QUIA RESPEXIT HUMILITATEM

QUIA RESPEXIT HUMILITATEM

Mi alma glorifica al señor

y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador

porque ha mirado la humildad de su sierva;

por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones,

porque ha hecho en mí maravillas el que es poderoso. (Lc.1, 46-49)

San Lucas, el evangelista de María, nos narra en sus dos primeros capítulos la Anunciación del ángel a la Virgen, la Visitación de María a su prima santa Isabel, el nacimiento de Juan el Bautista, el nacimiento de Jesús, la presentación en el templo y el episodio del niño perdido y hallado en el templo. A partir ya del capítulo tercero. da inicio a la vida pública de Cristo.

Cuando leemos esos breves capítulos, nos quedamos con ganas de conocer más cosas, más detalles, más curiosidades de cómo de desarrollaron todos esos acontecimientos, pero hemos de contentarnos con lo que tenemos. Sin duda, con ello nos basta para nuestra salvación. De ser de otro modo, los evangelios serían más extensos y prolijos ¡Cuánto nos gustaría saber más cosas de la vida de Jesús niño! Seguro que jugaría con sus amiguitos de la aldea, probablemente muchos días vendría con heridas en las rodillas o en los codos, otras veces se ensuciaría la ropa jugando en el suelo, alguna vez se pondría malito, como todos los niños, y su madre le cuidaría con todo su amor. También aprendería a trabajar fijándose en san José, a quien seguro que ayudaría en su taller desde edad muy temprana…

Llama poderosamente la atención la sencillez con la que se nos cuentan unos sucesos tan trascendentales. En efecto, si saliéramos a la calle a preguntar a la gente cuál es, para ellos, el momento más importante para la historia de la humanidad, probablemente algunos dirían que el descubrimiento de América; otros, que la invención de Internet; otros que la llegada del hombre a la Luna, alguno tal vez diría que el gol de Iniesta en la final del Mundial de fútbol del año 2010. Si nos preguntaran a nosotros, tendríamos muy clara la respuesta: el momento decisivo en la historia de la humanidad se produjo con la Anunciación. Este hecho cambió para siempre la vida del hombre sobre la tierra. Ese momento nos abrió las puertas de la Vida.

Basta con que hagamos el esfuerzo de pensar qué hubiera pasado de no haberse producido todavía la Anunciación. ¿Cómo sería el mundo, cómo serían tu vida y la mía? Es mejor no imaginárselo siquiera. El mundo seguiría sumido en las tinieblas de la ignorancia y el error. María hizo posible la redención del hombre.

Sí, pero, ¿quién era María? Esto es tal vez lo más llamativo. Nosotros sabemos que la Santísima Virgen es la criatura más perfecta jamás salida de las manos de Dios. Es la única que recibió el inmenso privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, esa inclinación que tira de ti y de mí para abajo todos los días. No podía ser de otra manera si estaba destinada a ser madre de Dios Hijo, Hija de Dios Padre y Esposa de Dios espíritu Santo.

«Todo ello», nos podrá objetar algún amigo nuestro descreído, «no se sostiene, va contra todo principio científico». Sí, por supuesto. No podemos explicar el nacimiento de Cristo desde una perspectiva científica, ya que fue algo sobrenatural. Pero la naturaleza es una creación de Dios: Él ha puesto las leyes que la rigen y que la sostienen; y para Él debió de ser muy sencillo “saltarse” esas leyes y conceder a su madre la virginidad perpetua. Eso, al lado de la creación del mundo y de la vida, debió de ser pan comido para Dios.

Nosotros contemplamos día a día fenómenos mucho más imponentes que ese y no somos conscientes de ello. A mis alumnos les pongo un sencillo ejemplo: el de la velocidad de la Tierra. La Tierra se desplaza alrededor del Sol mediante una órbita elíptica, tardando 365,25 días en dar una vuelta completa alrededor del Sol. En un año la Tierra recorre unos 930 millones de kilómetros en su órbita, y haciendo un cálculo sencillo, dado que la velocidad es igual al espacio recorrido dividido entre el tiempo empleado en recorrer dicho espacio, la Tierra orbita alrededor del Sol a una velocidad aproximada de 106.000 km./h. Si echamos mano de la calculadora, comprobaremos que la Tierra se está moviendo ahora mismo, mientras tú y yo estamos haciendo nuestras cosas, a una velocidad de casi 30 km. por segundo. Y no nos damos cuenta. Si alguna vez, en coche, hemos pisado el acelerador hasta ponernos a 180 km. por hora, temblamos de miedo ante semejante velocidad y no nos atrevemos a abrir la ventanilla por miedo a que se nos vuele todo o a que se desestabilice el vehículo. Y son solo 180 por hora. Imaginemos viajar a 30 km. por segundo. Y uno, en su ignorancia científica, se pregunta: ¿y cómo sabe la tierra por dónde tiene que ir? ¿Qué pasaría si en algún momento se frenara o se desviara un poquitín de su órbita? Probablemente no viviríamos para contarlo. La materia no es inteligente ni es capaz de ordenarse a sí misma. El orden matemático que rige los procesos naturales no puede ser intrínseco a la misma naturaleza. Por eso, ya desde Anaxágoras se planteó la necesidad de una Inteligencia ordenadora, el Noûs, que ponga todo en movimiento. De verdad, es mucho más razonable aceptar la virginidad de María que postular que la velocidad de la tierra es fruto del puro azar de unas leyes físicas autocreadas.

Sí, hoy en día la gente cree muchas cosas: la magia, el tarot, los horóscopos, la ideología de género, el terraplanismo (hay incluso personas que creen a algunos políticos cuando hablan). Y es que, como decía Chesterton, “El hombre deja de creer en Dios para no tener que creer en nada; pero, al final, acaba creyendo en cualquier cosa”.

Pero volvamos a María. Siempre hay que volver a ella. San Josemaría nos decía que “A Jesús siempre se va y se vuelve por María” [i]. Si algo nos llama la atención de estos hechos que nos narra el evangelio es la humildad, la entera sencillez con que se suceden unos acontecimientos tan importantes. No cabe duda de que Dios no parece interesarse demasiado por el marketing, no al menos en el sentido en que hoy lo entendemos. Hoy en día, cada vez que se va a sacar al mercado algún nuevo producto, hay toda una campaña de marketing para publicitarlo. Lo vemos a diario con los nuevos modelos de móvil, con los últimos estrenos discográficos o cinematográficos, con los novedosos bestsellers que se lanzan al mercado, etc.  Si quieres vender, antes debes darte a conocer. Ningún cantante de éxito presentaría su disco en una aldea perdida del tercer mundo, adonde no llegan el agua potable, la luz eléctrica ni internet. No, lo presentaría en Londres o en Nueva York.

Pero Dios no hace las cosas según patrones humanos. Elige venir al mundo en una aldea perdida que no saldría en los mapas de la época. ¿Quién conocía Belén o Nazaret en su tiempo? Lo hace muy lejos de los centros de poder y de cultura de la época, que eran Roma, Atenas y Alejandría. También Olimpia era un lugar adecuado para poner en circulación y dar a conocer obras literarias o novedades artísticas. Pero no Nazaret. Nazaret era un lugar por completo desconocido, apartado de las rutas comerciales y ajeno completamente a toda fama y relevancia. De hecho, Natanael preguntaba a Felipe si “de Nazaret puede salir algo bueno[i]. Y Felipe le respondió: “Ven y lo verás”. Y Natanael, un hombre sin prejuicios, fue y lo comprobó por sí mismo. ¡Cuánto mal hacen los prejuicios!, ¿verdad que sí?

Esta profunda sencillez es algo que resultaba inexplicable a ojos de muchos ya en su tiempo. En las polémicas entre paganos y cristianos de los primeros siglos del cristianismo, polémicas que dieron origen a la apologética, no pocas censuras e incomprensiones hacia la nueva religión se basaban precisamente en esto. Celso, por ejemplo, autor de un famoso escrito, el Discurso verdadero contra los cristianos, era incapaz de entender o de admitir que Jesús tuviera por madre a una mujer desconocida que vivía en una aldea perdida y sin nombre. Celso fue un filósofo platónico que escribió en la segunda mitad del siglo II una defensa de los valores de la cultura pagana frente a esa nueva religión llamada cristianismo que empezaba a abrirse paso con fuerza en todos los órdenes de la sociedad y que, para él, era una amenaza a la cultura clásica tradicional. En este escrito, sumamente interesante para conocer la difusión y la evolución del primer cristianismo, dedica unas palabras bastante duras a Jesús y a nuestra madre la Virgen y hace una crítica terrible a esta nueva religión. En un pasaje, se dirige a Cristo diciéndole de tú a tú:

“Comenzaste por idear una fabulosa filiación, pretendiendo que debías tu nacimiento a una virgen. En realidad, eres originario de un lugarejo de Judea, hijo de una pobre campesina que vivía de su trabajo.  (…) ¿Sería acaso tu madre tan bella como para corresponder a un Dios? (…) ¿Querría un dios disfrutar de sus amores? Pero repugna a Dios que Él haya amado a una mujer sin fortuna ni origen regio como tu madre, porque nadie, ni siquiera sus vecinos, la conocían. (…) Numerosos son los fanáticos e impostores que se pretenden enviados de lo alto en calidad de Hijos de Dios.”[i] El tratado de Celso, bastante extenso, realiza una crítica, desde su óptica, a la nueva religión cristiana. Para él, resulta inconcebible la divinidad de Cristo. Y tampoco entra en su cabeza la humildad de sus orígenes. No, para él, un dios no puede nacer en esas circunstancias.

Y es que la humildad es una virtud cristiana, una virtud desconocida para el pensamiento pagano. No intenten buscarla entre el elenco de las virtudes morales que realiza Aristóteles, por ejemplo. A lo largo y ancho de la historia del pensamiento clásico sí que se habla, y mucho, de su opuesta, la soberbia, la presunción, la prepotencia. Esta es la tan comentada hybris (ὓβρις) que tanto desagrada a dioses y hombres y que, al final, es siempre castigada. Este es un lugar común en todo el pensamiento arcaico griego, que culmina en Heródoto y Esquilo, quienes ven en los persas la encarnación de esa hybris que castigan los dioses con las derrotas en Maratón y Salamina. Y es esa hybris la que luego veremos aparecer en tantos personajes de la tragedia griega. De ahí que los griegos, frente a esa desmesura que lleva al hombre a no aceptar y a tratar de trascender los límites impuestos a su naturaleza, plantearan como principios de sabiduría las sentencias délficas γνῶθι σεαυτὸν (“conócete a ti mismo”) o μηδὲν ἂγαν (“nada en exceso”), sentencia esta atribuida también a Quilón de Esparta según Aristóteles [i]. Mediante estos principios instaban al hombre que ansiara la sabiduría a evitar los excesos y a vivir con moderación. Y sobre ello los pensadores clásicos hablaron hasta la saciedad. Y a lo más que llegaron fue a plantear principios como la tan famosa aurea mediocritas predicada por Horacio, consistente en vivir con prudencia, evitando los excesos y la prepotencia.

Pero ni rastro de la humildad. No lo hay hasta que la veamos encarnada en la Santísima Virgen en la Anunciación y en Cristo su hijo. La virtud de la humildad fue una de las grandes novedades que trajo consigo el mensaje de Cristo, al igual que el amor a los enemigos o la aceptación de la cruz. Cosas todas ellas por completo incomprensibles para personas como Celso.

Porque ha mirado la humildad de su esclava, nos canta ella en el Magnificat. Sí, Dios eligió como madre suya a una joven muchacha, de no más de quince años probablemente, que vivía en un remoto y desconocido confín del mundo conocido. Ya dijimos antes que Dios parece entender poco de marketing. A ese acto, el más crucial de la historia del hombre no asistieron los grandes ni los poderosos de su tiempo. Sus primeros testigos fueron unos humildes pastores que por ahí pasaban. Actualmente, una época en la que el éxito se mide por los índices de audiencia o los millones de likes que se reciben, esto sería un rotundo fracaso.

Y, a partir de tan humildes orígenes, vemos cómo esa religión se ha extendido por el mundo entero. Solo este dato debería convencer a tantos y tantos descreídos de que el contenido de esta historia va en serio y nos interpela. Humanamente hablando, es imposible explicarlo de otro modo.

La humildad de María, una mujer sencilla, no entraba en la cabeza de Celso, ni tampoco en la de muchos que siguen esperando al Mesías y no conciben que el Hijo de Dios pueda morir en una cruz, castigo este reservado a los esclavos y malhechores en el mundo romano. Y es que lo lógico hubiera sido que Cristo hubiera nacido en Roma, en el palacio imperial, pues, sin duda desde allí habría sido mucho más fácil que se diera a conocer su mensaje por todo el mundo conocido.

En tiempos de María, ¿quién era la mujer más famosa del mundo? Era Livia Drusila, le esposa del entonces emperador Augusto, el hombre más poderoso de la tierra. Pero Augusto ni se enteró de que había nacido Cristo. Livia, fruto de su primer matrimonio, fue madre de Tiberio, el emperador bajo cuyo mandato Cristo murió en la cruz. Tiberio, el hombre más poderoso del mundo entonces, tampoco se enteró de ello. Livia fue una mujer muy conocida, de la que tenemos infinidad de información por los historiadores romanos de su tiempo (Tácito, Suetonio…); de hecho, sabemos mucho más sobre ella que sobre Nuestra Madre la Virgen. Sin embargo, hoy en día, ¿quién habla de Livia, quién se acuerda de ella? Nadie, aparte de historiadores o novelistas que gustan de recrear esa época. De hecho, en Madrid, en el Museo Arqueológico Nacional, tenemos una fabulosa estatua sedente que representa a Livia en un trono. Es una pieza escultórica muy relevante dentro de la estatuaria romana. Y muy poquita gente lo sabe, solo los frikis del mundo clásico. Es toda una pieza de arte única, como tantas otras que hay en el museo y que muy poca gente va a ver. Voy mucho a ese museo y veo cómo los turistas que lo visitan pasan por delante de esa magnífica estatua de Livia sin apenas fijarse en ella. Muchos ni se detienen a leer el cartel que indica a quién representa… Y, sin embargo, Livia era la mujer más importante del mundo en tiempos de María. A María, sin embargo, la rezan millones y millones de hombres y mujeres todos los días; la visitan y veneran en sus innumerables santuarios millones y millones de personas al año, muchas veces haciendo largas peregrinaciones; la tienen por patrona miles de pueblos, ciudades y corporaciones por el mundo entero; los cristianos acudimos a diario a su intercesión materna, porque es la mediadora de todas las gracias.

Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, dice ella misma. Pero no por sus virtudes o méritos, ni por sus cualidades, ni por sus obras, ni por su personal valía, sino porque ha hecho en mí maravillas el que es poderoso. ¿Cabe humildad mayor?  A Nuestra madre la Virgen nosotros, como buenos hijos, la reconocemos y la veneramos por sus virtudes, por sus méritos, por sus cualidades, por sus obras, por su inmensa valía. Ella, sin embargo, se contentó siempre con ser tan solo la esclava del Señor y canta que, si es bienaventurada, es por obra de Dios, no por mérito suyo.

Con ella y gracias a ella se inaugura en el mundo una nueva era, se instaura un nuevo paradigma, incomprensible en su momento para los sabios e intelectuales de su tiempo, el de la humildad. Y María, desde su humildad, ha llegado a convertirse en la mujer más importante y más influyente de la historia. Y es que no fue una mera mujer: fue madre de Dios Hijo, hija de Dios Padre y esposa de Dios Espíritu Santo, aunque ella decía de sí misma que era tan solo la esclava del Señor.


[i] Rhet.1389c


[i] I, 7-10


[i] Jn. 1, 46


[i] Camino 495

Una respuesta a «QUIA RESPEXIT HUMILITATEM»

  1. Avatar de MANUEL JIMÉNEZ MONTESINOS
    MANUEL JIMÉNEZ MONTESINOS

    Este artículo será, con el tiempo, un icono en la literatura clásica espiritual.
    Por poner alguna pega, por favor, poner espacio entre “misma.” y “Pero”
    Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, dice ella misma.Pero

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