamos la mirada a nuestro Jesús, cuando hablaba a las gentes por las ciudades y los campos de Palestina. No pretende imponerse. Si quieres ser perfecto…, dice al joven rico. Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis, que se retiró entristecido. Por eso alguna vez lo he llamado el ave triste: perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios [v].

Es cierto que Dios no se impone: respeta el santuario inviolable de nuestra libertad. A veces nos cuesta comprender cómo algunas personas tienen un corazón tan duro y tan impermeable al bien y a la verdad. A menudo miramos con pena y con horror cómo, en el ejercicio de su libertad, muchos hombres y mujeres eligen mal y arruinan sus cuerpos y sus almas. A menudo esas personas están muy próximas a nosotros: unas veces son amigos o compañeros de trabajo, otras veces son nuestros hermanos o nuestros hijos. Y nos sentimos impotentes y débiles (pues lo somos). Tan solo nos queda rezar por esas personas y esperar que la luz de Dios ilumine en algún momento sus vidas. Pero no podemos forzar su libertad. Podemos y debemos mostrarles el esplendor y la belleza de la verdad y de la palabra salvadora de Cristo, pero la respuesta última han de darla ellos. Recuerdo un proverbio inglés que leí en una ocasión: “Podemos llevar los caballos hasta el abrevadero, pero no está en nuestra mano el que beban”.

Dios no nos va a salvar si nosotros no colaboramos. No suele violentar la libertad de las personas. Siendo como es todopoderoso, podría hacerlo si quisiera. Lo hizo, por ejemplo, con san Pablo. Pablo iba camino de Damasco, respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor; pero Dios tenía otros planes para aquel hombre de gran corazón. Y estando ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues [vi].

Sí, Dios podría chasquear los dedos y hacernos santos a todos. Pero no es ese el plan que tiene para con nosotros. Nos ha dado el don de la libertad y nos ha dicho que la verdad nos hará libres [vii].  Pero, ¿qué es la libertad? Pocas palabras son más usadas hoy en día. Es una palabra mágica, que vende en labios de todos los dirigentes políticos y de todas las marcas comerciales: a todas horas se nos dice que votando a tal líder o comprando no sé qué producto gozarás de libertad. ¿No os habéis dado cuenta de que, al menos en este país, hay un partido político que es enemigo de la libertad? ¿No sabéis cuál es ese partido? Muy sencillo: el contario al nuestro. Todos dicen defender la libertad, pero nadie se preocupa de definirnos qué es y qué no es. Y así nos manipulan. Pero mejor volvamos al tema.

Nosotros, los cristianos, sabemos que la libertad consiste en caminar por la senda de la verdad y del bien. Y hemos de tener claro que, cuando hablamos de libertad, hemos de plantearnos ésta en un doble sentido: libres de y libres para:

Sabemos que Cristo se encarnó para liberarnos. ¿y de qué tenemos que liberarnos los hombres? Hoy en día nos dirán que hemos de liberarnos de las normas, de la tradición, de los tabúes, del machismo, de la injusticia, del heteropatriarcado, del fascismo, de la intolerancia, de la tiranía, etc. Y probablemente tengan parte de razón. Pero Cristo vino a liberarnos del mayor mal, del único mal que azota y domina al hombre: el pecado. Es el pecado lo que nos aleja del bien y, por tanto, de Dios y del plan que Él ha diseñado para nosotros. Por lo tanto, cuanto más sencillo nos resulte hacer el bien, cuanto más llenos de Su gracia estemos, más libres seremos. El pecado es la mayor esclavitud que sufrimos los hombres. Es una pesada cadena de la que Cristo quiere que nos liberemos.

Y esa libertad que hemos de ir conquistando día a día, ¿para qué la tenemos? ¿Para qué somos libres? La respuesta es muy sencilla: para poder amar. La libertad la tenemos para entregarla, para ponerla gustosamente al servicio de nuestros hermanos los hombres, para darnos a ellos, como Dios se entregó a nosotros por amor.

La libertad nos permite decir SÍ a Dios (fiat), como dijo María. Ella es la única que nunca dijo que NO a Dios en ningún momento. Por eso, y por muchas cosas más, es un modelo y un ejemplo para todos nosotros, además de incansable mediadora e intercesora ante Dios. Ese fiat de María fue su actitud vital constante a lo largo de toda su existencia, no fue algo puntual que se produjo en el momento del anuncio del ángel. Fue un fiat progresivo, en el que el primer paso es la escucha de la palabra.

El ángel encontró a María en la disposición necesaria para comunicarle su mensaje. En la casa de Nazaret reinaban la paz, el silencio, el trabajo, el amor, en medio de las ocupaciones cotidianas. Sin embargo, nosotros muy a menudo estamos llenos de ruidos externos e internos, que nos impiden esa comunicación con Dios en nuestra oración personal.

Después, la palabra es acogida: María la interioriza, la hace suya, la guarda en su corazón, la cuida, la hace crecer, madurar y fructificar. Esa palabra, aceptada en lo profundo, se hace vida. Es una donación constante, que no se limita al momento de la Anunciación. Todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios: un fiat pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario.

Del fiat de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente, no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.

Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María nos ilumina y nos guía. Cada vez que decimos fiat, cada vez que nos abandonamos en Dios y nos fiamos de su palabra, a pesar de que, como María, no sepamos plenamente qué nos va a suponer esa aceptación, estamos ejercitando nuestra libertad del modo más pleno y excelso posible. Estamos mostrando cómo la debilidad humana puede colaborar con el plan divino. Cada vez que decimos fiat, hacemos posible que lo humano y lo divino entren en comunión en nuestra vida.

En todo camino vocacional se empieza diciendo un fiat, que luego se debe actualizar a lo largo de cada uno de los días que Dios nos conceda para servirle. Los evangelios y los Hechos de los Apóstoles están salpicados de conversiones, fulgurantes unas, masivas otras. Por ejemplo, la de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, a quienes invita Cristo a ser pescadores de hombres. Y ellos, dejándolo todo (relictis omnibus), le siguieron [viii] sin pensárselo dos veces y sin saber lo que iba a depararles ese fiat. Simplemente se abandonaron en manos del Señor. Sin duda, este tipo de conversiones eran precisas debido a la urgencia de los inicios de la fe cristiana. Hoy en día, el discernimiento vocacional suele exigir un poco más de tiempo a las personas para poder madurar la decisión. Pero pensemos que todo camino, toda decisión humana (ya sea casarse, empezar una carrera universitaria, cambiar de trabajo, elegir un lugar de residencia…) implica un riesgo, ya que el mañana es incierto. Y ese riesgo obliga a dejar a un lado cálculos egoístas, así como también la absurda pretensión de tenerlo todo controlado y asegurado, que a tanta gente paraliza y atenaza. Recordemos que la vida casi nunca se desarrolla conforme a como la habíamos planeado. Hay que arriesgarse.

¡Qué bien intuyó Platón el misterio de la libertad! En otro momento nos detendremos a explicar brevemente su concepción de la muerte y del juicio de las almas. En los compases finales de ese grandioso diálogo que es el Fedón, Sócrates explica cuál es el destino de las almas una vez que llega la muerte. Y nos explica que los dioses van a juzgar nuestra alma, lo cual es una obligación de justicia, y que nos van a retribuir conforme a cómo haya sido nuestra vida. Pero nos deja bien claro que la responsabilidad es nuestra y solo nuestra. Somos nosotros, con nuestras libres acciones, quienes nos condenamos o nos liberamos. No tienen los dioses la culpa. Esta misma idea la recalcará de nuevo en el discurso final de la República, cuando la Moira Láquesis dice a las almas: “No será el destino quien os elija, sino que vosotras elegiréis vuestro destino, al que quedaréis inexorablemente vinculados. En cuanto a la virtud, no admite dueño; cada uno participará más o menos de ella según la honra o el menosprecio en que la tenga. La responsabilidad es de quien elige: no hay culpa alguna en la divinidad [ix].

En el Fedón nos pone estas palabras Platón en boca de Sócrates justo antes de narrarnos los últimos momentos de su vida, en una de las páginas más famosas de la cultura occidental. Nos dice Sócrates, a las puertas de la muerte, que merece la pena esforzarse por vivir de acuerdo a la virtud y la justicia, ya que el alma es inmortal y puede alcanzar la bienaventuranza eterna:

“Por todas estas cosas que hemos expuesto, es menester poner de nuestra parte todo para tener participación durante la vida en la virtud y la sabiduría, pues es hermoso el galardón y grande la esperanza. (…) Que el alma se ha mostrado como algo inmortal, eso sí estimo que conviene creerlo, y que vale la pena correr el riesgo de creer que es así. Pues hermoso es el riesgo (καλὸς γὰρ ὁ κίνδυνος) [x].

Hermoso es el riesgo, en efecto. Hermoso es el riesgo de ejercitar bien nuestra libertad. Hermoso es el riesgo de decir que sí al Señor. Hermoso es el riesgo que ha corrido Dios al hacernos personas libres, capaces de amar, de hacer el bien y de contribuir a su plan de redención para con el hombre. Hermoso es el riesgo de apostarlo todo por Él. Hermoso es el riesgo de hacer de nuestra vida una vida fértil y grata a los ojos de Dios. Y también pensemos que es hermoso el galardón y grande la esperanza.

Para concluir este breve ensayo quisiera recordar aquí una pequeña anécdota que tuve con una alumna de Bachillerato hará ya veintitantos años. Era una alumna muy inteligente y despierta, pero que se había despistado y dejado llevar en la segunda evaluación del curso. Cuando me acerqué a decirle que sus notas no eran las que ella debía haber sacado, con mucha gracia me dijo: “Sí, profe, es verdad, pero esta evaluación me lo he pasado genial, de veras. Hermoso es el riesgo, ¿no nos dices tú siempre eso? En la tercera aprobaré todo. Ya lo verás”. Y, en efecto, redirigió sus pasos y reencauzó el curso aprobando todo con excelentes notas. Había entendido lo que es la libertad: καλὸς γὰρ ὁ κίνδυνος.


[i] cf. Gen 1

[ii] Gen 1, 26

[iii] Jn 3, 16

[iv] Deut. 30, 15-20

[v] 23-24

[vi] Hch.9,4-5

[vii] Jn.8,32

[viii] cfr. Lc. 5, 1-11

[ix] Rep. 617e

[x] Fedón 114 c-d

2 respuestas a «HERMOSO ES EL RIESGO»

  1. Avatar de MANUEL JIMÉNEZ MONTESINOS
    MANUEL JIMÉNEZ MONTESINOS

    Fantásticos, como todos. Pero algunas pequeñas erratas.

    Al final de este párrafo “de hizo posible”, debe ser “se h…”

    Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podría haberlo hecho así. Prefirió contar con la colaboración de sus criaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. Todo un Dios omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Y María se abandonó en los brazos de Dios y dijo Fiat. Solo así la redención de hizo posible.

    Después de “Deuteronomio:” poner espacio: “Deuteronomio:“Mira: hoy pongo “

    Uno de los misterios más insondables es el de la libertad humana. Dios, de manera a veces incomprensible, respeta nuestra libertad. Podemos amarle o no; depende solo de nosotros. Podemos obrar bien o mal; depende de nosotros. Podemos aceptar la gracia divina o rechazarla; depende de nosotros. Bien claro lo expresa este pasaje del Deuteronomio:“Mira: hoy pongo

    En este párrafo creo que “conforma” debe ser “conforme”:

    asegurado, que a tanta gente paraliza y atenaza. Recordemos que la vida casi nunca se desarrolla conforma a como la habíamos planeado. Hay que arriesgarse.

    1. Avatar de Pablo
      Pablo

      Muchas gracias, como siempre

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